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Jueves , 20.09.2018 / 04:03 Hoy

Juanga

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Rafael Tonatiuh

Todos conocemos y cantamos sus canciones, algunos participamos de su magia espectacular en vivo. Adiós a la estrella pop más grande que ha tenido México

* * *

Juan Gabriel ocupa un lugar destacado entre nuestros grandes compositores, lo mismo que Francisco Gabilondo Soler, Cri Cri, Juan García Esquivel, José Alfredo Jiménez, Agustín Lara y Dámaso Pérez Prado (aunque no era propiamente mexicano, el mambo que legó al mundo lo creó en nuestro país).

Alberto Aguilera Valadez (su verdadero nombre) nació en Parácuaro, Michoacán, con el don de crear cancioncillas pegajosas. Sus tonaditas se me pegan, están siempre en mi mente: ¿cómo quieres tú que te olvide si estás tú siempre tu, tú, tú, tutututú? Cuando una canción suya se te mete en la cabeza te atrapa para siempre.

Esa habilidad para crear tonaditadas no lo hace un compositor simplón, y no debe confundirse con otros ídolos populares tipo Rigo Tovar o Chico Che, quienes, aunque grabaron algunas melodías memorables, eran infinitamente más limitados como músicos, produciendo sonsonetes reiterativos, mientras Juanga inventaba canciones increíbles, una tras otra, como los Beatles.

Al igual que el cuarteto de Liverpool, nunca dejó de crear tonaditas pegajosas, sin que eso impidiera que evolucionara hacia sonoridades más complejas, y sin tener una preparación de conservatorio.

En las biografías y películas sobre su vida, se sabe que de Michoacán emigró a Ciudad Juárez, Chihuahua, y luego a Tijuana, Baja California, con la intención de dar a conocer sus canciones, y uno infiere que conocía los acordes de la guitarra, instrumento con el que normalmente se le asocia y hemos visto tocar (incluso en el programa de La criada bien criada, cantando “Esa rosa roja” frente a María Victoria, Alfonso Zayas y el Motorcito), instrumento al que compuso: “yo ya no me siento solo, ya tengo una amiga, ya soy muy feliz; es una linda guitarra, la que me aconseja lo que hay que decir”.

Con esa guitarra fue componiendo esas tonaditas que lo hicieron famoso y que vendió a diversos intérpretes: Angélica María, Roberto Jordán, Estela Nuñez, Lupita D’Alessio, Rocío Dúrcal, etc: “No tengo dinero”, “Como amigos”, “te propongo matrimonio”, que fueron incursionando diversos géneros, haciendo de Juanga un David Bowie mexicano.

Como Francisco Gabilondo Soler, Cri Cri, Juan Gabriel tuvo buen oído para captar el espíritu de diversas formas musicales. Cri Cri satirizaba tangos, pasodobles, corridos, jazz, etc., y El divo de Juárez salió de la balada romántica para incursionar en la música ranchera, la música disco, el góspel, la rumba flamenca, etc. “Debo hacerlo” hasta la fecha puede sonarse en un reventón y logra que los invitados cierren sus ojitos y se pierdan en el trance musical: “me ata, me araña, me muerde, me hiere de más; me enferma, me hunde, me quema, me mata al final”.

La calidad de sus letras quedó impregnada en cientos de canciones, pero, en mi opinión, su poesía alcanza alturas épicas insospechadas en “Se me olvidó otra vez”: “Probablemente estoy, pidiendo demasiado, se olvidaba que ya habíamos terminado, que nunca volverás, que nunca me quisiste, se me olvidó otra vez, que solo yo te quise”.

Uno que otro hipster despistado nisiquiera sabe que ésta clásica del ranchero es de Juan Gabriel, y se la atribuye a José Alfredo Jiménez, y pocas personas saben que Juanga es autor de la afamada “Lo pasado, pasado”, que inmortalizara otro gran ídolo del pueblo: José José.

Pero el arte de Juan Gabriel no se limita únicamente al de compositor y cantante; como cualquier genio, su propia persona es parte de su obra.

Un artista sin ataduras. Un ser humano totalmente libre. Su vida y obra pertenecen a nuestra idiosincrasia. Estuvo en Lecumberri (como todo pop star que se respete). Aunque nunca habló de sus preferencias sexuales, frecuentó el bar El 9 de Acapulco, cuando la movida gay estaba fuera de la Ciudad de México, y la cocaína y la mariguana circulaba a grandes cantidades; sobreviviente de una época de farándula y bohemia que se tragó el tiempo. Cuando tuvo dinero se hizo altruista, beneficiando niños; sus actuaciones en vivo fueron míticas: El Auditorio Nacional, el Palacio de Bellas Artes y los palenques, foros donde los gallos fueron desplazados por este gran showmen (quizá temiendo que se resbalara y los vendieran como pechugas aplanadas).

Antes de fallecer, legó algunos momentos surrealistas: La entrevista que se hizo a sí mismo, su cover de “Have you ever seen the rain?” de los Creedence, y el hecho de que usaran una foto suya para una lectura de poesía en París, Francia, en mayo de este año, haciéndolo pasar por el poeta Luis Felipe Fabre.

Juan Gabriel subió al cielo por la misma escalera de David Bowie, John Lenon y Michael Jackson. Despidamos con un aplauso de pie a nuestro gran Divo del pop.

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