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Sábado , 23.06.2018 / 08:03 Hoy

José José en mi vida

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Ignacio Trejo Fuentes


Cuando conocí a Beatriz, la madre de mis hijos mayores, era ya fanática del cantante José José: tenía todos sus discos, cantaba sus canciones a la menor provocación, y aún sin ésta, e incluso me hizo llevarla a verlo en concierto: me sentía como el personaje Toño, de la hermosa crónica “Raphael, amor mío”, de Vicente Leñero. Y eso hubiese sido razón suficiente para morir de celos o, cuando menos, para ahorcarla. Hace mucho que ya no hay razón para hacerle recriminaciones, escenitas.

Largo tiempo atrás, solía reunirme con mis amigotes los lunes por la tarde-noche en una cantina del Centro, y una de esas veces me subí a un taxi para que me llevara a Copilco, donde vivía. El taxista iba escuchando un casete con canciones de José José, y de repente bajó el volumen y me preguntó: “¿Qué le parece El Príncipe?” “¿Cuál príncipe, disculpe?”. “¿Cuál otro? ¡José José!”. “¡Ah, es genial, sublime!”, dije, más con miedo de provocar su enojo a esas horas de la madrugada y que me bajara del auto que convencido de la veracidad de mi respuesta. Al llegar a mi casa, el tipo dijo: “En vista de que comparte mi gusto le regalo el casete”. Lo acepté para no contrariarlo.

Una semana después abordé un taxi a las afueras de la estación Tlatelolco del Metro, a eso de las diez de la mañana, y de inmediato el chofer preguntó: “¿Qué le pareció el casete del Príncipe?”. ¡Era el mismo hombre de la madrugada referida! (habría de encontrármelo cuatro veces más en distintos rumbos de la ciudad y en horarios distintos, pero eso es otra historia y creo que ya la conté aquí.)

Mi amigo Eusebio Ruvalcaba es narrador, poeta, dramaturgo y ensayista, además de notable musicólogo (su padre, Higinio Ruvalcaba, es considerado el mayor violinista que ha dado México): puede diseccionar con precisión cualquier obra maestra de la música. Y varias veces me invitó a tomar tragos a cantinuchas que él tenía perfectamente ubicadas. Antes de entrar se hacía de un montón de monedas, se instalaba, ordenaba su cuba libre y se iba a la sinfonola: depositaba cien pesos y seleccionaba puras canciones del Príncipe de la Canción. Cantaba, se estremecía, casi lloraba, posesionado por las canciones interpretadas por aquél. Yo también me estremecía, aunque por razones diferentes: ¿cómo es posible que alguien que se sabe de memoria a Mozart, a Tchaikovsky, a Vivaldi… se transforme cuando escucha a JJ?

Hace cosa de seis años, cuando estuve en Jerusalén para hacerme cargo de la Cátedra Rosario Castellanos en la Universidad Hebrea (donde estudió y enseñó, nada más ni nada menos, que Einstein), contraté el servicio de un tour por el norte de Israel; me dijeron que el guía de turistas hablaría en inglés y en español, pero como todos los viajeros sabían inglés sus indicaciones fueron siempre en ese idioma. El autobús pasó por mí al hotel, de ahí fuimos a Tel Aviv a recoger pasaje y nos fuimos al norte bordeando el Mar Mediterráneo. Al enterarse de que yo era mexicano, el guía me cantó, en español: “Espera, aún la nave del olvido no ha partido”. En Magdala, donde nació María Magdalena, siguió: “No condenemos al naufragio lo vivido”. En Nazaret: “Por nuestro amor, por nuestro ayer, yo te lo pido”.

A orillas del Río Jordán, donde fue bautizado Jesús, cantó: “Espera un poco, un poquito más, para llevarte mi felicidad, espera un poco, un poquito más, me moriría si te vas”. A la hora de la comida (pescado blanco del Mar de Galilea), en la romanísima ciudad de Cesárea, entonó: “Espera, aún la nave del olvido no ha partido, tengo mil noches de amor que regalarte…” La última estrofa de la canción la dijo, cantando, cuando me dejaron en la puerta del hotel, en Jerusalén. Lo juro por la madre de José José.

Cuento lo anterior porque, hace unos días, estuve en Oaxaca City coordinando un taller literario, en las mañanas. Durante la sesión del viernes, que sería la última, un cantante ciego, de voz potentísima y a quien yo ya había visto trabajar, se instaló en la hermosa calle peatonal que alberga la Biblioteca Pública Central, donde estábamos “tallereando”, y cantó ocho o diez canciones ¡de José José! (le consta a José Luis Martínez, El Cartujo). Dije a mis alumnos: “A chingar a su madre la literatura. Escuchemos al Príncipe de la Canción”.

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