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Infidelidad: entre el disfrute y la violencia

EL SEXÓDROMO

Cuando hablas de manera individual con alguien que cometió una infidelidad, jamás te dicen que son malos/as por haberlo hecho.
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Las psicoterapeutas y sexólogas Araceli Ayón y María Teresa Rajme publicaron hace más de dos años un libro como no había otro igual en México: ¿Por qué soy infiel? Cuando la pareja no es el motivo. Ya había comentado en este espacio la manera en que ambas recorren las numerosas historias de pacientes que viven o han vivido relaciones paralelas a la de compromiso, explorando las formas en que esta situación les afecta, cómo viven la experiencia independientemente de lo que digan quienes se consideran “víctimas” de la situación.

Hace unos meses coincidimos en el I Encuentro Internacional de Sexología Humanista y Científica, en Puerto Vallarta, donde ellas participaron en un simposio sobre celos y pareja. Pudimos conversar, intercambiar ideas e hilar historias sobre la violencia cruzada que generan las historias de infidelidad, así como el gozo de quienes la viven.

No se suele hablar sobre el disfrute de la persona infiel. ¿Cómo se vive?

María Teresa Rajme: No todas las personas sufren siendo infieles. Lo gozan más quienes tienen autoconocimiento: saben qué quieren, cómo lo quieren, con quién sí lo harían, con quién no. Es imposible generalizar, pues hay diferentes maneras de disfrutar estas relaciones paralelas: están quienes disfrutan el momento de estar con alguien más, pero también los o las que gozan más al contarlo a sus amigos. Están quienes aman hacerlo porque es algo prohibido y los que tienen problemas de pareja y les sirve de desahogo.

Lo importante es no engañarse. La infidelidad y la fidelidad son conceptos. No podemos ser libres, como seres humanos y personas emparejadas, si partimos de que una noción social nos debe definir. Escuchamos mucho en terapia que reclaman: “¡Es que están mintiéndole a sus compañeros o compañeras!”. Sí, pero también hay quienes no soportan escuchar la verdad y prefieren vivir en el autoengaño hasta que algo evidente les mueve el piso.

El autoconocimiento tiene que ver con saber que las personas no nos pertenecen, que nada es para siempre, en lugar de creer, de manera egoísta, que una persona es la primera, la única y la última en nuestra vida erótica y amorosa, porque eso solo sucede en la fantasía.

¿Es común que existan infieles conscientes?

María Teresa Rajme: Cuando llegan en pareja a la consulta, lo regular es que no se le dé voz a quien fue infiel, porque es la “persona mala” de la historia, quien es obligada a confesar cómo, con quién, a qué hora, de qué manera, por qué lo hizo. Ni siquiera los o las dejan hablar. Casi esperan que el terapeuta avale que son de lo peor, pero es imposible que nosotros, como sexólogos, lo hagamos.

Cuando hablas de manera individual con alguien que cometió una infidelidad, jamás te dicen que son malos/as por haberlo hecho. En las conversaciones fuera de la consulta te lo cuentan con un brillo en los ojos, con risas, sin empacho, viéndolo como una relación paralela.

Mucha gente cree que hay que estar mal con la pareja para que surja esta situación, pero no es cierto. Hay diferentes tipos de infidelidad: la hay sexual, emocional y hasta por creencias, pues a veces los hombres suponen que por género les corresponde ser infieles y se toman el atrevimiento para no verse mal frente a sus iguales, pero lo sufren.

Por ejemplo, a veces alguien está enamorada/o de una persona sin haber tenido relaciones eróticas y eso les pega a las parejas de compromiso, porque es una emoción grande la que sienten. Eso se debe trabajar de manera particular en la consulta. Saber la opinión de ambos, pues hay quienes agradecen que sus parejas tengan otras relaciones para quitarse el “trabajo” de atenderlas, satisfacerlas y escucharlas, aunque hacia afuera se vean más conservadoras.

¿Cómo ha recibido la gente estas explicaciones?

Araceli Ayón: Hemos sido punta de lanza. Lo mismo hay quien sigue creyendo, por ejemplo, que la libertad de las mujeres es lo que ha generado las infidelidades en ambos sexos, pero también quienes nos han agradecido escribir así sobre este tema.

Araceli, tú hablaste de la infidelidad como una manera de violencia, pero no por el hecho en sí, sino yendo más allá.

Araceli Ayón: Tenemos que pensar que desde que nacemos vamos desarrollándonos en un entorno con normas y leyes que rigen la sociedad y, al mismo tiempo, van aplicándose a la familia extensa, la nuclear y la pareja. Antes de conocerse o unirse con alguien más, cada ser tiene sus normas personales, en algunos casos más laxas que en otras. En el momento en que se unen se establecen reglas que van a dirigir la vida en común. Se cede y no, se hacen acuerdos. En el caso ideal, se establece esto desde el principio y la infidelidad es de los temas que no se pueden excluir. A veces se omite, pero no se excluye, pues existe una idea al respecto aunque velada. Cuando se descubre una relación paralela, los involucrados van a reaccionar de acuerdo con esas normas que se han establecido.

Generalmente la persona que es “engañada” se siente fuera de las normas y cree que ese acto le da la autorización para violentar al otro. No se da cuenta de que la infidelidad es un acto personal, que no tiene que ir, en muchos de los casos, dirigida a la pareja de compromiso pues motivos para establecer otra relación hay muchos. Entonces actúa desde la frustración, el enojo y el apego, porque no quiere perder a esa persona, ni su intimidad y dependencia. Va a buscar una serie de herramientas para retener al objeto amado y éste va a responder de acuerdo a muchas circunstancias al acto violento que está realizando su pareja. Algunos van a reaccionar también con violencia y otros cediendo. Lo primero es violencia cruzada, que es peor que la unilateral.

El apego, como dice la teoría de John Bowlby, tiene que ver con que se genere esta violencia, ¿cierto?

Araceli Ayón: Así es. Él registra que el tipo de apego con el que hemos sido criados determinará la manera en que se reacciona frente a una infidelidad. Están los/las ansiosos, que tienen poco control en sus impulsos y terminan agrediendo a la pareja como si jamás la hubieran amado o como si fuera un crimen lo sucedido; o los/las que son incapaces de vincularse de manera auténtica con alguien más, sea la pareja de compromiso o la informal.

Otras pasan por todas las fases de agresión, desde el estallido de violencia con reclamos, golpes, llanto y decisiones drásticas. Puede ser que se presente todo eso y después se trate de buscar el equilibrio nuevamente. Volvemos a la importancia de hablar sobre el tema desde el principio, de crear acuerdos para no llegar a estos niveles que pueden hacer más daño que el acto mismo de la infidelidad.


Verónica Maza Bustamante

elsexodromo@hotmail.com

@draverotika

FB: La Doctora Verótika


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