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La infanta y el flexómetro

La infanta
(Sergio Pérez/Reuters)

Porque vivo en Barcelona, y también porque así es de caprichoso el azar,  durante el último lustro me tocó convivir, de manera gratuita, lejana e impersonal, con la Infanta Cristina, la hija del rey de España que ahora, en un episodio inédito que promete ser esperpéntico, ha sido imputada por un juez y tendrá que comparecer, muy pronto, en el tribunal. La verdad es que la monarquía me interesa muy poco, incluso me produce algo de vergüenza, pero como he visto muy de cerca a los personajes del drama, me parece que es mi deber contar en esta página lo que he visto y oído de pura casualidad, porque los hijos de la infanta y del versátil Urdangarín iban, hasta hace muy poco, hasta antes de su huída a Suiza, en el mismo colegio y en el mismo grado que mis hijos. Esta casualidad me permitió observar, durante años, el ir y venir del ramal Borbón que se estableció en Barcelona, y que yo aprecié, por primera vez, en una alberca donde mi hija y uno de sus hijos tomaban clase de natación. Lo que aprecié en realidad, aquella primera vez, fue el fémur de la infanta; estaba sentado detrás de ella, como cualquier papá que contempla a sus hijos desde el graderío, cuando reparé en esa pieza de tamaño majestuoso que, supuse entonces, debe ser una de las características biométricas de los borbones. Como estaba sentado junto a una madre que es arquitecta, se me ocurrió pedirle el flexómetro que traía colgado en el cinturón para medirle el hueso, disimuladamente, a la hija del rey, pero la arquitecta se negó en redondo, argumentando que mi intención era poco respetuosa y mi teoría una verdadera barbaridad. Me quedé sin comprobar la dimensión del fémur, pero dejo aquí la inquietud por si alguien se anima a hacer el estudio. A partir de aquella experiencia comencé a fijarme en la infanta y en su poliédrico marido, y durante años presencié la llegada de uno u otro, o de los dos, al colegio; una llegada aparentemente casual, pero escrupulosamente orquestada por los discretos guardaespaldas, en la que ellos sonreían al grupo de padres de familia, que quizá en la intimidad presumían de antimonárquicos y se quejaban de lo polvosa y anacrónica que es esa institución, pero ahí, al tener cerca una Borbón auténtica, se deshacían en halagos, cumplidos, alabanzas, sonrisotas y carantoñas. Durante muchos años, alrededor de la infanta y Urdangarín, se hacía un círculo concéntrico de padres y madres que buscaban la cercanía con la realeza, una sonrisa de la infanta o una palmadita cómplice de su marido. También me tocó la rebatinga que había alrededor de los hijos, que son los nietos del rey, cada vez que un compañero de clase cumplía años y deseaba ardientemente que un Borbón engalanara su fiesta y honrara su gelatina y su pastel. Digamos que mi papel era el de un espía que trabajaba durante esos años, sin saberlo, para llegar a estas líneas que escribo hoy aquí.

Cuando comenzaron a destaparse las chapuzas de Urdangarín, padres y madres del colegio asumieron una posición escéptica: ¿cómo va a ser culpable él único noble que nos saluda y que además es tan guapo? Pero la contundencia de sus corruptelas, consignadas con creciente bombo en los medios de comunicación, acabó por hacer pensar, a su entregado  público, que más valía una actitud distante y preventiva ante la familia Borbón. Yo para esas alturas llevaba años cargando un flexómetro en el bolsillo por si en el espectáculo de fin de año o en el campeonato intercolegial de balonmano, me tocaba al lado del fémur de la infanta y entonces podía efectuar la disimulada medición y empezar a construir, con un dato duro, mi teoría del fémur borbónico. Pero el desprestigio de Urdangarín, y el de su señora, comenzó a espumarse y a cambiar el signo de sus sonrisas y sus gestos, en los que ahora se leía cinismo, corrupción, decadencia y putridez. Y así llegó el día, después del paréntesis de su estancia en Washington, en que el círculo concéntrico que se hacía alrededor de sus majestades se transfiguró en un círculo excéntrico; todos esos padres que antes veneraban a la pareja y cortejaban a sus hijos para sus fiestas, ya no deseaban ni sus gestos ni sus sonrisas y se alejaban de ellos cuanto podían, tanto que en una ocasión, lo juro, Urdangarín quedó solo, en medio del patio, rodeado por un círculo excéntrico, que hacía las veces de cordón sanitario, de padres de familia mosqueados y ofendidos. La soledad del duque fue tan patente que a partir de entonces no regresó al colegio, y en la medida en que su historial delictivo se fue espesando, también fue desapareciendo la infanta del colegio, y luego los hijos, y al final nos enteramos de que toda la familia se había ido a vivir a Suiza. Esto es lo que puedo contar como testigo presencial de aquella época que ahora continuará en los tribunales. En cuanto a mi teoría del fémur borbónico, no me he resignado: la semana entrante voy a Suiza, a un festival literario, y llevaré, por si finalmente se presenta la ocasión, un flexómetro en el bolsillo.  

Jordi Soler
@jsolerescritor

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