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La ilusión viaja en botella

(Fotoarte: Karina Vargas)
(Fotoarte: Karina Vargas)

MUNDOS PARA-LELOS
Rafael  Tonatiuh


“SEPARAN DEL CARGO A CONDUCTOR EBRIO DEL METRO.
El operador realizó el recorrido del tren 37 en pilotaje automático, de Universidad a Indios Verdes, con lo cual, el conductor prosiguió la marcha sin respetar normas de conducción. En la estación Hospital General se detectó la anomalía tanto por personal del STC como usuarios”.
MILENIO DIGITAL 06/09/2014


Malufo fue echado de su grupo de Alcohólicos Anónimos: “¡Tú no eres un auténtico alcohólico, nomás te haces!”, dijo el coordinador de la junta, “Ni si quiera te gusta tomar”.

 “¡Nooo!”, replicaba Malufo, “¡Díganme alcohólico o les parto su madre!”, tratando de imitar los aspavientos de los borrachos impertinentes, más como era pésimo actor, el coordinador le tocaba la campanilla, Malufo se enjuagaba una lágrima y decía algo como: “Deben saber que me prostituí para comprar más y más botellas. ¡Maldito vicio por el que me arruiné, mi familia me rehúye y me echan de las fiestas! Gracias por su atención, 24 horas”.

Malufo tenía un vecino escritor de gran sensibilidad, que escuchaba a Janis Joplin, José Alfredo Jiménez y Edith Piaf, por él conoció escritores de la talla de Alan Poe, Malcolm Lowry, Charles Bukowski y F. Scott Fitzgerald, pero su alcoholismo lo hacía nefasto, hasta que acudió a Alcohólicos Anónimos y dejó de beber; entonces se volvió creativo, prolífico y se ganó el respeto del vecindario. Se había vuelto un ejemplo para Malufo, quien sentía que su vida era mediocre, por ello pensó que en doble A podían transformarlo.

Acudió a una junta de la que salió maravillado, falseando todas las respuestas del cuestionario. Estaba enamorado de su grupo y se esforzaba en pasar el mensaje, pero sus discursos espantaban a los nuevos, quienes preferían volver a beber antes que aguantar a Malufo, quien era insoportable en sobriedad.

No había hecho ni siquiera el primer paso, se comía todas las galletas, no prestaba atención a quien desnudaba su alma frente a sus hermanos (pues se ponía a jugar con su tablet) y usaba la tribuna para comentar las telenovelas de moda, en vez de trasmitir el dolor de su tragedia. Los miembros le decían: “Malufo, deja de fingir, tú no eres alcohólico, para eso se debe tener personalidad alcohólica, y tú definitivamente no la tienes”.

Malufo les sacaba la lengua, se marchaba indignado y “recaía”, yéndose airado a emborrachar, cosa que nunca conseguía pues aguantaba mucho; al final de “su recaída” fingía tambalearse y, haciendo pésimas eses, se provocaba el vómito en la puerta de la cantina.

Su padrino le dijo; “Malufo, si no has tocado fondo con el corazón, no puedes rehabilitarte. Tienes que sentirte desesperado, que ya no tienes voluntad y perdiste el sano juicio, solo entonces, derrotándote a ti mismo, podrás ponerte en manos de tu Poder Superior”.

“¡Qué a toda madre!”, pensó, “¡Con un Poder Superior todos me la van a pellizcar!” Se imaginó como un superhéroe de Marvel, diciendo: “¡Poder Superior, ven a mí!”, sacando rayos de las puntas de sus dedos.

Quería tocar fondo de una manera espectacular. Recordó los testimonios de sus compañeros, quienes lo habían hecho provocando un accidente automovilístico, perdiendo un miembro del cuerpo, golpeando a una persona más débil, atropellando a alguien, robándose el dinero de su empresa, teniendo relaciones sexuales con seres monstruosos, etc. Sin embargo, no le gustaba ninguna de esas experiencias, quería hacerlo de una forma realmente original.

Un día vio por televisión La ilusión viaja en tranvía, película de Luis Buñuel, donde El Caireles y El Tarrajas se emborrachan y se roban el tranvía 133, para pasearlo antes de que lo manden al depósito del desecho.

La pareció buena la idea robarse un tren completo del Metro, con todo y pasajeros, para sacarlo a pasear por la ciudad y chocar ebrio contra una patrulla, pues eso sería un innegable acto vergonzoso, ilícito, que pone en riesgo las vidas ajenas. Saldría en los periódicos y nadie dudaría de su alcoholismo.

Al hacer el examen médico para ocupar el cargo de conductor, sobornó a los médicos para no dar positivo (dinero gratis, pues en su sangre no había ni gota de alcohol), pasados algunos días le dieron el puesto.

Al ocupar la cabina de conductor, sacó una botella de tequila y estuvo a punto de empinar el codo cuando lo vio Papá Pinillos, un compañero de AA, quien estaba parado al final del andén. “¿Qué estás haciendo, estúpido?”, dijo el anciano, “Aparte de que echarás a perder todo tu esfuerzo por mantenerte sobrio, vas a provocar un accidente. ¡Hay mujeres y niños en los vagones!”. Forcejearon por la botella. El pasaje comenzó a silbar, para que el Metro continuara su marcha. Malufo no tuvo más remedio que echar a andar el vehículo, con Papá Pinillos de copiloto.

El anciano logró arrebatarle la botella y le dijo: “Entiendo que manejar un vehículo lleno de personas es una responsabilidad muy grande, pero beber no es la mejor manera de adquirir fortaleza, sino por el contrario, un acto de cobardía. Te voy a mostrar con el ejemplo lo patético que es un ser que se deja vencer por la debilidad. Yo no he bebido en 50 años, ahora lo haré para te veas reflejado en mi patética figura”.

Ante la mirada de asombro de Malufo, Papá Pinillos se bebió todo el líquido de un solo trago. Achispado por los etílicos efectos, agarró el micrófono para comunicarse con los pasajeros y se puso a cantar canciones de José José.

Malufo lloró amargamente: “No dejó nada de tequila, Papá Pinillos, y yo realmente necesitaba tomar.” El anciano dejó de berrear y lo miró conmovido: “¿Sabes qué, muchacho? Yo también necesito otro pegue. Ya sabes nuestra máxima: un trago no basta y muchos no son suficientes”.

Papá Pinillos tomó el control del vehículo, para encaminarlo a la vinatería más cercana, donde adquirió una botella más.

Los pasajeros se bajaron indignados, pero al ver que su monótona rutina se había roto por la intervención de un Poder Superior, olvidaron sus problemas y se reencontraron a sí mismos; algunos fueron a meditar a un parque, otros se refugiaron en una iglesia, otros más corrieron hacia sus seres queridos para expresarles los sentimientos que habían guardado durante tanto tiempo, aunque la gran mayoría quiso celebrar su abrupto renacimiento, ingresando a la vinatería para canjear su dinero en bebidas embriagantes, y regresar al festivo paseo.

Al observar que la situación se había salido de proporción, Malufo decidió permanecer sobrio y cuidar a su pasaje, mismo que exigió desviar el Metro a la estación Garibaldi para subir un mariachi. Al llegar a la bulliciosa plaza, una pasajera hirió con una navaja a un individuo al que acusó de sobrepasarse con ella en el apretado vagón. Intervino la policía e interrogó a todos, pero nadie podía articular palabra, salvo Malufo, quien fue escoltado como héroe nacional, por salvar las vidas de un grupo de mexicanos atrapados en las garras alcoholismo.

El coordinador de una junta de Narcóticos Anónimos leyó la noticia en su grupo y expresó: “Ojalá hubiera más hombres así entre nosotros”.


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