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La iberoamericana y sus títulos nobiliarios

La iberoamericana y sus títulos nobiliarios.
La iberoamericana y sus títulos nobiliarios. (Especial)

¿Qué es la educación? Lo que se entiende hoy por educación tiene mil formas y mil caras; a veces, también, definirla arroja malentendidos que han terminado por ahogar cualquier debate en torno de ella; a una pregunta tan sencilla se le han dado respuestas complejas que han generado, generan, y generarán discusiones con posiciones invariablemente contrarias. Lo que parece, sin embargo, una constante del siglo XXI en instituciones académicas en el mundo y, en particular, en México, es la propagación de una idea extravagante y bastante estúpida, generada y difundida muy probablemente por las instituciones encargadas de impartirla, y por tanto, de atomizarla: la de que educación es igual a títulos académicos (definición a la que no se ha añadido, ni siquiera por deferencia, y en letra muy pequeña, que títulos académicos es igual a dinero).

Se ha vuelto norma y criterio fundamental, en universidades públicas y privadas, que los docentes que en ellas quieran impartir cursos cuenten, por encima y en detrimento de la experiencia laboral y académica, de la práctica y del conocimiento de vida y de la materia, con un papel de valor en alza, prestigioso y a la moda: el título poslicenciatura, maestría y doctorado, una torpe manera de encajonar el aburrimiento en la aula, con docentes que se la han pasado sentados, aprendiendo, al menos 30 años de su vida, muchas de las veces sin una sola hora de trabajo —con eso de que ahora se engancha un grado nada más haber acabado otro, sin paréntesis laborales. En un país que adora las etiquetas, en el que los hombres que portan corbata no son menos que licenciados, en el que el señor Gutiérrez no existe, sino el licenciado Gutiérrez, por favor, como corrigen con enfado las secretarias, o es de extrañar que las instituciones educativas se vean deslumbradas, por un lado, y obligadas, por otro, a que sus docentes hayan estudiado al menos la maestría —sin contar el negocio redondo que hacen a costa de quienes no la tienen, ofreciéndoles “atractivas” maneras de financiarla.

La Universidad Iberoamericana, mi alma máter, donde tuve como profesores de periodismo, literatura, cine y teatro a extraordinarios docentes que, en su gran mayoría, solo eran licenciados —y alguno ni eso—, con una experiencia vital para enseñar materias en las que prima la práctica, ha firmado diversos acuerdos con otras universidades del mundo que la obligan a seguir “políticas muy estrictas”, según ella misma: si no hay maestría, no se puede enseñar nada en licenciatura (ni siquiera en la carrera de comunicación, la más heterodoxa, por así llamarla); si no hay doctorado, no se puede enseñar nada en maestría. Sentencia inconmutable.

Las normas no solo encasillan el tipo de futuros profesionales que se están “formando”, sino que vuelve reductivo el propio sistema educativo que se pretende defender y con el que se quiere enseñar; un sistema en el que en pleno siglo XXI, si vivieran, personajes como Stanley Kubrick o Roberto Bolaño —o Tolstoi o Proust, por ir más lejos— serían unos indeseables, escorias con obras maestras que nada podrían enseñar en una universidad, de los que nadie podría aprender en esos espacios sagrados dedicados a maquilar títulos. Me pregunto si la Ibero permite que un profesor con maestría dé a leer a sus alumnos 2666, con aquello de que el autor no hizo estudios universitarios y hasta trabajó de lavaplatos. Me escandalizaría pensar que no estuviese prohibido dado que, si la universidad pretende ser, al menos, coherente con sus normas e ideas estrictas, la obra de un no titulado no debería merecer ningún respeto.

¿Cómo se ha llegado a tal absurdo en un sistema, el jesuita, que defendía la educación abierta, la congruencia, la justicia, la formación crítica? ¿Qué tipo de alumnos se están formando si el valor primordial para transmitirles amor a sus carreras sigue siendo del tipo premio y castigo, y en el que se ha dado prioridad no a lo que se sabe, sino a lo que se tiene? Supongo que se estará educando a alumnos ávidos de tener enfrente de ellos no a uno de los suyos, alguien que enseñe de qué está hecha la vida, sino a un jerarca, un patrón, un maestro, un doctor, que cuente lo que aprendió en sus horas nalga en Berkeley.

El problema, naturalmente, no es que se quiera crear un grupo académico de élite al interior de las universidades; eso sería aplaudible; el problema es que se crea que el prestigio lo dan los años de estudio y los títulos con los que, aquellos, se premia; el problema es que, bajo esa ecuación perversa, las universidades están apostando por un esquema que deja afuera de ellas a la experiencia y al talento, a personas que han mamado la vida lejos de los pupitres, y que cargan a sus espaldas el mismo, o mayor, peso que un postdoc.

Juan Manuel Villalobos

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