QrR

20 horas

20 horas 20
20 horas (Especial)

A partir de la caseta de cobro en Uruapan, el horizonte es diferente. Por doquier observas las patrullas de los gendarmes y sus “rinocerontes”. Al dejar la autopista y tomar la carretera hacia Apatzingán, los retenes están mejor construidos e incluso, fortificados. Además de los federales, hay patrullas repletas de logotipos superpuestos entre sí: Policía Municipal, Seguridad Estatal e incluso Fuerza Rural.

En la zona urbana, el panorama no cambia, pero ahora se añade la presencia del Ejército. Estaciono el vehículo en un jardín donde señoritas lucen vestidos minúsculos de colores chillantes. Confirmo el sustantivo al pasar entre ellas y observar rasgos inequívocos de temprana edad. Son apenas las cuatro de la tarde y la mayoría parecen tener rato recorriendo el espacio urbano. Risas infantiles obligan a devolverles la sonrisa.

Me acerco al consultorio de mi amigo, a quien años atrás he prometido la visita. Está abierto de par en par pero no hay nadie en el recibidor. Toco una pequeña campana que se encuentra en el vestíbulo y detrás de mí aparece una joven en minifalda y ombliguera. Las sandalias que calza y el sonoro chicle me recuerdan a las damiselas de la placita.

Sonriendo, me identifico y sin preámbulo, la joven establece, “¡Uh!… vatardar un rato… estátendiendo a uno de los delabalacera”. Agradezco la información y me siento en una silla de plástico. En apenas unos minutos, la humedad de la Tierra Caliente me agobia. Salgo del consultorio y allá, al otro lado de la calle, bajo un enorme árbol, la chica disfruta de las redes sociales. No dudo en sentarme a su lado para intentar reponerme del golpe de calor. “Viene de lejos, ¿verda?” Afirmo con la lengua de fuera, mientras la gente del lugar transita en minúsculas vestimentas. “¿Es amigo del Doc, verda?” Intento seguirle la pista pero su jerga es inaccesible.

Son casi las seis de la tarde y la humedad comienza a descender. El bullicio en la calles crece al emerger las familias del interior de las rústicas viviendas. Aparecen elotes cocidos, tamales, garbanza, tostadas con verdura y las huamas de rigor. Unos minutos más tarde, le digo a la joven que voy a pasear por el centro. Lo único que recibo a manera de respuesta es un movimiento de cabeza y una sonrisa, aunque ésta última seguramente es consecuencia de un comentario en su dispositivo móvil.

Apenas dos cuadras separan las dos realidades. Llego al centro de la comunidad y las metralletas son el principal atractivo visual. Recorro las calles observando a la gente comentando las trivialidades diarias, compartiendo cerveza e imaginando lo que vendrá con la liberación de los “líderes comunitarios”. “Es lo mismo, don”, responde el taquero, “es puro teatro… apenas ayer decían que ora sí se iba a calmar el estado… ora, vea, de malos pasaron a buenos y mañana los van hacer rurales”. 

Agradezco los insultantes tacos de barbacoa para continuar con mi periplo. Observo a un grupo de jóvenes reunidos fuera de un cibercafé y el intenso olor a yerba inunda la calle. Sigo caminando junto a los jóvenes, casi niños, quienes se rolan los pitillos de verde contenido. Ninguno voltea a verme. Doy vuelta en la esquina y en un comercio antaño próspero, hoy cerrado, otro grupo de párvulos disfruta la Cannabis sativa… a dos cuadras de las fuerzas federales.

Son casi las ocho de la noche cuando regreso a buscar al Doc. El consultorio está cerrado pero hay luz dentro. Toco un par de veces y desde arriba aparece una añeja voz. “¡El Doctor ya está dormido, vuelva mañana!” Me identifico en detalle y la misma voz responde: “¡Quihubole!”

Platicamos hasta las cuatro de la mañana. Al menos una docena de veces tocaron su puerta. Ninguna de ellas fue atendida a pesar de la violencia ocasional. Su teléfono sonó casi todo el tiempo. El celular también. Observaba en el identificador y cancelaba la llamada. Su rostro está avejentado y el voluminoso cuerpo le está cobrando las facturas.

“Las familias ricas se fueron de aquí. Ya nadie invierte, ya no hay futuro. Supongo que en algún momento habrá quién le toque revertir lo que aquí se da. Yo creo que en unos meses más me largo de este lugar. Antes era el paraíso, hermano. Ahora es simplemente, parafraseando al Cochiloco, el infierno terrenal”.

Almorcé frugalmente con mi camarada. No hubo oportunidad de despedirnos porque intempestivamente llegó la familia del Quemao y a grito abierto, desde la calle, actualizó la situación, “¡Se me muere mijo, Doctorcito!”

En la autopista de regresó a la tierra pródiga, un letrero garrapateado en las piedras de los cerros reza, “¡Michoacán quiere paz y justicia!”

Yo creo que todo México lo quiere.

JESÚS CERVANTES


< Anterior | Siguiente >