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Hawking en dos minutos

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EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh

“No le busques chichis a las
culebras”
: Stephen Hawking

Una mala y una buena noticia. La mala es que en este texto no voy a explicar las teorías del recién fallecido científico Stephen Hawking (si quieren saber eso, vean el corto de dos minutos y medio que hizo The Guardian, está en YouTube, nomás que está en inglés, así que si son como yo se van a quedar igual). La buena noticia es que nos reiremos un rato de la pretensión de querer saber todo en poco tiempo, como cuando Stephen Hawking se fue por el agujero negro y muchas personas comenzaron a guglearlo en internet para subir frases o fundamentar sus opiniones en las redes sociales, donde todos pretenden pasar por sabios, aunque hubo una época en la que las cosas eran diferentes.

La escuela interminable

Comencé a interesarme por todas las materias de la escuela hasta que dejé la escuela. Primeramente, porque son pocos los maestros que te enseñan de manera clara y amena, y después porque parece que nacieron para reprobar, haciendo su materia más impenetrable que el club de golf de Augusta.

Tres años de secundaria y tres años de prepa son demasiados años, el problema es que no saben qué hacer con personas de esa edad; entonces, los encierran en escuelas y hacen del conocimiento una telenovela larguísima.

Morras y morros son curiosos por naturaleza y se sienten atraídos hacia el conocimiento, a pesar de la escuela. En mis tiempos, nos educábamos con revistas y breviarios de temas diversos; ahora la chaviza recurre al dispositivo electrónico.

El internet ha hecho autodidactas a los millennials, pues cuando se aburren de chatear, subir memes y fotos con la aplicación de cara de perrito, comienzan a explorar, y sin darse cuenta descubren a los presocráticos, la astrofísica, la música barroca, la poesía italiana del siglo XIX y otras maravillas.

Aprende rápido y olvida lento

Muchas personas (la mayoría rucas) se quejan de que los millennials no leen ni toman cursos, sino que todo lo saben, superficialmente, mediante un navegador de internet (como si esas mismas personas fueran un derroche de conocimientos, cuando la verdad es que no recuerdan ni la tabla de siete).

Antes de la existencia del Internet, ya existían los libros para dummies que te explicaban complejos temas de manera breve, siendo los más afamados los libros con monitos, collages y textos de Rius: Marx para principiantes, La panza es primero, Cristo de carne y hueso, etcétera.

Recuerdo minienciclopedias que satisfacían la búsqueda de conocimiento alternativas a la aburrida escuela, como la española Biblioteca Salvat Grandes Temas, de los años setenta, con pasta dura y más fotos que texto, con temas como las noticias y la información, las nuevas matemáticas, la crisis de la institución familiar, el humorismo, lingüística y significación, misterio, magia y ocultismo. Todavía pueden encontrarse ejemplares en librerías de viejo.

La más cotorra era la Colección Duda, de la Editorial Posada: pequeños libros de papel chafa, como de historieta, con magníficos títulos: Astrología oriental, Las drogas, ¿paraíso o infierno?, Historia universal de la tortura, La Atlántida: ¿origen de la humanidad?, Rasputín: ¿vidente o demonio? Diez años de guerrilla en México, El arte de conquistar, La revolución sexual de la mujer, La música dizque folkclórica, etc.

Cuando estudiaba en el CCH Sur recuerdo haber leído Jung en mil palabras (para el hombre que tiene prisa), uno de los tres libros que han influido en mi vida (los otros son Aprenda a boxear y El Kamasutra azteca).

Algunas personas conocen técnicas de lectura rápida. Yo me sé una muy buena: leer la contraportada y las pastas. Cualquier otra me parece imposible. Según yo, cuando un libro te atrapa, te apartas del mundo, te abstraes como hubieras tomado peyote, no entiendo cómo alguien puede tener el hemisferio derecho del cerebro concentrado en una lectura, mientras el hemisferio izquierdo se percata del tiempo transcurrido. Es como coger mientras procuras mantener firme el peinado.

‘Bestsellers’ educativos

Alessandro Baricco advirtió que la publicación de El nombre de la rosa, de Umberto Eco (novela histórica, filosófica y policíaca), en cierto modo generaba la moda del lector, pues en los puestos de periódicos comenzó a venderse.

De pronto, en los puestos no solo comenzaron a venderse las grandes obras de la literatura universal, del cuento breve, de la poesía, de los ganadores del Premio Cervantes, sino también de filosofía y ciencia: Kierkegaard, Marx, Einstein...

Muchas personas adquirían esos libros nomás para llenar el librero y apantallar, aunque otras realmente tratamos de leerlos, pero abandonamos la tarea al darnos cuenta de que no entendíamos ni un carajo (el que sí me hizo reír fue Euclides con sus Elementos: “Un punto es lo que no tiene partes”, “una línea es una longitud sin anchura”, “el todo es mayor que la parte”).

Algunos divertidos autores nos explican a los grandes pensadores actualizándolos, creando libros maravillosos que colecciono: Maquiavelo para empresarios, Shakespeare para managers, El arte de la guerra en los negocios y más.

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