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Domingo , 09.12.2018 / 22:30 Hoy

Gym

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EN EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh


Si hubiese sabido que iba a vivir tanto,
me hubiera cuidado más
”.
Eubie Blake

(jazzista que vivió 100 años)

Llegué a mi casa por la noche y no había agua. Le toqué la puerta a mi vecina de enfrente (una mujer de aproximadamente sesenta años) y le pregunté si tenía el vital líquido, me dijo que se acababa de ir, pero que llegaba temprano, como a las cinco de la mañana (hora a la que se levanta diariamente), y que si me paraba tarde y no alcanzaba, podía llenar cubetas de la llave de agua del pasillo de entrada.

Me levanté lo más temprano que pude (las 12 del día) y ya no encontré agua (esto de que se vaya el agua temprano me parece una forma de discriminación a quienes nos levantamos tarde). Mientras cargaba un par de cubetas, para bañarme a jucarazos, pensaba en mi abuela, Lola Pérez (madre de mi madre, la difunta Lety Pérez), quien a los ochenta y tantos años se levantaba a las cinco de la mañana para cargar cubetas de agua, cortar la leña y regar el jardín.

Si ella, que nunca tuvo vicios, se acostaba temprano y hacía esfuerzos físicos falleció sin todas sus facultades, ¿qué me espera a mí, que se va el aire y el patín regacho a punto de cumplir 53 años? Claro, también he consumido demasiadas substancias enloquecedoras, pero pienso dejarlas, antes de que me lo prohíba un médico.

A veces me he tenido que parar temprano por razones económicas y de trabajo, nunca por un sentimiento parecido a: “Qué lindo día, me pararé de la cama lleno de sueño, frío y hambre para jugar futbol, hacer lagartijas, canotaje, spinning o un poco de yoga”.

Lo cierto es que, si aún tengo aliento para cargar cubetas con agua, es porque en mi juventud y madurez hice ejercicio, aunque ahora me de flojera ir a correr al parque (nomás de pensar que para llegar al parque hay que caminar tres cuadras, ya me cansé).

Ahora está de moda decirle gym al gimnasio (y barber shop a la peluquería, como si el anglicismo levantara socialmente al negocio). Hacer ejercicio no solo es una forma de mantener la salud y tener un buen cuerpo, sino una forma de tirar el dinero, pues hoy lo in es ir al gym y hacer spinning, fitness, crossfit, pesas, aerobics, pilates, zumba, cuando bien puedes bajar tus lonjitas corriendo en el parque, totalmente gratis.

Yo corrí en parques, estuve en gimnasios y en mi temprana edad también leí libros para aprender y practicar boxeo, en la comodidad del hogar, con una pila de ropa como punching bag.

Mi papá El Pocho y mi mamá, la entrañable Lety Pérez, nos inscribieron al judo desde niños (con la esperanza de que ese deporte me ayudara a coordinar mis movimientos). Mi hermano Toño y yo participamos en competencias. Conocí el placer de portar pants con escudos. Gané trofeos y medallas y hasta un tercer lugar panamericano en 1977, pero como era más que una obligación que un gusto, recuerdo que ya iba a las clases sin ganas, hasta que dejé de ir al gimnasio en 1980, año en que me dio hepatitis, y cuando pasaron seis meses de permanencia en una cama, cambié el dojo por el lienzo charro, inscribiéndome a la Asociación de Charros de la Viga, para practicar el deporte nacional (en realidad, quien hace ejercicio en la charrería y la equitación es el caballo, pero en fin). De esa experiencia aprendí algunas cosas útiles. Quizás no pueda lazar un toro si se escapa, pero les puedo hacer figuras con la reata (mímimo “la canasta”).

En los noventa, me inscribí en un gimnasio de la colonia Roma para practicar natación. El maestro me decía: “Dale tres vueltas a la alberca”. Con muchos esfuerzos lo obedecí y cuando salí de la alberca, me regañó: “Solo haz hecho la mitad, ¡una vuelta es de ida y vuelta!” Como quería ahogarme el maldito, me cambié a karate, pero como el maestro siempre estaba crudo, las clases las daba el alumno más avanzado, que era un mocoso de siete años.

El último gimansio al que acudí fue uno de kung fú a mediados en el 2004. Un chino era el maestro. Recuerdo una clase donde el chino nos propuso: “Uno de ustedes, atáqueme”. Un voluntario se abalanzó sobre el maestro, quien, con las manos en los bolsillos, tomó una silla plegadiza con el pie y se la arrojó al compañero. Luego volvió a decirle: “Atácame otra vez”. La acción volvió a repetirse, el alumno arrojó la silla, el maestro la recuperó con la mano y se la volvió a arrojar. No sé si las clases que tomé sirvan para defenderme, pero por lo menos aprendí que un buen entrenamiento e imaginación, pueden proporcionarte sillas como armas mortales.

Como soy un huevón, paradójicamente lo que actualmente me motiva a hacer ejercicio es el trabajo. Cuando salgo de la chamba me asaltan unas irreprimibles ganas de correr y de bailar, para sentirme completamente libre. Si eres un viejito o un flojo (como yo) te recomiendo recorrer los caminos a pie (o si silla de ruedas, si es el caso), pues no solo es un ejercicio barato y divertido, sino que, cuando estés en reposo, siempre acudirán a ti los recuerdos de los paisajes recorridos.

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