• Regístrate
Estás leyendo: Gonzalo Vega, un señor valiente
Comparte esta noticia
Lunes , 15.10.2018 / 08:13 Hoy

Gonzalo Vega, un señor valiente

Publicidad
Publicidad

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Miguel Cane

Para Zuria, Marimar, Gabriela y Gonzalo

En 1976, cuando Gonzalo Vega accedió a encarnar en escena al Doctor Frank N. Furter, el encantador travestista de Transilvania, en la primera representación hecha en español de El show de terror de Rocky, célebre musical camp de Richard O’Brien, traducido y producido por Julissa (a quien siempre le gustaron las cosas arriesgadas), muchos ojos se volvieron a él con azoro. ¿Cómo?

Vega, de aspecto viril y sonrisa pícara, se había distinguido principalmente en teatro — lo mismo clásico que experimental — y en cine, interpretando a personajes de gran fuerza y presencia: podía ser un soldado o un caballero, un bruto o un semidiós. Pero nadie se habría imaginado que se atrevería a aparecer en el desaparecido cabaret Señorial del Hotel Regis, con labios carmesí, ligueros, medias de red, formidables tacones de plataforma y “levantando la patita”; menos aún se esperaban la reacción de disfrute del actor con este personaje que le daba total libertad de expresión. Vega cantaba (y a veces desafinaba, sin que esto medrara su interpretación) y se reía y junto con el resto del elenco — la propia Julissa, Héctor Ortega, Luis Torner, Aída Pierce — se soltaba el pelo todas las noches. Hubo quienes aclamaron su valentía — la celebérrima Angélica María fue al backstage exclamando: “¡Qué huevos tienen, qué maravilla!”— donde otros le quisieron dar en la torre —un vetarro random de algún lugar del norte esperó al elenco a la salida, agitando una pistola (descargada) en el aire, diciendo: “¡Me los voy a quebrar, bola de maricones!”. Sea como fuere, ésta fue solo una de las muchas interpretaciones que Vega hizo clásicas. A él los convencionalismos le quedaban chicos: cuando era muy joven, tuvo una relación sentimental seria con Ofelia Guilmáin, veinte años mayor que él, cuando debutó en teatro con ella en 1968 haciendo La ronda de la hechizada de Hugo Argüelles— y nunca le tuvo miedo prácticamente a nada: decía lo que pensaba y actuaba en congruencia con sus ideas.

Otros caminos arriesgados que tomó, están patentes en cine: fue Pancho, mezcla de animal salvaje y hombre patético y frágil en El lugar sin límites, de Arturo Ripstein, sobre una novela atormentada de José Donoso; fue también boxeador en dos grandes cintas: el Kid Orizaba en Ángel del barrio (1981, de José Estrada) y Nocaut (1984, de José Luis García Agraz); fue un amoral simpático y sin pudor en Las apariencias engañan, de Jaime Humberto Hermosillo, actuó con Isabelle Adjani en Antonieta, y con la formidable (y también extinta) Alma Muriel en la demoledora Retrato de una mujer casada y obtuvo un Ariel por su rol de Candelario, un hombre que cambió la vida de todos los que lo rodeaban en Lo importante es vivir.

En televisión, habitualmente le ofrecían roles de galán sensible, a los que él les encontraba sustancia, sin embargo, sus dos mejores personajes surgieron de la pluma misteriosa de Carlos Olmos: como José Carlos Larios en Cuna de Lobos, era el primogénito con un espectacular complejo de culpa, que resultó ser un antihéroe cuya nobleza trascendía incluso su deseo de venganza. En Carne Propia, fue Octavio Muriel —también creado por Olmos—, un verdadero monstruo con mano de hierro, capaz de explotar a su secretario homosexual reprimido (Sebastián Ligarde) y torturar a su propia hija (Edith González), con tal de apoderarse de la fortuna de un suegro mezquino, que no lo quería. Por supuesto, estas dos sensaciones no fueron superadas por sus otros trabajos en televisión, aunque sí hizo mucho ruido, al dejar Televisa para hacer la versión masculina de la María Inés de Angélica Aragón en La vida en el espejo (que la verdad no fue tan afortunada como Mirada de mujer).

Récord Guinness por más de dos mil 600 representaciones de la farsa francesa La señora presidenta (que debutó en el Teatro Manolo Fábregas el 8 de junio de 1991) y perenne intérprete del Don Juan de Zorrilla, Vega amó los escenarios en todas sus manifestaciones y transmitió ese amor a sus cuatro hijos (Gabriela, de su primer matrimonio, y Marimar, Zuria y Gonzalo, del segundo). El último paso de Gonzalo Vega por el cine fue en Nosotros los nobles, exitazo de taquilla, en el que aún cansado dejaba ver ese carisma que ya había hecho evidente en tantos pasos por la escena. Quizá para mucha gente joven, su nombre no suene tanto. Pero para la generación que lo vio surgir y establecerse, que lo vio boxear y agitar una boa de plumas, que vio su mano de hierro o sus desconcertantes gestos de ternura siendo un hombre duro, recordará siempre que fue un actor enorme y un hombre muy valiente.

Queda prohibida la reproducción total o parcial del contenido de esta página, mismo que es propiedad de MILENIO DIARIO S.A. DE C.V.; su reproducción no autorizada constituye una infracción y un delito de conformidad con las leyes aplicables.