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Godzilla, el mexicano

La principal virtud de Godzilla es ser invulnerable, resucita si es necesario y hasta procrea de a gratis.
La principal virtud de Godzilla es ser invulnerable, resucita si es necesario y hasta procrea de a gratis. (Ilustración: Guillermo Guerrero)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Ricardo Guzmán Wolffer


Ante el anunciado regreso del monstruo marino japonés, aquí, momentos inmortales.


Godzilla nos encanta a los mexicanos. No solo nos recuerda a nuestros dinosaurios del PRI, que se levantan contra toda adversidad, y son capaces de pelear con la ciudadanía cuando les dicen sobrenombres ofensivos, sino que nos habla de bestias similares a todos los partidos políticos: es que, depende de la trama, Godzilla puede ser el villano o el héroe salvador de la humanidad, solo se define por la situación y por si logra el reconocimiento del público. Pero, sobre todo, Godzilla es como el mejor azteca posterior al milagro mexicano de hace medio siglo: todo le vale gorro y es capaz de seguir adelante sin importarle qué o a quiénes afecte.

Así, en autohomenaje, es útil prepararnos para el próximo Godzilla,  anunciado y esperado. El punto central en todos sus filmes es la batalla del dinosaurio-escupe-fuego contra el oponente en turno (otro monstruo, un robot, un extraterrestre, los inútiles humanos, etc.), pero las muchísimas subtramas dan para bibliotecas enteras. Para los aferrados del tema, habría que empezar explicando que el Godzilla fílmico se divide en series (showa, heisei, millenium y legendary), con lo que varía el peso, el traje y detalles importantes como si tiene párpados o no. Es más divertido ver esos personajes y conceptos dignos de mejores esfuerzos fílmicos.

Ya sabemos que Godzilla es el resultado de la radiación atómica, en muchas películas se habla de evitar esas bombas y cuidar la ecología. Pero ahí se esconde la mexicaneidad de los japoneses. Su primera respuesta ante el animal que destroza ciudades (no es el SNTE, ni el CNTE, ni AMLOVER, ni el narco) es, obvio, crear sendos organismos, ya sean públicos o privados, para prevenirlo, detectarlo, atacarlo y estudiarlo. Una burocracia cañona, pues. Luego, viene la chulada de ponerle un oponente a modo, como en pelea de Canelo o Chávez El Macizo jr. Desde otros monstruos terrestres, el meritito King Kong, robots, seres extraterrestres, hasta a la filosófica conclusión de enfrentarse consigo mismo; para que no se vea tan serio, Godzilla se enfrenta con su versión extraterrestre. Para justificar tan compleja trama, los científicos, siempre hay científicos, y reporteros, con alguna bonita japonesa (si te gustan las japonesas, las hay de todos los gustos) para recordarnos las causas y los efectos de pegarle al monstruo de doble cabeza, digo, de doble cerebro: en Godzilla contra Mechagodzilla los sesudos científicos del Conacyt oriental encuentran que el monstruo tiene un segundo cerebro en las nalgas (¡de verdad!) y se dedican a destrozarle el cerebro (o sea, las nalgas) para dejarlo paralítico y darle trato de secuestrado por pandilla del infame Mochaorejas. O sea que su debilidad son las nalguitas, como buen mexicano. Aparte, son varias películas donde los telépatas aparecen, incluso en la película del Godzilla espacial, resulta que hay un proyecto “T” (ya vieron que los proyectos “G” para acabar con él no dan fruto y son hoyos presupuestales: como las finanzas de Veracruz, es verdad) para meterle un receptor de ondas telepáticas en la nuca y que pueda ser controlado por la telépata estrella del estado marcial. Muy mexicano, querer dar órdenes sin abrir la boca para luego decirle la esposa al marido: ¡pos qué no me oyes, desgraciado! Y resulta que la señora nunca abrió la boca. Lo mismo aplica para el cinturita que quiere vivir como Slim sin dar un peso del gasto familiar: todo sucede en su mente, pero nada se escucha en la realidad.

Pero también tiene sus grandes momentos: en Godzilla contra Mechagodzilla, un coro de infantes telépatas le canta al bebé Godzilla y… cantan en silencio. Cuando el espectador puede entender qué hay en la mente de los niños cábulas, resulta que es un canto gregoriano exquisito. En la primera película contra Mothra, la mariposa gigante, resulta que ésta es manejada por dos pequeñas hadas gemelas que cantan para aplacarla. Bueno, pues no faltan los empresarios voraces que las quieren comprar, luego alquilar, luego usarlas para la trata y, al final, son castigados por Godzilla, que en cuanto a matar capitalistas voraces no tiene desperdicio. Ya la idea misma de las hadas, precedidas por una tribu de orientales disfrazados de negros africanos del siglo XVIII, es francamente psicodélica, pero si a eso le añadimos el simbolismo que tiene que cada vez que muere un monstruo se haga polvo y ese polvo pueda curar a Godzilla (cuando pelea con Mechagodzilla), crear otro monstruo (de cada mota sale otra Mothra) o, cuando el polvo es de Godzilla, contaminar el universo entero para crear esos Godzillas espaciales.

Godzilla tiene una peculiar relación con sus hijos, ¡viva México!, al grado que destroza una ciudad para rescatarlo y luego obliga al bebé a seguirlo a pie al mar. En otra, le pisa la cola al hijo para forzarlo a echar el rayo ígneo por el hocico. La letra con sangre entra. ¿Quién fue la madre? No importa, Godzilla es tan macho que no la necesita, solo unos huevos gigantes para tener hijos. Casi los que se necesita para presentar en  “Guerra final” a los monstruos agrediéndose como si estuvieran jugando futbol: Godzilla hasta desvía el balón en que se ha convertido uno de sus oponentes.

Titanosaurius, además de darle una paliza a Godzilla, regala un momento sublime de la saga. Para acabar a Godzilla el Dr. Mafune tiene una hija, la guapa Katsura con una peculiaridad: es cyborg. Mafune, científico loco, mete entre los cables de la pechugona hija (probablemente la única escena donde se vean los senos, aquí de plástico) el control mental del monstruo Titanosaurius (en México, le decimos tetanosaurius). Katsura se enamora de un policía y es baleada por otro tira. Cuando está herida y chorreando aceite, el poli la perdona, diciéndole que ella no tiene la culpa de ser mala, que así la hicieron. Ella se suicida para que Tetanosaurius, digo Titanosaurius, pueda ser destruido. Cuando los aferrados de Blade Runner elogian la muerte de Rutger Hauer y su amor por la vida al perdonar a Harrison Ford, los godzillianos les mostraremos a esta chillona cyborg que aúlla con tintes orgásmicos y muestra que las máquinas pueden ser más empáticas que los policías gandallas.

La principal virtud de Godzilla es ser invulnerable, resucita si es necesario y hasta procrea de a gratis, por eso la película gringa de 1998, donde lo matan, nos resulta chafa y antimexicana: si somos eternos, no importa la paridad cambiaria o Trump.

Para cerrar, dos finales memorables. En Mechagodzilla, cuando Godzilla se va al mar seguido de su bebé, entre cientos de edificios destrozados, en parte por los propios milicos, el coronel dice: “Después de esto, solo puedo decir que la vida ha ganado” (claro, ya que hicieron chilaquil a media ciudad).  En la lucha contra el calamar extraterrestre, los sufridos científicos que ven alejarse a su ídolo salvador escamoso: “¿Por qué nos cuida Godzilla?” “Quizá porque Godzilla está dentro de cada uno de nosotros”. Ai’ nomás.

Y lo que me faltó.

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