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Godzilla: Génesis burócrata

La música y el grito de Godzilla permanecen después de tantos años y filmes: en cuanto se escuchó la tonada, todos la repetimos mentalmente.
La música y el grito de Godzilla permanecen después de tantos años y filmes: en cuanto se escuchó la tonada, todos la repetimos mentalmente. (Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Ricardo Guzmán Wolffer  


Para la nueva generación, vuelve el rey de los dinosaurios… y no es del PRI.


Cuando uno va al cine a ver esta joya, espera ver monstruos terribles con ciudades devastadas. Y nos cumplen los estudios Toho, creadores de la franquicia, quienes desde 2004 no habían producido en Japón una película de Godzilla, pero no contábamos con que las enseñanzas de nuestros políticos hubieran inspirado a sus creadores: por lo menos 60 por ciento de la película presenta la más enredada burocracia. Y divierte.

Para los aferrados seguidores de la franquicia puede ser una maravilla o una decepción: es el filme 29 hecho en Japón y, cuando ya todos dábamos por hecho que existe Godzilla y es un personaje útil para los más dispares propósitos (salva o destruye la Tierra; ataca entes extraterrestres orgánicos o robóticos; pelea con los espíritus protectores y, si hace falta vender mole los domingos, lo hará), ahora nos aplican toda una teoría del génesis godzíllico y resulta que su llegada y transformación en la bestia que todos conocemos los agarra desprevenidos y tienen que pedir ayuda a la ONU y hasta implorar a San Judas Tadeo. No está mal todo ese rollo, pero en otros filmes empezamos la película con que ya existe una comisión gubernamental multinacional para atender al bicho en cuestión, incluyendo una subcomisión ejecutiva de telépatas para ver si con la mente lo dominan (como Kalimán, es verdad).

La cinta es un prodigio en cuanto a la recreación del rey de los monstruos. Su aspecto es gandalla, tiene piel de adolescente que se aprieta los granos, dientes de político en año de Hidalgo, una cola proporcionada y bien balanceada (en las primeras películas pendía de un hilo o de plano se arrastraba, evidenciando ser solo una botarga); parpadea, lo cual es todo un tema, pues cuando solo era una cabeza de plástico no podía mover nada y aunque tenía su encanto, la producción decaía (aquí tiene ojitos de secuestrador drogado). Lo más importante de este nuevo monstruo es que se le bifurca la quijada inferior y no solo echa rayos por el hocico, sino también por las crestas de la espalda y por la cola. Los 15 o 20 minutos donde sale Godzilla haciendo talco la ciudad son un deleite que dejará a más de uno con la boca abierta. Toda la carne al asador echaron los nipones para demostrar que ellos son los creadores de esta bestia fílmica y  que nadie les gana.

Quizá lo más novedoso del monstruo es que muta enfrente de la cámara y resulta que se reproduce asexualmente. Aunque eso ya se había visto en los filmes previos (hay varios de Godzilla y el hijo que, literalmente, se sacó del huevo), aquí la novedad es que se reproduce en pequeñas criaturas mezcladas con el gen humano, como suponemos en la última toma que, como en las buenas pelis de la franquicia, nos deja la seguridad de que habrá más producciones. Son como las novelas por entregas del siglo XIX: nos dejan en vilo para aguantar hasta la siguiente entrega.

En cuanto a los personajes que no fallan, esta versión cumple con lo básico, que son los militares voraces, el científico bondadoso y entregado y la dupla de mujeres, una guapetona y la otra cerebral. La música y el grito de Godzilla permanecen después de tantos años y filmes: en cuanto se escuchó la tonada, todos la repetimos mentalmente. Quizá esta película nos falla en mostrar, como sucede en muchas anteriores, sobre todo en la era “botarga sin gestos”, lo arreglados que son los nipones y cómo se visten, decoran sus casas y hasta usan autos a la moda: en otras salen muy trajeados hasta los policías de a pie y las hermosas damiselas en peligro se visten mejor que primera dama mexicana.

Se publicita que esta génesis es intencional y que es el inicio de las maravillas que vendrán, lo cual se debe, quién lo diría, al impulso que tomó Godzilla con la última película gringa.

Al final, Godzilla divierte por devolvernos a una infancia donde todo era posible y donde los monstruos habitaban la pantalla y no las calles (o los edificios gubernamentales) para delinquir. Este rey de los monstruos seguirá reinando por un buen rato.

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