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El gimnasio de Coyoacán y el "Sha" de Irán

El gimnasio de Coyoacán y el Sha de Irán
El gimnasio de Coyoacán y el Sha de Irán (Nostragamus)

Allá en la parte más oscura y campanuda de la década de los ochenta, tenían lugar, en el Gimnasio de Coyoacán, unos inolvidables conciertos de rock. Vayamos por partes y observemos la definición de la palabra gimnasio, según el Diccionario abreviado del español actual: “Local destinado a la práctica de ejercicios gimnásticos”. En aquellos conciertos de rock había, desde luego, ejercicios gimnásticos para el cuerpo, pero también para el espíritu, como se verá en cuanto estas líneas desemboquen en el jarabe para la tos; pero antes voy a demarcar el entorno del gimnasio, que es y lo era entonces la colonia Del Carmen, Coyoacán. En aquellos años oscuros y tumefactos había una pugna entre las señoras del barrio y los jipis que ponían sus puestos de pulseras, inciensos, camisetas desteñidas, boinas amorfas y suéteres de Chiconcuac. No puede soslayarse el hecho, muy relevante para el caso que plantearé a continuación, de que el nombre de la colonia se debe a doña Carmen, primera dama, mujer de Porfirio Díaz y señora, digamos, arquetípica. Pues las señoras de Coyoacán hacían campaña, con volantes y discursos en el gimnasio, para echar a los jipis que, desde su punto de vista, afeaban la plaza. Yo un día vi a una señora de tubos en el pelo, linimento amarilloso en el lóbulo frontal y bata de franela rosa gritón, echándole en cara a un muchacho jipi las fachas con las que iba vestido. Pero pronto llegaron comerciantes de otro signo, fayuqueros, vendedores de ollas de peltre, de champús de sábila y nopal, de vulgar lencería fina, y entonces, como por arte de magia, se unieron las señoras y los jipis para combatir a los recién llegados que, años más tarde, unieron fuerzas con señoras y jipis para protestar, con volantes y discursos en el gimnasio, contra el Sanborns que pretendían poner en la plaza y que al final pusieron. En este contexto de invasión, conquista y reconquista del territorio, se desarrollaban los conciertos del gimnasio de Coyoacán, cuyos protagonistas, las bandas que ahí tocaban, estaban espiritualmente emparentados con los jipis, y algunos hasta biológicamente, pues eran hijos de las madres que ejercían el mangoneo territorial del barrio. Quiero decir que, más que voluntad política de abrir el gimnasio a ese tipo de expresión juvenil, tan mal vista entonces por la autoridad delegacional, lo que había era un profundo sentido del deber familiar.

Los pilares de aquellos entrañables conciertos de barrio, y francamente universales porque en todo el universo del DF no había mucho más, eran el grupo Mistus (de mistos, cerillos en lengua catalana), una interesante banda con un par de hits que, si en vez de chilanga hubiera sido londinense, habría triunfado en las listas de Billboard, y Newspaper, un grupo de contagiosa energía que capitaneaba Tenoch Ramos. Eran tiempos duros para el músico de rock mexicano, el mismo Tenoch cuenta, en una entrevista que circula en YouTube, los esfuerzos que hizo Newspaper para grabar un disco en el México de aquellos años, donde el rock no era negocio y sí una fuente de conflicto para el gobierno y para los empresarios, y una preocupación para los padres de familia conservadores y guadalupanos. Tenoch cuenta, en un capítulo del que podría salir una gran película tragicómica, que Newspaper no tuvo más opción que grabar su disco, que era un paso imprescindible en su evolución musical, en un estudio que había montado en Cuernavaca, después de haber sido expulsado de su país por el ayatolá Jomeini, el sha de Irán, y que, al tener el producto terminado, se enfrentaron con el problema de que no había quién lo distribuyera, que su obra no tenía lugar entre los distribuidores mexicanos que oscilaban entre Camilo Sesto y los Bee Gees, y tuvieron que irlo colocando ellos personalmente con la modesta pero efectiva técnica de la venta hormiga.

En aquellos conciertos del gimnasio no había mas que música, no había bebidas alcohólicas ni jugos ni más agua que la del grifo, así que los asistentes metían, como podían, una nalguera de ron, una cerveza en bolsa de plástico escondida entre la ropa, más los porritos de rigor y una modalidad de droga que no he vuelto a ver en ningún otro concierto: un botellín de jarabe para la tos que, traguito a traguito, te iba poniendo en una órbita melosa que te hacía sentir en Woodstock, gracias a la inquietante sensación, que te llegaba al cabo de medio botellín, de estar enterrado hasta las rodillas en un lodazal. Aquellos conciertos eran estimulantes, muy sufridos, pero altamente nutritivos; los músicos no tenían más ambición que tocar su música para un público que no quería más que asistir a un concierto de rock; las bandas ganaban muy poco dinero, si es que ganaban algo, y el juego mediático alrededor del rock mexicano era inexistente, éramos todos, músicos y público, una constelación feliz que estaba en otra órbita, compartíamos un espacio de ficción que, durante dos o tres horas, nos mantenía lejos del mundo real.

Jordi Soler/

@jsolerescritor

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