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El fotógrafo de la muerte

Romualdo García Torres era conocido como el fotógrafo de los humildes.
(Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Jesús Cervantes

Si Tarantino lo hubiera conocido y contratado, seguramente habría ganado varios premios de la Academia gracias a la belleza plástica que el mexicano Romualdo García Torres imprime a todas y cada una de sus imágenes fotográficas, a esas postales donde los muertos y, en especial, los angelitos, generan sentimientos encontrados en los espectadores poco acostumbrados a las zagas hiperviolentas que el cineasta gringo aplica en sus filmes de culto. Si Quentin Tarantino hubiera tenido la oportunidad de encontrarse con la obra de este hoy archirecontrareconocido maestro de lo nuestro, de lo mexican curious, de la neta del planeta nacional, posiblemente hoy estaríamos ante el camarógrafo más galardonado del séptimo arte, aunque seguramente no sería el icono del cine extremo que vemos cada vez que nuestro corazoncito exige emociones fuertes, que vayan más allá de los rostros diarreicos de los presidentes de los partidos políticos y los chapulines recién caídos en desgracia. Lo anterior, por supuesto, es una reflexión un tanto atípica de lo que se ha dicho y escrito de una de las facetas distintivas de la obra de García Torres, pintor, músico y fotógrafo nacido en Silao de la Victoria, Guanajuato, en 1852, y quien constituye uno de los grandes artistas del retrato de gelatina sobre vidrio de esta patria nuestra.

Romualdo es también conocido como el fotógrafo de los humildes, aunque es bien sabido que por cada estudio familiar que realizaba cobraba una buena cantidad de dinero, llegando a excederse ante aquellas paupérrimas familias que deseaban seguir la tradición de dejar para la posteridad la placa respectiva. También como el fotógrafo de los negros, pues posee una vasta producción de fotografías de familias africanas que llegaron a la ciudad de Guanajuato como esclavos en la época boyante de la extracción de metales preciosos y, con el paso del tiempo y la atracción que generaron entre niños bien de la aristocracia nativa, fueron escalando posiciones dentro del escalafón social hasta llegar a la cima del mismo: José María Morelos y Vicente Guerrero, patricios inmaculados de la historia oficial mexicana, poseían ancestros de origen africano en su linaje, aunque los libros de texto gratuitos nunca van a hacer notar esta característica tan inverosímil de nuestros santotes libertarios.

Don Romualdo no era públicamente conocido, y su trabajo se mantiene en pocos espacios culturales como la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato capital. No obstante, en fechas recientes se han publicado una serie de libros sobre la obra del multifacético artista. Lo más relevante para todos es que su propia familia ha sacado a la luz una serie de fotografías que "se mantenían guardadas en el ropero de la bisabuela", en palabras de Silvia Arcos García, bisnieta de don Romualdo, quien reside en la ciudad de Acámbaro. "La colección de Romualdo era extensa. No obstante, en cierta ocasión, décadas atrás, unas tías le pidieron a mi madre que se las prestara, y como imaginarán, nunca las devolvieron. Las vendieron a diversas instituciones culturales, a museos y a gente que le interesaba tenerlas", menciona. Sobre el futuro de las fotografías recién aparecidas, señala que "las prestamos al Museo de la Alhóndiga, pero pronto vendrán de regreso". Cabe destacar que algunos museos fuera del país poseen algunas imágenes de Romualdo García, particularmente en la ciudad de Houston, Texas, donde el director de un renombrado espacio cultural mencionó, en charla personal, que las adquirieron gracias a un curador de la Ciudad de México (¡ajá!) y "clones" de ellas se venden en diversos formatos, que van desde el tamaño postal hasta el doble oficio en módicos precios fluctuando entre 15 y 45 dolarucos.

Don Romualdo, al igual que otros creadores de imágenes, siguen estando fuera del alcance del gran público, de las masas adoradoras del Tri. Y es que si Trantino hubiera tenido en mente las imágenes de don Romualdo podría haber realizado algún largometraje basado en las fotografías que el paisano artista plasmó entre la raza brava del Guanajuato previo a la Revolución Mexicana. Sólo así tendríamos la oportunidad de reivindicar universalmente a este hombre que sació el morbo de nuestra más rancia sociedad porfirista a quien, sin duda, y a un siglo de distancia, le caería bien una buena dosis de filmes del hijo no pródigo de Knoxville, Tennessee, para despertar de la modorra que le caracteriza. En un descuido, y con un poco de candidez, alguna institución cultural o medio de comunicación será capaz de vislumbrar un impreso o documental dirigido al gran público anhelante de arte retro netamente nativo (quizá la Montijo o ya de perdis la Legarreta podrían personificar a alguna de las modelos de don Romualdo).

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