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El día que México se rebeló

Afición azteca. (EFE)
Afición azteca. (EFE)

A nivel de cancha

Luis Alfonso Escobedo

Entre los fanáticos del Tri rondaba un adjetivo para nombrar al juego que estábamos a punto de presenciar contra Croacia: incómodo.

Y es que eran las dos horas que nos podía dejar fuera del Mundial, luego del buen juego desplegado. Por lo tanto, había tensión entre la hinchada mexicana y no era para menos.

Ese día habíamos salido del hotel de dos estrellas, con cinco  horas de anticipación, pues corrió el rumor de que era un problemón llegar al estadio.

Teníamos la opción de irnos en metro pero al final decidimos por el coche, pues el regreso con armamento chelero siempre es invaluable. Dejamos el carro a un kilómetro del inmueble y nos instalamos en una gasolinera repleta de mexicanos que se resguardaban de la lluvia.

Ahí vimos el partido de Chile contra Holanda mientras tomábamos algunas cervezas para calentar y afinar la garganta. Terminó el partido y también se fue la lluvia así que agarramos camino al estadio entonando nuestros tradicionales cánticos de guerra: “Ooooo-ribe Peraaaaaaaltaaaa” , “¡Y ya lo veeeen y ya lo veen somos locales otra vez!” o “¡pinches-croatas-ahí-les va la reata!”.

Ingresamos al estadio y para nuestra sorpresa teníamos unos súper lugares donde el mismo Ochoa nos alcanzaba a escuchar. El estadio se fue llenando y comprobamos que, una vez más, nuestra selección estaría jugando de local. Aquello era una sucursal del Azteca a miles de kilómetros de la hermana república de Coapa.

El inmueble lucía verde y rojo con algunas playeras regadas de Brasil y unas pocas de Croacia. Esta vez el “Himno Nacional” se escuchó impresionante, más que las otras veces.

Pero arranco el partido y a sufrir, aunque nos comenzamos a relajar con el impresionante zurdazo de Héctor Herrera que dio en donde hacen ángulo poste y travesaño. Y de ahí para adelante, la afición se prendió. Terminó el primer tiempo y pese a que con ese resultado estábamos dentro, la tensión seguía a tope. Mirábamos como estábamos jugando mejor, pero un descuido nos mandaría de vuelta a casa.

Estábamos al lado de una banda de mexicanos disfrazados de aztecas (con plumas y cascabeles) así que con ellos organizábamos porras para disimular el miedo. Sin embargo, cualquier pesadilla se disipó cuando llegó el gol de Rafa. El estadio enloqueció con lluvia de cerveza y el grito de gol que todos traíamos atorado desde el juego contra Brasil.

Todavía no dejábamos de gritar el primer gol cuando vino el de Guardado y parecía que La Arena Pernambucano se desplomaba. Ahora sí había fiesta nacional, tres meses antes del 15 de septiembre. Y aun brincábamos por el dos a cero contundente cuando el Chicharo se sacudió la maldición de Van Persi y clavó el tercero en la frente del maletón portero croata y todo frente a la portería donde nos hallábamos.

¡Fue el acabose! Ahora sí a cantar el “Cielito Lindo” a todo pulmón. Muchas veces me ha dado envidia ver a las hinchadas de Argentina o de Inglaterra, pero creo que ese día los fanáticos ches e inglesitos hubiesen querido tener la tarde que vivimos los seguidores mexicanos.

¿Se puede tener tanta felicidad! No encuentro las palabras para expresar lo que sentimos los mexicanos que estábamos ahí en esos últimos 20 minutos del partido, quizás los mejores que representativo nacional alguno haya celebrado dentro de un mundial.

Se terminó el juego pero la fiesta apenas comenzaba. Salimos pronto del lugar y nos instalamos en un bar cerca de nuestro hotel para seguir la fiesta. Si así estuvo este festejo con la calificación, no quiero ni imaginar cómo se pondrá el domingo que le ganemos a Holanda.


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