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El fichaje

Fichaje de jugadores
(Guadalupe Rosas)

EL PEZ SOLUBLE
Jordi Soler

Rodrigo Grau, empresario catalán dedicado a vender latas de conservas, había intentado varias veces, sin éxito, invertir en la Liga Española de Futbol. Primero había querido poner el logotipo de su empresa en la camiseta de un equipo, y cuando ya tenía apalabrado el precio con la junta directiva, el proyecto se filtró a la prensa deportiva y los aficionados de aquel club montaron un escándalo de tales dimensiones que la junta tuvo que cancelarlo y quedarse con la marca de cerveza que hasta entonces lo patrocinaba, aunque cobraran la mitad de lo que ofrecía el dueño de las conservas. Lo mismo pasó con otro equipo que iba a llevar el logotipo en la cara posterior de los shorts, un lugar que no hacía feliz al señor Grau pero que significaba, de manera inequívoca, el ingreso de su negocio a la liga de futbol, que era su máxima ambición. “¿Para qué quiero tanto dinero si no puedo invertirlo en lo que de verdad me apasiona?”, decía a sus amigos cada vez que salían a la conversación esos proyectos fallidos. Quería invertir en la liga y, aunque era barcelonista de toda la vida, le daba lo mismo el equipo que aceptara su dinero, a cambio de ponerse el logotipo de su empresa en la camiseta. Su empresa se llamaba entonces El Capitán (hoy se llama Conservas Grau), y el logotipo era un capitán de barco, de gorra, barba y pipa, diseñado con gruesos y estilizados, trazos azules. Era la marca de conservas más famosa de la península, Grau se jactaba de que en cada hogar español había siempre una o varias latas de su empresa, y tenía razón porque su negocio distribuía masivamente en supermercados y tiendas de barrio, latas de atún, de almejas, de anchoas y berberechos, de calamares, mejillones y navajas, de pulpo, sardinas, sardinillas y zamburiñas, de todo lo que podía enlatarse vendía mucho el señor Grau.

Luego de intentarlo varias veces y de llevarse más negativas de las que un empresario de su calibre era capaz de soportar, decidió que si ningún equipo quería su dinero abandonaría tranquilamente su proyecto. Y así lo hizo, pero quedó inevitablemente resentido con la liga de futbol y, particularmente, con las juntas directivas de los equipos que habían rechazado sus propuestas, entre ellos el Barcelona y el Real Madrid (business are business, me dijo con cierta coquetería), que en su camiseta anunciaba Parmalat, una marca de leche. ¿Les parece más digna la leche que las almejas o las zamburiñas?, preguntaba retóricamente, al aire, molesto con la situación, mientras sus amigos, hartos de aquella manía, guardaban silencio y miraban para otro lado, hacia la puerta del bar o hacia la tragaperras, o hacia la barra donde el dependiente, con gran pericia, servía  vasos dorados de cerveza.

Al inicio de la siguiente temporada, cuando estaba por terminarse el mercado de fichajes, y los equipos de primera división buscaban redondear sus plantillas con una compra de último momento, el señor Grau, que era un empresario tozudo que no solía darse por vencido, vio, con toda claridad, la oportunidad de invertir en la liga de futbol. Con los contactos que había hecho, algunos muy sólidos, durante sus intentos de poner la marca de su empresa en alguna camiseta, se informó sobre el proceso para fichar futbolistas y se hizo con una lista de los jugadores que estaban vendiéndose en ese momento. Observó que había una mayoría de latinoamericanos, algunos bastante conocidos, que recibían ofertas de dos o tres equipos y que esperaban a que, con la presión de que el mercado estaba a punto de cerrar, alguno doblara la oferta. Sin pensárselo mucho y alentado en buena medida, según confiesa, por el resentimiento, el señor Grau entró en contacto con el representante de un jugador peruano que esperaba a que el Real Madrid pusiera más pesetas sobre la mesa, porque en la época en que todo esto sucedía el euro no era todavía en Europa la moneda común. Él mismo recuerda que estaba en su despacho, que era tarde y que sus empleados se habían ido, solo quedaba su chofer, que lo esperaba, medio dormido en la silla que normalmente ocupaba su secretaria. El dato del chofer es importante porque cuando el señor Grau me contó, hace unos días, esta historia, estaba presente ese hombre que sigue siendo hasta hoy su chofer, y que asentía cada vez que su patrón añadía un elemento a esa historia que, mirada con suspicacia, podría parecer el delirio de un rico empresario resentido, al que la liga española de futbol había tratado con desdén. Con un desdén que está documentado porque ahí mismo, en la mesa del restaurante en el que comíamos, el chofer comenzó a sacar del portafolio una serie de recortes en los que aparecía el empresario catalán, treinta años más joven, negociando con el presidente del Valencia y con el del Atlético de Madrid, la posibilidad de poner el logotipo de su empresa en las camisetas, o en la cara trasera de los shorts, en el caso del Atlético.

“Yo le cuento la historia y si le interesa la publica”, me dijo el señor Grau por teléfono y luego me invitó a comer para hablar largamente sobre eso que quería contarme. Cosas que nos pasan a los que escribimos en el periódico. Aquella noche en la soledad de su oficina, con su fiel chofer despatarrado en el escritorio de su secretaria, Grau hizo una oferta para comprar a Fortunato Cabrera, el defensa central peruano que querían fichar, según los datos que le había pasado su amigo del Atlético de Madrid, el Barcelona y el Valencia. Estudió el palmarés y las fotografías de Fortunato, y miró con atención el videocaset que acompañaba la ficha. Quince minutos más tarde, por un precio que triplicaba lo que ofrecían los otros equipos, había comprado al futbolista peruano con la idea, según dice, de revenderlo en el mercado de invierno, en un paquete que incluyera también el logotipo de su empresa en la camiseta. El chofer asegura que todo sucedió tal como lo cuenta su patrón, y argumenta que al oír el nombre de Fortunato Cabrera, que Grau gritaba en su oficina, se despertó y puso atención a lo que sucedía. “Durante esa época el nombre de Fortunato aparecía diario en el  Marca y en el Mundo Deportivo”, dijo el chofer, mientras sacaba del portafolio las fotos de Fortunato ya fichado por el empresario. Se veía al futbolista en la sala de la casa de Grau, en el jardín, vestido de camisa y vaqueros, dominando un balón y, sobre todo, en un montón de cenas y fiestas, siempre acompañado del empresario que lo había comprado y que, gracias a su fama de crack internacional, elevaba su prestigio en la sociedad barcelonesa.

Las fotos me dejaron un poco molesto y, para no prolongar más esa comida, le pedí que me contara el final. “En invierno lo vendí al Hércules, con todo y el logotipo de mi empresa, y santas pascuas”. “¿Y qué piensa usted que puedo hacer con esta historia?”, le pregunté. “Un artículo, o si quiere una novela, tiene usted mi autorización para escribir lo que sea”. “¿Puedo ver otra vez las fotos?”, le dije al chofer y él, mientras volvía a sacarlas del portafolio, tenía una sonrisa en la que podía leerse: “Éste ya cayó, mi patrón no falla nunca”. 

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