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Festival Bestia: El viaje a la luna de Lee Ranaldo

Lee se hace uno con su guitarra.
Lee se hace uno con su guitarra. (Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Grecia Escalona

 

Hace algunos años tuve un accidente algo aparatoso al bajar unas escaleras. El resultado fue más allá de lo desastroso. Recuerdo pedirle a mi papá —llorando— que fuera cual fuese el diagnostico de los rayos X, me prometiera que me iba a llevar al concierto que daría ese mes Sonic Youth en lo que fue alguna vez el Salón 21. Resultado: peroné y tibia rotos, sin contar con que me quedé sin ver las piernas de Kim Gordon.

Hace cinco semanas se anuncio la proyección del ciclo George Méliès por parte del Festival Bestia, el cual como sorpresa anunciaba a Lee Ranaldo (guitarrista y cofundador precisamente de Sonic Youth) como parte de la banda que se encargaría de musicalizar la cinta. Por supuesto, compré mi boleto.

La ida fue muy tranquila, a pesar de una botella de vino tinto que ya llevaba encima. En el camino no pude evitar repasar mentalmente los acordes que alguna vez sonaron en “The Diamond Sea”, los cuales terminaron junto con ese último cigarro que un fumador no perdona antes de entrar a un concierto.

El Auditorio Blackberry es pequeño pero justo. La pantalla en el escenario era pequeña, a pesar de ser la estrella de la noche. A su lado, una serie de amplificadores, una batería de cinco platos, una guitarra, un bajo y un cuartel de teclados daban la bienvenida.

A las 17:22 las luces bajaron y la pantalla se iluminó, justo como alguna vez le dijeran a Méliès, “el alquimista de la luz”. El primero en salir fue John Medeski; detrás, con una especie de coreografía, siguieron Mike, Kenny y Lee, quien tomó su distancia. Los instrumentos comenzaron a hablar. Narraban la vida de un científico que instala su propia cabeza en una especie de mesa quirúrgica de la época, la cual empieza a inflar mientras su asistente juega con ella. ¡Méliès, eres grande!

Eran pequeños cortos que en realidad son las primeras historias que Francia nos entrega y que deja como testigos animados de que la vida, aunque sea en la ficción, no rebasa esas fantasías que fingimos no tener.

El viaje onírico continuó con un joven que se presenta ante un hada de 1906, que lo convierte en rey. Se prepara una fiesta con banquete. El estruendo era tan fuerte que se sentía en el cuerpo, vibraba todo, vibraban todos.

Lee Ranaldo levantó su guitarra para no dejarla caer, usándola como una especie rara de violín en un solo con el que invita al siguiente corto, “Alucinaciones farmacéuticas”. Bebida, baile y un festín. El tipo de fiesta a la que todos asistiríamos.

Lee se hace uno con su guitarra, su cuerpo es el eje y aquel festín quedó en segundo plano frente a la fiesta que creaban las cuerdas sobre el escenario. Los espíritus y demonios seguían sobre nosotros. El infierno se hizo presente mientras todos bailábamos. Tal vez el infierno sea estar solo entre tanta gente.

John Medeski hizo una pausa para decir algo que no se alcanzó a escuchar, pero permitía jugar con la posibilidad de lo que dijo. Quizá “seguimos después de esta pausa, las palomitas y la cerveza se venden atrás”.

El momento es conocido: la gente se vuelve a levantar, vuelve a comprar, vuelve a hablar y vuelve a llegar tarde a su lugar. ¡Mexicanos!

Todo pasado fue en blanco y negro, pero tras la pausa comenzó la segunda parte de la sesión, que trajo consigo el ciclo mismo. Todos los fotogramas están pintados a mano. Todo se vía más claro. Los efectos especiales de las primeras historias del cine son más auténticos que cualquier efecto que se haya trabajado en esas películas de súper héroes, incluso más reales, más honestos.

GRAN FINAL

El viaje a la luna de Méliès —un plan que la fantasía nos permitía cincuenta años antes de la realidad— empieza con la fabricación de una nave con el propósito de explorar la superficie lunar, un viaje accidentado con bajas y altas, como las mejores cosas que nos pasan en la vida.

Las luces se encendieron. El público aplaudió y gritó. Lo mejor de la proyección se dejó para el final; está claro que lo visual se hizo uno con lo sonoro porque el uno con el otro no puede existir. Los músicos vieron a su público, le agradecieron.

Lee Ranaldo estaba afuera del auditorio. Atrás de una mesa. Había una fila de personas que esperaban su turno para alguna selfie o simplemente para la firma del flyer oficial.  Su cabello es más blanco de lo que creía, su estatura es baja y su vestimenta delata que alguna vez fue neoyorquino. Verlo tocar es una de esas cosas que derrochan nostalgia y que pueden ser tangibles o ser, justamente, como las fantasías que alguna vez filmó George Méliès.

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