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Con la fe por delante

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Oscar Jiménez Manríquez

Al Niño Dios lo cargan en brazos, lo llevan en servilletas de tortillas o cobijas para bebé, lo transportan en cunas o bolsas de plástico y hasta lo pasean desnudo por la calle, con el frío que hace por estos días.

Frente a un puesto ambulante, una señora vestida con su mandil verde, desenrolla una toalla dándole interminables vueltas, hasta que de pronto, con la tez rosada y los ojos azules, con sus pequeños bracitos y la melena rubia, aparece un Niño Jesús en miniatura."¡Es mi herencia!", se le oye decir emocionada. Dice que lo quiere vestir con el trajecito de Niño doctor, porque su hijo tiene el sueño de estudiar la universidad y convertirse en médico.

Aquí, a unas cuadras de la Merced, muy cerca de la avenida Circunvalación y San Pablo, donde decenas de jovencitas se prostituyen en las esquinas por 150 pesos, está la calle de Talavera, denominada desde hace tiempo como "La calle más famosa del Niño Dios".

Entre la muchedumbre de católicos que caminan por estos rumbos, un hombre con gafas acuesta a su Niño Dios sobre la superficie de una banca de concreto, y entonces comienza el rito de vestirlo: primero le pone el calzón, después las tobilleras, luego los huaraches, el rosario, la pulsera, el chupón, la capa, el ropón y su gorro. Finalmente lo arrulla.

Una madre le advierte a su hijo la importancia de saber elegir las prendas y accesorios para este día: "El cura nos dijo que no bautizaba al Niño Dios si lo llevábamos vestido con uniforme de futbol".

El chiquillo se niega a pasar revista con la mirada al ejército de Niños Dios, que con su mejor indumentaria aparecen alineados detrás del cristal de los aparadores: Santo Niño de Atocha, Niñopan, Niño del Buen Consejo, Niño de la humildad, Niño de las palomas, Niño de las maravillas, Niño de la misericordia, San Benito, San Martín de Porres. "¡Yo lo quiero vestir con la playera de mi equipo! Le voy a pedir que las Chivas no se vayan a la Segunda División", dice el niño.

La mamá, visiblemente cansada de tanto caminar, arremete contra el acérrimo aficionado del club Guadalajara: "El cura lo quiere de Niño Dios. ¡No de futbolista!".

Carteles colgados en las paredes de las tiendas anuncian la extensa colección de ángeles para esta temporada: Niño desatanudos, al Niño de la buena suerte, Niño mueve corazones, Niño policía, Niño de la abundancia, Niño cautivo, Ángel de la paz mundial.

"Ese Santo Niño de Atocha se ve muy elegante, fino", insiste la madre, intentando convencer a su hijo, -que ya se aprecia tiene una voluntad de acero-. El chamaco, ni siquiera estaría dispuesto a cambiar al Arcángel Gabriel con sus hermosas alas blancas y facciones europeas por el Niño Jesús goleador que trae metido en la cabeza.

En lo alto de un puesto ambulante hay un rótulo en el cual se lee: "Se ponen pestañas y se hacen toda clase de composturas en madera, resina, cerámica o cualquier material".

Entonces una mujer se acerca al artesano para saber el costo de una reparación. "¡Se le rompió su bracito y hay que retocar la melena! Llevo 40 años vistiéndolo", expone. Con un pincel entre los dedos, el reparador observa la figura milagrosa, le da unas cuantas vueltas frente a sus gafas de aumento y resuelve contundente: "¡Puros detalles! Le cobro 200 pesos".

Un barrendero, con su uniforme naranja, deja la escoba para poder cargar en brazos un San Martín de Porres, se le queda mirando a una jovencita que está a su lado, y afirma convencido: "La fe es lo que nos mueve. ¿Y qué pedimos? ¡Salud!".

Dos mujeres se encuentran de pie frente a un escaparate, miran el extenso surtido de trajes de gala que están en rebaja e inician una conversación insólita: "Mi esposo me decía que estaba loca, pero yo digo que no. Después de llevar a bendecir al Niño Dios, te juro que su carita le cambió. De verás, yo lo veía cada día más sonriente".

Don José Martínez, tez morena y sombrero de palma en la cabeza, elabora cada año cientos de figuras del Niño Jesús con resina en distintos tamaños. Y cuenta un par de anécdotas que revelan su buena mano a lo largo del tiempo: "A mis clientes les recomiendo que se lleven al Niño de la buena suerte, porque es milagrosísimo. Una señora tenía cáncer de mama, se encomendó a él y se compuso. Sin medicina ni nada. ¡Ya no le duele! Y otra mujer, que no podía tener hijos, ahora ya tiene uno de diez años de edad". "¿Cómo lo sabe?", le pregunto, y afirma: "Vinieron a agradecerme, aquí a mi puesto. Incluso, se curaron sin dolor".

La Infanta es una de las imágenes más buscadas en la calle de Talavera, una señora no puede resistir el impulso de abrazar a esa niña virgen de piel rosada, y se le oye decir con cierto fervor: "A la Infanta, yo le pongo en su brazo una esclavita, aunque no sea de oro, y el día ocho de cada mes la llevo a escuchar misa. Su iglesia está en Tlalpan, y por una buena limosna hasta regalan un aceitito para untarme en el cuello y los oídos antes de ir a trabajar. Así, nunca me falta nada".

La vendedora de Infantas recuerda que cuando esta santa niña apareció por primera vez, se encontraba recostada con los ojos cerrados, pero la exigencia de los católicos hizo que se modificara el gesto: "Me he visto obligada a venderla con los ojos abiertos, porque ya ve cómo es la mercadotecnia. La gente pide que la Infanta esté despierta".

Frente a la tienda que lleva como nombre El callejón de los milagros, un policía canta en voz baja una canción romántica. A unos pasos, una vendedora ambulante ofrece carne enchilada que suele condimentar con unas gotas de limón. "¿Y de qué es la carne?", averiguo. "Pues es de caballo, porque la de puerco no sirve, se llama Chito. Todos mis hijos la comieron y están grandotes y fuertes".

El aroma dulzón de los plátanos machos al freírse inunda la calle, y un joven hace su agosto con "la nieve, lleve de queso, de mamey, la nieve".

Una mujer se sienta en una jardinera, junto a ella sus dos hijas, "desde que yo era niña, mi tía me decía: 'vísteme a mis Niños'. Es por tradición que estoy aquí, yo vengo cada año, el trajecito que me gusta es el que compro. Pero eso sí, siempre lo visto de azul", comenta.

Otro hombre apoya contra su pecho a un Niño Dios con la misma expresión amorosa de aquellas madres que cargan en brazos por primera vez a sus hijos y cuenta: "Este niño estaba abandonado en una casa y nos lo dieron. Venimos muy contentos y felices a escoger su ropa".

Entre la multitud, una anciana de cabello blanco pregunta por unos trajecitos tejidos con los que quiere vestir un montón de Niños Dios en miniatura que guarda en su pañuelo. Similares en tamaño a una canica, caben todos en su mano.

caros_13@yahoo.com

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