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El ángel exterminador: Lou Reed, un subterráneo profesional

Lou Reed
Lou Reed (Ilustración: Apache Pirata)

Warhólico anónimo y unánime, en el fondo de su llanero corazón, el hijo bizarro del underground, Lou Reed, ha muerto. Pero al rebasar los quince minutos reglamentarios de fama y fortuna que el viejo tío Andy dispuso en su biblia pop, y al haberse convertido en materia prima para la fabricación de símbolos en la legendaria Factory, Reed se condenó a vagar por infinidad de escenarios como un inequívoco y representativo engendro de las ebriedades warholianas.

Desde entonces, nuestro antihéroe estuvo obligado, también, a rebelarse sistemáticamente, con su ácida guitarra en la mano, en contra de los espíritus de aquellos sesenteros años en donde todo era performance hasta que no se demostrara lo contrario.

A lo largo de 71 años, Lou provocó asombros poéticos y musicales, liturgias de invocación y exorcismo, terapias y efectos simbólicos y melancólicos; alucinadas expectativas de extravagancia, creatividad y vanguardismo y experiencias de la sicodelia y espacios de honor en la mitología del rock.

Lou Reed se fue administrando entre la parodia, de lo metafórico hipertextual al parricidio existencial.

Despojado de los malabarismos del espectáculo, Lou Reed se aplicaba a sí mismo una radiografía del alma para construir trampas dolorosas para los pudores domesticados.

Lou Reed es la representación del creador que se ha vuelto maduro a punta de madrazos, que descendió a las calderas del infierno y volvió solo para revelarnos la consistencia de sus estructuras y describirnos con singular y dolorosa delectación los contenidos ocultos de sus escenografías. Reed es el artista que aprendió a recrear con el verbo y el pentagrama sus experimentaciones pecaminosas bajo los efectos de sustancias obnubiladoras, con las vísceras irrigadas de alcohol.

Con el patrocinio del ejercicio existencial, y en nombre de la introspección y la autobiografía, el cantante del rostro totémico se interna en el universo y lo explora, arriesga su seguridad emocional, se aventura en la reflexión sensible y luego hace poesía, música, rock...

Para que se entienda, un poema de Lou Reed es pasaporte y catapulta, anzuelo y desmantelamiento, verbo conjugado y exégesis intensa. Metáforas corrosivas y su estética de la sordidez; quimioterapias intensivas de la muerte; decadencia y la autodestrucción, que descubre un día en los sueños de la muerte, con toda su carga de angustia y dolor, las conexiones mágicas con la vida, a través de las cuales confecciona resurrecciones sicológicas con los sonidos de una lira aguardentosa que reinaugura sepulturas, concupiscencias.

Reed no era trovador solitario, aunque sí solidario, ajeno a las sensiblerías ñoñas; su trabajo era el de un encantador de serpientes, contador de historias que se filtra en las chatarras, desperdicios y marginalidades sociales que le ha tocado atestiguar.

Sus personajes marchan por las calles chamagosas, los barrios petrificados por las crisis, del Bronx a la Quinta avenida; son proxenetas y losers, yuppies de pacotilla y lagartonas, clasemedieros mediocrales y aspirantes a poseer un bidet de porcelana.

Reed era un viajero según la definición del Paul Bowles, que no piensa nunca en el retorno porque hace mucho que se negó a ser un triste turista VTP.

Madonna

Lady Gaga odia a Veronica Louise Chicone porque ya nunca podrá darle golpe de estado a su imperio; Miley Cyrus, porque entre más se ha empeñado en imitarla lo que en Madonna fue provocación en ella no ha sido más que ridículo; Nicky Minaj odia a la reina porque no le ha quedado más que remedio que acatar su majestad con mansedumbre.

Yo la odio por sus rodillas. Mientras mi vida dedicada a rendirle culto a los dioses del basquetbol me ha llevado a tener desvencijadas las rótulas y apelmazados los ligamentos, las rodillas de Madonna, proveniente de una generación anterior, que parecen ser las de la mujer biónica.

Ahora que ha salido al mercado su nuevo concierto de la gira MDNA, en cuyo aterrizaje mexicano tuve la oportunidad de abrevar como uno de sus más acabados feligreses, pude atestiguar con furia que las rodillas de Madonna estaban intactas, o que han sido beneficiarias de una tecnología robótica imposible. Aquellas gimnasias, esas evoluciones sólo para adolescentes en tacha, no pueden ser ciertas para una mujer que ya está derrapando en los sesenta.

Cada vez que me cruje la osamenta evoco los furores religiosos y uterinos que monta Madonna en sus escenarios, y la manera en que se desliza por aquellos montajes a saltos, maromas y brincos para adictos al breake dance, mis rodillas exigen venganza.

Envejecer es un asco, pero ver cómo a algunos no les afecta, o tienen los recursos de Tony Stark como Madonna para proveerse de una armadura protectora, lo hace todavía peor.

O sea, ya el momento más atroz, luego de que la diva pasara de matona a virgen, de colegiala a mancornadora y de ahí rap star y sacerdotisa del sexo nada culpígeno, sin olvidar la conjugación de voluptuosidades cabronas, la Reina del Pop, frente a un vasto número de espectadores, se desnuda como en los viejos tiempos del libro Sex, cuando la nota era verla vestida y no en cueros. Apenas cubierta por unas diminutas telas, se planta frente a los mass media y se deja escanear cada porción de su afinada musculatura, sus senos turgentes y las nalgas macizas. Será la yoga, la comida macrobiótica, la sangre de las niñas vírgenes que se bebe por las mañanas o los milagros de la geriatría, pero las mujeres la acusan de perra, los hombres de MILF y los gays le rinden culto.

Yo secretamente le envidio las rodillas que no crujen, que son elásticas, que no se desmoronan a la primera genuflexión. Maldita.

Grand Theft Auto

Elogio de la hiperviolencia virtual

Como adorador de la hiperviolencia virtual he cometido crímenes y torturas, asesinatos en masa, ideado complots internacionales, combatido a monstruos y desquiciados con armamentos alucinantes, derramado sangre a raudales, pero siempre por una buena causa al servicio de la rudeza necesaria.

Y ahora con la llegada  de la nueva bestia de Rockstar Games que explora hasta niveles laparoscópicos las cavidades de lo políticamente incorrecto, peor aún. Así, esta compañía ha conseguido romper con todos los esquemas con el Grand Theft Auto V. Ahora ya eres el mafioso aspiracional pero multimodal: encarnas igual a un negro de barrio que quiere ser como Snoop y B.I.G. (con aspiraciones de Jay Z con su Beyoncé), que un antiguo capo aburrido de su vida burguesa (con una familia disfuncional), o un psicópata matarife carente de cualquier forma de empatía. Todos viven en Los Santos, versión entachada y desmesurada de Los Ángeles, donde corren alegremente la hhiperviolencia la sordidez, el Apocalipsis y la deshumanización. Aquello es un Mordor michoacano provisto para el entretenimiento más salvaje como en una película de Oliver Stone producida por Jerry Brukheimer, con una turba de homenajes tarantinescos y pinceladas de Bret Easton Ellis.

Tecnológicamente, ese mundo de caramelo macizo y drogadicciones de diseño, es un prodigio de la arquitectura y la ingeniería computacionales, de la jugabilidad, donde el que es más cínico triunfa mil veces.  

 

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