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La estela del Papamóvil

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Verónica Maza Bustamante


Pareciera que ese vistazo podría curar todos los males, hacerles entender este mundo complejo.


La efímera ilusión de ver pasar el vehículo donde viaja el papa Francisco es suficiente para esperarlo a las afueras de la Catedral Metropolitana. De nada sirven los gritos de “¡bendición, bendición!”, que se escuchan en las primeras filas de personas ubicadas contra las vallas en la puerta del recinto. Es casi mediodía. El atrio luce vacío. No se oyen cánticos ni mariachis, tampoco rezos ni plegarias. Mientras adentro el pontífice advierte de no confiar “en los carros y los caballos de los faraones actuales”, ellos, los de afuera, que a esas horas son los rezagados o los aferrados, bajan la guardia.

Ya pasó el mejor momento, cuando el Papamóvil, con su importante ocupante, le dio casi una vuelta a la Plaza de la Constitución. Ese primer impacto será el inolvidable para los fieles madrugadores, aquellos que llegaron desde muy temprano para ver algo, tantito, una orillita apenas de la venerable cabeza o, cuando menos, el techo del auto adaptado.

Las alturas suelen ser el mejor lugar para observar. Por ello, las gradas en torno a la plancha del Zócalo son espacio ideal, pues aunque la gente lo contempló en chiquito cuando pasó en su plataforma con ruedas, logró su objetivo: verlo, porque pareciera que ese vistazo podría curar todos los males, hacerles entender este mundo complejo, llevarlos a excavar ese pozo de riquezas que es el pasado mexicano o, cuando menos, justificar su asistencia en ese pedazo de Tierra donde ahora suenan campanas y un avión de propulsión a chorro se eleva por los aires.    

Aquellos que han desechado la posibilidad de vislumbrar al distinguido visitante, se dedican a esperar. Algo. No se sabe bien a bien qué. Pero mientras eso llega, se toman selfies besando las imágenes casi de tamaño real que el Gobierno de la Ciudad de México ha colocado en numerosos lugares del Centro Histórico. Las figuras van y vienen, las cargan para cambiar de tiro, las llevan bajo el sobaco, las abrazan con enjundia.

Una mujer asegura, con voz emocionada, que el papa viene a dar un mensaje de esperanza, un destello de optimismo. Otra se coloca una serie de diez o más rosarios con piedras multicolores en el cuello, como en una versión católica de algún ritual santero. Una multitud ha pegado post-its color rosa mexicano —¿cuál más?— con el logo de la CdMx sobre un muro afuera del Palacio de Bellas Artes. En ellos se pueden leer saludos y palabras de bienvenida, plegarias ardorosas que ven a Jorge Bergoglio como un santo y le piden desde salud hasta amor, así como su bendición para los alumnos del Cumbres o resignación para aquellos niños que “han sido violados por sacerdotes en México”.

Una corriente incita al viento a llevarse los papelitos, que vuelan hacia el piso casi tan rápido como se mueven los polacos que pertenecen a la Curia Diocesana de Bielsko y Zywiec en Bielsko-Biala. Enfundados en un traje típico de color rojo y blanco, con una capa colorada que ostenta la imagen de su Cristo Rey —que descansa en la capilla del castillo de Baszta Podolska, en la fortaleza espiritual del Retiro Niepokalanow en Grzechynia—, con gorros de pieles cubriendo sus cabezas y el estandarte de un Jesucristo con doble corona, realizan su “acto de la entronización”. Los asistentes los miran pasar, sin entender quiénes son, de qué bando, de cuál ala ni el motivo de su visita, pero es lo más coloquial que han contemplado desde que llegaron, así que se acercan a ellos para tomarse fotografías. Un señor grita desde la grada: “¡Güera, güera, voltea!”; cuando la polaca lo hace, captura la imagen en su celular.

El Zócalo comienza a vaciarse. No sirvió ni el tradicional cántico del “Cielito lindo” para que los ánimos se encendieran ni tampoco para que el papa Pancho se quedara más de tres minutos y medio en el exterior cuando llegó. La gente toma sus cobertores, se los echa a la espalda, comienza a caminar. Algunos van recién comidos, pues se sirvieron 30 mil raciones de alimento, agua y café. Otros parten en busca de algún restaurante o cafetería. Los más hábiles preguntan por dónde saldrá el papa. Policías y reporteros señalan la puerta de atrás de la catedral como el punto de espera ideal, así que un breve número de fieles se detiene en la esquina de República de Brasil.

Gendarmes, niños y ancianos buscan un lugar donde descansar del sol, que por fortuna calienta con debida discreción. Hablan sobre su esperanza de ver pasar al pontífice en su vehículo. Suenan las campanas. Los motores de las motocicletas que acompañan la comitiva se encienden. Francisco va a salir. Las manos se levantan enarbolando teléfonos celulares, los más pequeños se suben a los hombros de sus padres. Alguien advierte que ya están saliendo. Los ánimos comienzan a encenderse. “¡Ahí va, ahí va”, dice una mujer, señalando al tradicional auto, que comienza a andar detrás de otros tres vehículos, que dan la vuelta sin detenerse. Cuando el Papamóvil pasa frente a ellos, un suspiro de tristeza sale de sus bocas. El santo padre no va en su interior. Un hombre estira su dedo índice hacia uno de los carros y afirma: “¡Allá iba!”. A lo lejos, una mano dice adiós por la ventanilla derecha de un Fiat 500L.

La efímera emoción de ver pasar a Bergoglio se evapora en esos asistentes que quizá hayan pernoctado en las viejas calles de la ciudad con tal de recibir una bendición que no les llegó. Pero eso no importa. Para ellos, aún queda flotando la estela de su sacro perfume.

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