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Martes , 13.11.2018 / 17:51 Hoy

Entre el cielo y Ecatepec, vagabundear

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Karina Vargas

Una visita al teleférico inaugurado el 4 de octubre, sin reflectores, pasto artificial, bombo y platillo, ofrece un panorama tan colorido como abrumador.


De la CdMx a Santa Clara, la primera estación del Mexicable, el traslado es confuso. Ninguna reseña de la pomposa apertura describe una ruta clara para que alguien ajeno a los rumbos mexiquenses pueda acceder fácilmente a la obra valuada en poco más de mil 500 millones de pesos, pero dos o tres búsquedas en internet arrojan que el camino más sencillo por transporte público es viajar hasta la estación Indios Verdes del Metro y buscar el enlace con la Línea 4 del Mexibús.

Tras casi media hora de escudriñar cada paradero de las letras A, B, C, D, E, F, G, H, I y J sin éxito, un golpe de suerte en forma de instinto ruletero me lleva hacia el lado poniente de la avenida Insurgentes Norte, donde veo un autobús con la leyenda “Mexibús”. Es el temor de que sospechen que estoy en territorios desconocidos el que me lleva a abstenerme de preguntar desde un principio si alguien sabe qué transporte va hacia el teleférico. Una vez que escucho “súbale”, busco un lugar en el camión y respiro profundo. Me encamino hacia el lugar número uno en feminicidios, siento tanta desconfianza como AMLO en pleno conteo de votos.

Alrededor de 15 minutos después de subirme al autobús del Edomex, que no hace paradas y sigue su propio carril, llegamos a la Vía Morelos. El camión se estaciona a un costado de la terminal número uno del Mexicable y los tres pasajeros descendemos. Camino hacia la estación, pasando por dos robustos elefantes coloridos que anteceden el acceso, y me dirijo a la taquilla.

El "Ecatemundo" desde las alturas

Los diálogos que suceden a continuación son una copia fiel de lo que ahí se dijo (hago esta advertencia para que el lector no crea que está ante una escena de alguna película de Cantinflas o de Los Tres Chiflados). “Quiero una tarjeta y una recarga, por favor”, digo al extender un billete de 20 pesos por la ventanilla. “Ahorita no tenemos tarjetas”, contesta la taquillera y respondo: “Entonces solo véndeme un pase de abordaje”. “Sí, ahorita la señorita se lo vende”, espeta ella. Confiando en el azar, me paso a la ventanilla de al lado y le pido una entrada a la que llamaré la señorita dos. “No, conmigo no, acá al lado se lo dan”, confiesa. Regreso con la señorita número uno y le repito mi deseo de entrar al Mexicable. “No, mire, es con la señorita de allá afuera”, dice, y miro al frente de los torniquetes a la señorita número tres con una cajita fuerte en la mano, dispuesta a recibir los seis pesos de cada pasajero. Luego de una breve fila le extiendo un Benito Juárez, “¿No trae cambio? Ahí en la taquilla se lo cambian”, advierte la señorita número tres. Agotada de ese exceso de burocracia en tan poco tiempo, vuelvo a donde el principio y, sin decir pío, la señorita número uno transforma el billete en monedas, lo tomo, pago mi cuota y entro.

Antes de apreciar las cabinas del teleférico arribar y partir, un letrero de “Souvenirs” sobre una cortina cerrada aparece. ¿Qué tipo de recuerdos pretenderán vender ahí? ¿Por qué en el Metro no venden algo para los turistas? ¿Tendrán playeras que digan “Mi mamá fue al Mexicable y solo me trajo esta pinche playera”? A saber. Prefiero las escaleras sobre el elevador y llego al carrusel de cabinas, me paro frente a una y pongo en práctica la experiencia adquirida al subir a un microbús en movimiento, pues las cabinas, aunque van circulando despacio, no se detienen por completo. Ya adentro, la cápsula comienza a avanzar hacia el vacío y aparece en mí el vértigo que percibo al subirme a un juego de algún parque de diversiones. Al filo de la plataforma, las puertas se sellan y un fuerte impulso nos deja a la cabina, a mí y a otro pasajero, surcando el cielo de Ecatepunk.

De Santa Clara a Avenida Hank González, la segunda estación, son siete minutos de recorrido; en este lapso pueden verse los primeros murales que los artistas mexiquenses pintaron, y la controversial cancha llanera que fue despojada del pasto que lo recubrió durante la ceremonia de apertura. “Dicen que lo van a volver a poner”, comenta un pasajero que viaja frente a mí. “¿Ah, sí?”, le respondo, y concluye: “Sí, es que dicen que no estaba pareja la cancha, entonces ahora la van a arreglar para que quede bien”. Llegar a las siguientes estaciones es más rápido, de uno a cuatro minutos, entre cada una. El paseo es tranquilo, los pensamientos pueden tomar rienda suelta si disfrutas el paisaje multicolor e ignoras el gris del concreto de las casas a medio hacer que se pretenden camuflar entre las obras pictóricas.

Desde las alturas también se escucha la campana del camión de la basura, el último éxito de reggaetón, un cóver de la canción de los Ángeles Azules, "Diecisiete años" en marimba, se ven deshuesaderos de carros, fábricas, basureros, camionetas de la policía estatal vigilando entre callejones, pancartas políticas y resalta una que otra imagen de la Virgen de Guadalupe. Ahí arriba se puede hacer un estudio minucioso de las azoteas y sus recovecos, sentir que el gobierno del estado sí está cumpliendo con darles una mejor calidad de vida a los habitantes o simplemente imaginar que por eso van a vender souvenirs: más allá de su aporte en la movilidad de las familias de Ecatepec, la experiencia teleférica podría ser una interesante actividad para turistas kamikazes que, como yo, hayan aprendido que desde lo alto se vislumbran mejor las tonalidades de la realidad.

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