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Elogio del chaparrito

Elogio del chaparrito
(Apache Pirata)

PEPE EL TORO ES INOCENTE
Jairo Calixto Albarrán

Los enanos comienzan desde pequeños, afirma Werner Herzog, por eso Tyrion Lannister, de Juego de Tronos, desde su nada tierna infancia, había sido tentado por la idea del parricidio. Sobre todo desde que descubrió que teniendo un espíritu bravío y ambicioso estaba atrapado en la caricatura corpórea de sí mismo. En tiempos medievales, donde los distintos estaban condenados a la segregación y el linchamiento, aún siendo hijo no deseado del rey, viviría bajo la metralla de la sospecha y el desprecio. Pero Tyrion era consciente de que la única manera de ganar ese juego de crímenes y pecados, con tronos incluidos, era siendo más fuerte, ojete y malicioso que el resto de los competidores. Así, conocedor de su naturaleza grotesca, en vez de educarse para la violencia con espadas y mazos tan consustanciales para la época, el más liliputiense de los Lannister tomó el camino de la educación y la cultura, armamento mucho más poderoso que cualquiera forjado a fuego y hierro. Por eso, confirmando que la inteligencia debe estar ceñida al humor, dice: “Lo siento, los enanos no necesitamos tener tacto. Generaciones de bufones con trajes de colorines me dan derecho a vestir mal y a decir todo lo que me pase por la cabeza”.

Tyrion Lannister, es de la raza ruda de los ladrones del tiempo de Terry Guilliam, de la porfía napoleónica, de la arrogancia cínica e irónica del gran Tuntún pero, gracias al dios de los pinches chaparritos, sin nada que ver con Nelson Ned ni el Tatú de La Isla de la fantasía. La mentira, herramienta fundamental para apropiarse de un imperio, es manejada con artesana maestría por Tyrion, como Bruce Lee usa los chacos. En una época donde los hipócritas improvisados mal administran el mundo, este Pancho López ­—chiquito, pero matón— hace maravillas con la falsedad ante el desencanto de los pendejos. De ahí que Tyrion fuera adicto a las putas, criaturas que cimentan en la sinceridad su negocio y que en la generación de fantasías hacen clientela.

Lo único que aplazó a Tyrion, hijo de sus ganas de acabar con el juego de tronos de su padre, fue cuando éste le hizo creer que no lo odiaba —como él creía— por ser una abominación de diminutas dimensiones. Pues aún en contra de todos aquellos que le sugerían que lo matara (no solo había nacido enano, sino que su nacimiento le costó la vida a su madre), decidió dejarlo vivir porque muy en el fondo de su alma retorcida lo quería como se quiere a un hijo, aunque fuera indeseable.

Una imagen sobrecogedora la de este hobbit maldito escapando de su celda gracias a su hermano Jaime, que con esta acción hace una jugada de tres bandas: queda bien esa bestia desatada que, evidentemente, antes de huir acabaría con todo dios y al cumplir una misión por años aplazada, el parricidio, dejaría a su hermano con el poder en aquel Mordor helado. Mientras iba con la ballesta desenvainada, con el rostro enjuto y fiero, avanzando como la división Panzer sobre Varsovia, el chaparrito Lannister sabía que solo tendría sentido su vida con la muerte de su padre shakespiriano. Una fuerza superior lo impulsaba: los menosprecios que cayeron sobre su diminuta figura por siglos (terapia de choque que en vez de desmoronarlo reforzaba sus resentimientos y fierezas), la acusación de un crimen que no cometió (aunque hubiera querido asesinar al rey Jeofrey por haber sometido a toda clase de humillaciones, él simplemente no lo había envenenado), sin olvidar el empujón definitivo que le dio enterarse de que su propia amante retozaba en la cama de su padre, mientras él rumiaba sus penas en el calabozo.

Por eso tuvo que ahorcarla, con todo el dolor de su corazón de piedra corazón. La mirada turbia, pero certera, de Tyrion cuando accionó los mecanismos de su arma para que su atónito progenitor, sentado en ese otro trono del baño como el Tigre de Santa Julia, dudaba de su auténtica voluntad para matarlo. Por alguna extraña razón, a Tywin Lannister le parecía un poco exagerada la reacción asesina de Tyrion.

Eso explica por qué la primera flecha que atravesó a su progenitor lo dejó más incrédulo que atónito, pero la segunda le confirmó antes de morir, mientras arrojaba sus deyecciones por el excusado, que aquel enano del tapanco era sin duda un digno ejemplar de su malsana estirpe.

Tyrion Lannister no es un linda personita. De hecho es un ser bajo (en todos los sentidos) y despreciable (en cualquier sentido), que no es mejor que el resto de los Lannister, quienes solo ambicionan poder y dinero. Sin embargo, es el único que no tiene la cabeza amueblada como si fuera una sala de torturas. Lo que viene siendo Tyrion por el palito.

 #LlorocomoJames

Y lloro como James Rodríguez, el delantero colombiano prodigio que desbancó a Neymar, Messi, Cristiano y toda la pléyade de niños mimados de la FIFA, que lloró ante la derrota de Colombia frente a Brasil, sino por la tendencia arbitral a apoyar a los más fuertes, a los influentes, a los históricos y no a los equipos emergentes, que son los que se la rifan, arriesgan y cometen los mismos errores y terminan otra vez brindando con extraños.

Lloro como James Rodríguez porque se acaba el Mundial Brasil 2014 y ya viene la Liga Mx; se acaba el regocijo de un futbol manipulado, ceñido a intereses económicos y políticos, provisto de abusos y de pifias, condenado a la comercialización a ultranza y a los excesos y delirios megalomaniacos de Josep Blatter, pero que al final del día ofrece un espectáculo motivacional y entretenido, poblado de emociones y sentimientos encontrados. En la Liga MX, para que consigamos como junkies algo por el estilo, hay que esperar hasta la Liguilla a ver si se puede conseguir algo que pudiera medio poner en peligro tu seguridad emocional.

Aquí, lo que me queda de esta experiencia mundialista, un gabinete de curiosidades en busca de meme:

1. Algo muy mal debe recorrerle la espina dorsal a los narradores y comentaristas que no pueden resistir la tentación de expresarse como si hubieran nacido en Nürenberg o Gotinga cada vez que aparece el centrocampista Bastian Schweinsteiger y a los gritos con acento nietzcheano de “Fanstaiga”. Por eso la traducción literal del gran jugador significa “Cuidador de cerdos”.

2. “Morirse de nada” es la frase más misteriosa a la que recurren los especialistas en futbol, que es como el nuevo “Saber leer el partido”. Es la mala influencia de intelectuales del deporte, como Valdano, a los que todo villamelón quiere imitar. No se sabe si “Morir de nada” es un arcaísmo o un arjonismo.

3. El #NofuePenal se transforma en la representación meme de la frustración nacional. Tanto que hasta Peña Nieto lo avala como si fuera un artículo transitorio de sus leyes secundarias. De hecho, el hashtag es casi tan frágil y representativo como el penacho de Moctezuma.

4. Los jugadores más chillones de la historia se dieron cita en Brasil. No se sabe si porque son demasiado sensibles o las clases de actuación para lograr penales y faltas a favor los han ablandado demasiado.

5. Messi es el jugador más sobrevalorado que se haya visto en las justas mundialistas. Pura alegoría sin sustancia y fuegos artificiales para seducir masas babeantes. Tan así que puede pasar por humilde frente a la arrogancia de Cristiano Ronaldo, pero mientras el messiánico le niega el saludo a los niños, el segundo paga operaciones a los infantes que lo necesitan. Al argentino le falta, por lo menos, mejores asesores de imagen.

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