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El luchador

La promoción de Putin ha mandado a Jeff Monson a la cima de la fama.
La promoción de Putin ha mandado a Jeff Monson a la cima de la fama. (Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

EL PEZ SOLUBLE

Jordi Soler

 

El luchador Jeff Monson, nativo de Minnesota, es un perfecto desconocido en Estados Unidos y una superestrella del cuadrilátero en la lejana Rusia. Monson es una mole de 45 años, está ciego de un ojo a causa del golpe de un rival y camina con una aparatosa cojera que exhibe con gran dignidad mientras se desplaza arriba del ring, al acecho, o a veces huyendo, de su rival. Su pelea más reciente es un tierno episodio de corrupción por pura simpatía: Monson peleaba contra Levan Persaev, un ruso de veintinueve años, mucho más joven que él, en el Dynamo Stadium de Abkhazia, un enclave pro ruso que pertenecía a la antigua Unión Soviética. La lucha que practican Monson y sus rivales es una mezcla de boxeo con artes marciales que se celebra en un cuadrilátero que parece una caja. Persaev comenzó a pegarle una paliza a Monson, que es el ídolo del pueblo ruso, un ídolo también conocido como El hombre de las nieves. Parecería que decirle hombre de las nieves a un gringo, en ese país que contiene a Siberia, es una boutade, una ironía, la burla de un pueblo resentido contra el imperio yanqui, pero resulta que no lo es, que Monson es de Duluth, el pueblo helado donde estudió la carrera de psicología, un villorrio, vecino del célebre Fargo, donde el frío aprieta a veces con más fuerza que en las cañadas de Siberia. Al final Persaev ganó el combate, Monson acabó noqueado y ensangrentado en la lona y los jueces, que también son fans del Hombre de las nieves, dijeron que su rival le había ganado por puntos. Una sutileza. Persaev se disculpó con Monson en los vestidores, le dijo que los jueces se habían equivocado pues tendrían que haber declarado un empate. Lo mismo pensaba todo el estadio, sin importar que su ídolo había terminado con sangre en la lona, y eso mismo acabaron pensando los jueces, que finalmente declararon que la pelea había quedado empatada y así lo registraron en sus actas.

Parece que el fanatismo por el luchador de Duluth se debe a que representa, como no lo hace ningún nativo, los valores del pueblo ruso: la entrega, la conmovedora lucha sin tregua a pesar de que es el elemento más viejo de la competencia, y de que cojea ostentosamente y está ciego de un ojo. Estos valores conmovieron al mismísimo Vladímir Putin, que asistió a verlo cuando peleó en Moscú contra Fedor Emelianenko, el campeón más visible de aquel país. Putin, que es un forofo de las artes marciales y de cualquier actividad que implique hacerse el gallito y soltar mamporros, quedó muy impresionado con la forma de luchar de Monson, con su espíritu guerrero que le recordó a su propio espíritu y, desde entonces, menciona al luchador cada vez que viene, o no, al caso en alguno de sus discursos.

La promoción de Putin ha mandado a Jeff Monson a la cima de la fama, ya no puede caminar, cojeando, claro, por las calles de Moscú sin que una turba de gente lo acose, respetuosamente porque es el venerado Hombre de las nieves. No descartemos que Levan Persaev, el contrincante que hace unos días se disculpó por haberle ganado, y que pidió que la pelea se declarara empatada, lo haya hecho, y lo mismo hayan hecho los jueces, por temor a las represalias del presidente, por miedo a que Putin pensara: “¿Por qué se ha atrevido Levan Persaev a derrotar a mi admirado Hombre de las Nieves?”.

Jeff Monson vive en Miami pero pasa cada vez más tiempo en Rusia, su patria adoptiva. Lleva en el cuerpo una colección de tatuajes que son toda una declaración de intenciones: una bandera estadunidense con la leyenda “Tierra de la hipocresía”, una hoz y un martillo, las caras de Marx y de Lenin y la frase “destruye a la autoridad”. Desde su punto de vista es el comunismo el único sistema de gobierno que puede enderezar a nuestro apaleado occidente y ante la crítica, modesta porque casi nadie lo conoce, que le hacen en Estados Unidos, de que es un títere del Kremlin, él responde: “Por supuesto que ellos (los rusos) tratan de sacarme algo, pero yo también tengo mi agenda, creo en el socialismo”. Este luchador graduado en psicología, que dejó un trabajo de oficina para dedicarse a la lucha que había practicado como amateur en la universidad de Duluth, se defiende de quienes lo atacan diciendo que tanto golpe en el cuadrilátero lo ha dejado idiota: “Que sea luchador no quiere decir que no me dé cuenta de nada. Soy un tipo listo”.

El hombre de las Nieves va triunfando, incluso cuando no triunfa, por todos los cuadriláteros de Rusia y demás repúblicas, o repúblicas en ciernes o en proyecto que ambientaban la órbita de la Unión Soviética. Ya se ha metido en más de un lío diplomático a la hora de declarar su amor por Rusia en alguno de esos territorios que se quieren independizar. Su amor por Rusia lo es todo para Jeff Monson, que ahora espera el glorioso momento en el que Vladimir Putin le dé por fin su pasaporte ruso, para mudarse de Miami a Moscú, con su mujer y sus tres hijos y para perseguir, ahora sí con documento oficial, el sueño que tiene últimamente de convertirse en diputado del Partido Comunista Ruso, para empezar a ganar batallas desde su curul.

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