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El gas de la risa

Gas de la risa.
(Especial)

EL PEZ SOLUBLE
Jordi Soler


El químico inglés Humphry Davy hizo experimento, consigo mismo, en 1799 y mientras lo repetía y lo repetía, pues sus efectos eran francamente placenteros, escribió un libro sobre sus experiencias con el gas de la risa, que era lo que, propiamente, había descubierto. De ese libro, que tiene un título kilométrico que voy a ahorrarme aquí, pero al que puede llegarse poniendo en Google el nombre del químico, la prensa de la época (el año 1800) consignó lo siguiente: "Con el doctor Kinglake, su asistente, puso a calentar cristales de nitrato de amonio, capturó el gas que liberaban en una bolsa de seda y después la expuso a una sesión de vapor de agua para quitarle las impurezas, y una vez conseguido este objetivo inhaló el gas por la boca. El efecto fue fabuloso. De estos primeros experimentos describió el leve mareo, el enrojecimiento de las mejillas, el intenso placer y la emoción sublime conectada con una serie de ideas altamente vívidas". El desafío científico del doctor Davy, que por cierto, y no obstante su afición al dopaje, fue presidente de la Royal Society, está a la altura de esos exploradores extremos que, en lugar de lanzarse al desierto, se lanzan a su propio espacio interior, como aquel personaje del cuento de George Langelaan, La mosca, que se teletransportó el mismo y en aquel viaje radical su ADN se enredó con el de una mosca, y ya no digo más para no arruinar la lectura de quien no conozca el cuento, o las películas que de este se han hecho, la de Kurt Neumann (1958), estelarizada por Vincent Price, o la de David Cronenberg (1986) con Jeff Goldblum, ese actor que ya de por sí era raro y que, desde aquel espectacular papel, no puede uno dejar de ver en sus ojos, los ojillos de La mosca. Pues ese mismo espíritu era el de Humphry Davy, el del científico que, para comprobar una hipótesis, se pone a experimentar con su propio cuerpo. Davy sistematizó la producción del gas de la risa e invitó a sus colegas a probarlo, con el argumento de que ese gas era el único vehículo existente por el que una persona podía acceder a la conjunción, en el espacio/tiempo, de la ciencia, la filosofía y la poesía. Después de las risas que provocaba el gas, si se persistía en la ihalación, empezaba a ascenderse en la escala de la percepción ultrasensorial y en ese ascenso, el sujeto comenzaba a parir pensamientos sumamente afilados, extrañamente poéticos y germinados, desde luego, en un abono eminentemente científico. El viaje por el espacio interior era impecable, pero las vistas exteriores de este viaje tenían que mantenerse a la sombra pues el panorama era, en general, el de media docena de caballeros ingleses que primero eran presa de ráfagas compulsivas de risa tonta, y unas caladas después, iban cayendo en un estado que, visto desde el exterior, se parecía a la pura y dura imbecilidad porque, mientras el gas los iba desconectando de la Tierra, los caballeros iban perdiendo el control de sus movimientos, el tono muscular y al final la compostura. Aquel cuadro hacía pensar que en el laboratorio del doctor Davy había caído una bomba. Lo que hacía este científico no es más que la evolución de esos exploradores primigenios a los que se les ocurrió, por ejemplo, probar ese hongo que resultaría alucinógeno, o fumarse esa yerba que era mariguana, o beberse aquel fermento de uva, ¿no es asombroso el espíritu experimentador de aquellos pioneros? El doctor Davy estableció que su invento era una droga recreativa y, como era el año 1799, y a nadie se le había ocurrido todavía prohibir las drogas, la gente se acercaba al gas de la risa sin más objetivo que pasar un buen rato, que reunir en el mismo espacio/tiempo la ciencia, la filosofía y la poesía. Era un año, hace doscientos dieciséis, en el que no existían todavía los prejuicios en torno a este tipo de diversión. También hay que decir que el doctor Davy, por más que se divirtiera, siempre tomaba notas sobre lo que había experimentado y, a partir de estas, fue que articuló su tratado de título kilométrico. Cien años más tarde Sigmund Freud haría lo mismo con la cocaína, una droga que, a diferencia de la del doctor Davy, no era obra suya, pero que le daba para montar una tramoya científica alrededor de sus efectos, mientras disfrutaba de las sensaciones que le producía. Al parecer la irrupción de estos exploradores del espacio interior tiene lugar cada siglo, porque cien años después de que Freud experimentara con la cocaína, Thimothy Leary se puso a teorizar, y a experimentar a mansalva, con el LSD. De las sesiones con gas de la risa del doctor Davy, quedan un par de viñetas a color, en las que se ve a unos señores muy elegantes, de hace dos siglos, tirados en los sillones y partiéndose de risa; aunque quizá el mejor testimonio lo dejó el poeta Coleridge, que después de probar el extravagante gas, escribió que el efecto era como ese que se siente cuando, después de haber estado mucho tiempo en la nieve, "se regresa a una habitación cálida".

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