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Jueves , 20.09.2018 / 11:56 Hoy

El tamaño de los penes

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EL SEXÓDROMO

Verónica Maza Bustamante

elsexodromo@hotmail.com

@draverotika

FB: La Doctora Verótika

¿Qué les parece si a partir de hoy comenzamos a hablar, si es que insisten en hacerlo, de loS tamañoS de los peneS? Así, con s. En plural. Porque llevamos décadas y hasta siglos viviendo una relación de amor-odio con el miembro masculino, al cual se le ha colocado en dos cajitas y no más: la de los “penes grandes y la de los “penes pequeños”. Parece que no hay medias tintas ni matices, longitudes, grosores, curvaturas, colores, inclinaciones, lunares, venas, pieles, duraciones, erecciones y demás. O es chiquito o es grandote. Y punto. Pero, ¿quién determina cómo es cada cual? ¿Qué largo debe tener para considerarse eso, “largo”, y cuál los considerados “más breves”? ¿Opinan lo mismo dos, tres, 10 amantes que haya tenido un mismo hombre, con un mismo pene (no, no son intercambiables, no hay manera de hacerlos crecer ni de reducirlos, las prótesis que los cubren no son funcionales, los calcetines bajo el pantalón terminan cayéndose, los rayos de la bicicleta representan un chiste malo y añejo, las bombitas a la Andrés García están cerca de ser mitos geniales a menos que integren procesos quirúrgicos)? ¿O cada mujer y cada hombre que haya tenido en su interior un mismo pene tendrá una opinión diferente de él?

Los educadores sexuales hablamos, desde hace tiempo, de las sexualidades. Es decir, hemos comprendido que hay innumerables maneras de vivir, entender y experimentar la sexualidad humana. Tantos, como terrícolas hay en este planeta. Mi vivencia es única. No hay nadie más que la perciba, ejerza y explore como yo. Lo mismo pasa con la diversidad sexual. Ahora solemos decir “las diversidades”, porque hay un sinfín de tonalidades que van ampliando a perpetuidad la posibilidad de cada persona de ser y estar.

Así con los penes. Me gustaría que los viéramos como partes del cuerpo con sus características particulares en lugar de tratar de encasillarlos en únicamente dos opciones y seguir recomendando pociones mágicas para que cambien de forma, dándole palmadas en el hombro a quien se queje del suyo, alabando como si fuera un superhéroe a quien afirma tenerlo descomunal o permitiendo que las parejas sufran debido a que no tienen lo que desean.

Así pues, si arrancamos con la idea de que cada miembro es un mundo y que con todos ellos se puede hacer un recorrido por demás emocionante, tengan la forma o la longitud que tengan, podremos aprender a conocer el pene que poseemos (tanto porque está pegado al cuerpo que habitamos como porque disfrutamos el de nuestros compañeros).

A esta parte de la anatomía masculina hay que perderle el miedo, pero no como en esas canciones llenas de clichés que se refieren a “perder el respeto” como sinónimo de llegar al acostón y ya, sino como sucede con un amigo o amiga que se quiere conocer y reconocer. ¿Qué hacemos? La/o observamos, preguntamos, le damos abrazos, sabemos qué música le gusta, cuál es su comida favorita, a qué lugares le gusta viajar, cuáles son sus talentos: ¿sabe cantar, es bueno para las matemáticas, se le da la filosofía, es experto bailarín, es silencioso, es bullicioso, dulce, rudo, etcétera? Vamos conformando una ruta de lugares que nos gustan a ambos, nos atrevemos a contarle nuestros pensamientos, nuestras esperanzas, alegrías y molestias. Pues lo mismo con los falos.

No dudo que los hombres piensen: “¡Pero si yo conozco muy bien a mi pene!” Vale, pero la pregunta del premio mayor es: ¿qué tanto lo conoce tu pareja? ¿Cómo lo ha explorado y explotado? ¿Siguen buscando nuevos puntos de placer, acomodos, formas, ritmos y presiones? ¿O jamás han hablado de él? (conozco muchas parejas que siguen diciendo “allá abajito”, “aquellito”, “su parte”, para nombrar los genitales del varón). Durante la penetración, sin importar la orientación sexual, ¿lo han colocado apenas en la entrada, frotando únicamente el glande y, en otro encuentro, lo han sumergido en las profundidades más lejanas de su receptáculo del amor? ¿Han probado moverlo de un lado al otro, de manera oscilatoria, adentro y afuera muuuuuy suavemente o con la mayor rudeza que ustedes y sus parejas se permitan?

¿Han variado el acomodo de quien los acompaña? No es lo mismo colocarse de perrito que en posición de misionero o proyectando las piernas sobre los hombros de él; hacer tijeras que disfrutar con la Amazona, aguantar un mismo ritmo y postura durante cinco minutos, sin detenerse, que ir intercalando ritmos como si estuviéramos jugando al caballito.

¿Lo han untado con lubricante o con algún aceite especial para el acto erótico? ¿Le han pasado alrededor un collar de perlas? ¿Un listón de satín, un poco de estambre, un objeto frío, su cálido aliento, una Halls negra? ¿Sus parejas lo han sopesado, han admirado su textura y su color, ese lunarcito escondido por ahí, aquella vena que resalta, ese tono disparejo, la forma en que se curva, la estructura de su glande (la cabecita, pues), el lugar donde se pierde entre la maraña de vello, los granitos, las áreas suaves y sonrosadas? ¿Han incitado, invitado, preguntado o aceptado que quienes los acompañan exploren con la lengua toda su superficie para que prueben su sabor en cada parte, el aroma de cada zona, la rigidez o flacidez dependiendo el momento?

Habiendo todas estas posibilidades, resulta absurdo pensar únicamente en penes grandes y penes chicos, ¿no creen? Los hay largos y delgados como ejotes; lisos y sonrosados como melocotones restirados; breves y cabezones como hongos alucinógenos; rinconeros y traviesos como cachorros que juegan; gordos y largos como mástiles; anchos en su base y delgados en su punta como esculturas cónicas que se elevan hacia el cielo; flaquitos y pequeños como dedos traviesos (si han hecho gemir de placer a alguien usando sus dedos y su lengua, sabrán que no se necesita mucho más que el tamaño del índice para generar un tsunami en una mujer); medianos y derechos como soldaditos de plomo; curvados como medios aros para hacer un hula-hula de la seducción; moldeables como plastilina o demasiado rígidos como si estuvieran almidonados.

Y de la duración... luego hablamos. Si además de entender las capacidades y características de los miembros que poseen, quienes los portan saben controlar su eyaculación, entonces el panorama se amplía. El mundo se ensancha. Se abren los mares. Se desbordan los ríos, porque el conocimiento y posibilidades de ese órgano jamás acabarán.

Por favor, la próxima vez que ustedes, hombres, o sus parejas, sientan angustia por el tamaño, organicen un recorrido de reconocimiento y conozcan todas las características de ese simpático acompañante de los caballeros que nos puede dar grandes momentos de solaz inolvidable.

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