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Martes , 17.07.2018 / 14:40 Hoy

El 'spoiler'

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EL PEZ SOLUBLE
Jordi Soler

El presidente Obama ejecutó un spoiler de altura, hace unos días, al revelar, si se quiere de manera oblicua, la muerte de Jon Snow, en el capítulo final de la última temporada de Juego de Tronos. En un intercambio verbal con David Nutter, el director del capítulo, Obama preguntó: "No han matado a Jon Snow, ¿verdad?" La respuesta de Nutter no deja sitio para la especulación: "Jon Snow is deader than dead" (Jon Snow está más muerto que la muerte). Aunque pensándolo bien, alguien que está más muerto que la muerte tiene todavía mucho futuro en una serie, como Juego de Tronos, que coquetea con los zombies y con los caballeros de ultratumba.

Obama es un presidente que se distingue por su gestión política, cuando tiene opción prefiere recurrir al diálogo y a la seducción, antes que a la amenaza y al bombardeo, como lo hacía su antecesor. Dos ejemplos de rabiosa actualidad confirman esta querencia: las conversaciones con Cuba y con Irán, que han desembocado en dos acuerdos que no habían podido alcanzarse por medio de la fuerza. Si con algún personaje de Juego de Tronos puede identificarse el presidente Obama es, precisamente, con Jon Snow, que es, a pesar de los espadazos salvajes con que decapita a sus enemigos, el político de la serie, el que busca el diálogo, la complicidad, la confluencia de fuerzas antes que el enfrentamiento.

Ante el spoiler de Obama quizá pueda argumentarse que fue dicho ya que los verdaderos fanáticos, esos que van rigurosamente al día, habían visto el capítulo. Los verdaderos fanáticos quedaron a salvo pero el resto, los que nos acercamos sin urgencia a la serie, fuimos víctimas de su indiscreción, porque ese tipo de datos no deben revelarse, es como si, asumiendo que ya es hora de que todos hayan leído esas novelas, revelamos aquí como mueren Ana Karenina y Madame Bovary. Escudado en el spoiler de Obama, voy a hacer otro, de menos gravedad argumental, pero de honda repercusión freudiana y, para no perjudicar a quien no haya terminado de ver la temporada, voy a hacerlo entre paréntesis así que, si no se quieren enterar, basta con que brinquen hasta el punto donde se clausura el paréntesis. Antes diré que la honda repercusión freudiana tiene su origen en la muerte de otro de los personajes (mueren decenas cada temporada) que sucede en el retrete, en ese lugar al que acudimos desarmados, como a la bañera, el sitio donde fue asesinado Jean-Paul Marat, el revolucionario francés, al cual llegaré después del paréntesis que se abre a continuación. (Tywin, el padre de los incestuosos hermanos Lannister, y abuelo de los dos reyes pedorros, es asesinado por su hijo Tyrion, que es un lúcido y carismático enano de voz extraordinaria. Tyrion sorprende a su padre, que es uno de los malotes de la serie, refocilándose con su ex novia, la ex prostituta Shae que, a fuerza de belleza y cinismo, y fundamentada en su deslumbrante experiencia erótica, ha ido trepando por el organigrama de la corte de King's landing. Todo esto que voy contando tiene como fuente la serie de televisión, no los libros de George RR Martin que pertenecen a un género por el que no siento ningún apego, y lo mismo me pasa con los libros de Tolkien y, si fuera niño, seguramente me pasaría con los de Harry Potter. ¿Cómo puede interesarme la serie Juego de Tronos y no los libros en los que está basada? Seguramente porque en una serie de televisión puedo pasar por alto cosas (zombies, caballeros espectrales, criaturas de la noche) que en una obra literaria me orillarían a abandonar el libro: no es lo mismo ver que leer; es más fácil, y benigno, ver un zombie que leer su truculenta descripción. Además la serie cuenta con un elenco insólito de actrices; el talento, a pesar de lo mucho que queríamos a Jon Snow, es abrumadoramente femenino; los hombres se desplazan por la historia movidos por sus pulsiones básicas (como en la vida real); en cambio las personajas están llenas de matices, son sumamente sofisticadas.

Pero estaba en que Tyrion Lannister, el enano, va a buscar a Tywin, para matarlo, y mientras da con él descubre a su ex amante, desnuda y deseante, en la cama de su padre. La desazón que esto le produce lo lleva primero a matar a Shae y después a buscar al padre que finalmente aparece sentado en el retrete, indefenso; está intentando liberarse de un molesto cargamento nocturno cuando su hijo, con cara ya de parricida, le apunta con una ballesta que, sin dejar que crezca mucho el suspense, dispara dos veces a quemarropa. Tywin Lannister, la mano del rey, muere asesinado por su hijo, pero no de cualquier forma, por esto hablaba yo de la hondura freudiana: muere atravesado por dos flechas mientras está sentado en el retrete, es asesinado de forma despiadada y en una situación humillante. Tyrion Lannister se convierte en un Cupido a la inversa, sus flechas atraviesan el corazón pero no para enamorar, al contrario, para dejar testimonio de su odio. Tiene gracia que en esta serie alguien muera en el trono.

En una situación parecida de indefensión murió también Jean-Paul Marat, el político jacobino francés que tantas pasiones, y animadversiones, despertó durante la revolución francesa. Este no tuvo que ver con Freud sino con la política, pero seguro que Marat puso la misma cara que Tywin Lannister cuando descubrió que estaban a punto de asesinarlo. Charlotte Corday, una joven girondina que estaba decidida a asesinar al político jacobino, planeó durante tres años la forma en que iba a hacerlo. Había pasado una década en un convento, concentrada en la oración y en la adoración de Dios, y cuando salió dedicó toda su energía a conseguir su objetivo. Estudió los movimientos de Marat, lo espiaba cuando acudía al parlamento, cuando andaba por la calle rumbo a un restaurante y cuando terminaba de cenar y se iba a su casa. Como era una mujer de veintitantos años, recatada y de aspecto inocuo, su espionaje no llamaba la atención. Espiaba, anotaba datos y esperaba el momento preciso; Charlotte era lo contrario de Tyrion Lannister, que salió de la cárcel y fue directamente a matar a su padre, sin más instrumental que su odio freudiano, y la ballesta que le salió al paso. Charlotte, en cambio, calculó que el sitio idóneo para el asesinato era la casa de Marat, su víctima, y para poder colarse ofreció, por carta, cierta información que, aseguraba, pondría a salvo el destino de la República. Marat no hizo caso a las cartas y Charlotte de todas formas se presentó en su casa, logró esquivar a la sirvienta que trató de impedirle el paso y una vez dentro buscó al político y lo encontró en la bañera, con el agua tibia hasta las tetillas, escribiendo una carta sobre un tablón. Marat, completamente indefenso, la miró asombrado y, al enterarse de que ella era la autora de las cartas, la depositaria de esa información crucial para la República, le pidió que se lo explicara todo de viva voz. Charlotte lo miró con frialdad, sacó un cuchillo de entre sus ropas y se agachó para apuñalarlo con mucha saña en el corazón.

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