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Viernes , 21.09.2018 / 13:42 Hoy

'El Señor de los Ferraris'

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EN EL TONO DE TONA
Rafael Tonatiuh


Quien se inclina sin romperse como una brizna de hierba de la adherente ley del suelo, obtiene el amparo pleno de la minei (buena fortuna)
Mario Satz, cabalista

El 15 de septiembre del 2015 llegué retardado a la casa de Coyoacán, DF, donde mi hermano Toño, aparte del Grito, celebraba sus cincuenta años de vida con una cena de antojitos yucatecos.

Me bajé del taxi en Héroes del 47. Busqué mi teléfono celular Android Ferrari en mis bolsillos. No lo hallé. Me asomé dentro del auto y busqué bien, no estaba; despedí al taxista, confiando en que seguramente lo había echado dentro del portafolio, pues venía pendejeando con el Facebook durante el trayecto.

Al llegar a la casa me abrió mi sobrina Natalia. Apenas entré, abrí mi portafolio y vacié su contenido en un sillón. Mi Ferrari no estaba. De pronto tuve una revelación: ¿y si dejé el teléfono sobre el techo del coche, mientras sacaba mi cartera? Desesperado, le pedí a mi sobrina que me acompañara a la calle donde me bajé, mientras desde su celular llamaba a la central de taxis. El teléfono no daba línea. Buscamos por el tramo donde me bajé hasta División del Norte, donde el vehículo dio vuelta, mirando por el piso, sin hallar nada. Logré comunicarme. Le dije a la operadora que probablemente había dejado mi teléfono celular sobre el techo del taxi, que si el chofer que me trajo tendría la amabilidad de asomarse para ver si ahí estaba. La telefonista dijo: "¡No, pues en cualquier vuelta se pudo haber caído! Pero déjeme preguntar". Mientras rastreaba la unidad, observé una alcantarilla; le dije a mi sobrina: "A la mejor se fue por ahí". La operadora me confirmó lo que sospechaba: "El chofer ya se orilló y revisó bien y dice que usted no dejó nada".

Regresé a la fiesta arrastrando la cobija. Le di su abrazo a mi hermano. Les conté a los invitados mi desventura, cómo apenas en enero cambié mi Nokia de 200 pesos por un smarthphone, pues todo mundo me decía que sin WhatsApp no era nadie; cómo descubrí las ventajas de un teléfono-computadora al que le agarré devoción y que defendí de un asalto, tal como narré en este espacio el 23 de junio, bajo el título de "Duro de robar"; de cómo finalmente perdí el celular en un taxi el martes 17 de julio (a principio sospechaba que me lo había robado el taxista, al girarme para ver una mujer gigantesca en minifalda, pero ahora sospecho que pude haberlo dejado sobre el techo del taxi), historia consignada el 21 de julio en "El Tona que compró su Ferrari"; cómo pasé cinco días de abstinencia de teléfono en Prozac, para finalmente comprarme un Android Ferrari que estaba de oferta (al parecer, no se vendieron porque no había en color rojo), con sonidos de arrancones de coche, al que le compré un bonito estuche rojo con manitas de Mickey Mouse en blanco y negro, con un broche de imán; el susto que me llevé hace unos días, cuando al encenderlo, la pantalla no me daba opciones para poner mi clave, lo llevé a un centro Telcel, donde afortunadamente tenía vigencia la garantía, por ser nuevo; allí me entregaron un folleto con las aplicaciones que no se recomiendan bajar, porque "el equipo se pasma, se apaga, se bloquea", entre las que se encuentra la Santa Biblia Reina Valera 1960 (¿?) y yo, como pendejo, bajando cuanta madre: enfriadores, ahorradores de energía, antivirus, etc.

Pensando en el gasto de un teléfono nuevo, más la hueva de tener que volver a meterle mis contactos, se me enfrío la sopa de lima, hasta que se me ocurrió hablar nuevamente desde el teléfono de la casa, para insistir por última vez que el chofer se fijara en el hueco entre el asiento y la puerta. Una operadora me dijo: "¿Es usted el que dejó el teléfono en el techo del taxi? Ya lo encontraron, lo comunico con el chofer". Después de un rato, el señor me dijo: "Mire, nomás por no dejar me asomé al techo del vehículo y ahí estaba su teléfono, yo creo se sostuvo por el imán del estuche. Estoy en la Nápoles, yo le llamo en media hora al número de esa casa y le llevo su teléfono".

Me calenté mi sopa de lima, le puse harto habanero y me relajé. Llamó el chofer y salí por mi teléfono. El chofer no quiso aceptar toda la gratificación que le ofrecí y me dijo: "Déle gracias allá arriba".

En mi religión cabalista existe la teoría de que si pierdes algo, es porque no te pertenecía. El Señor de los Ferraris tiene deparado algo grande para mí, quizá la llamada del amor anhelado, el WahtsApp de mi nominación al Príncipe de Asturias o un mensaje diciéndome que puedo pasar a cobrar la herencia de un pariente millonario que falleció en un accidente automovilístico. Moraleja: un pequeño imán puede ser tan poderoso como la fe.

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