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Martes , 19.06.2018 / 15:25 Hoy

El gran tigre del kung-fu

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EL PEZ SOLUBLE
Jordi Soler

El monasterio de Shaolin, esa institución espiritual china que lleva mil 500 años forjando maestros de kung-fu y monjes budistas, ha tenido durante las últimas semanas una relevancia, digamos, policiaca. El monasterio es muy famoso de por sí, todos los días del año los turistas se agolpan en el patio para contemplar las katas, las acrobacias, las tremendas cabriolas que ejecutan los monjes del kung-fu. Los escándalos del abad del monasterio han salido a la luz con una fuerza, y una batería de evidencias, que invitan a pensar que son de verdad. Shi Yongxin, el abad en cuestión, tiene el mérito indiscutible de haber hecho del kung-fu y del budismo zen, dos disciplinas mundialmente esparcidas, en una larga serie de academias, por todo el mundo. Las academias son la base de su negocio y la fuente del escándalo que ha sacudido China, pues Yongxin ha hecho del ellas, y aqui viene la contraparte de su mérito indiscutible, dos marcas comerciales que puede explotar cualquiera que pague la franquicia. En pocas palabras, a los ojos de la opinión pública china, el abad Shi Yongxin ha malbaratado esas disciplinas milenarias.

Hasta aquí el conflicto pertenece al territorio de esa batalla, que se da en múltiples frentes, entre la tradición y la gestión contemporánea del negocio, entre el apego a las costumbres milenarias y su comerciliazacion a mansalva. Al leer el caso del abad Yongxin, recordé, porque fui una de sus víctimas, las franquicias que vendía el modisto francés Pierre Cardin. Cualquiera que tuviera un taller más o menos competente de costura, podía comprarse el derecho de reproducir las prendas del modisto, podía reproducir en su taller de Huamantla, por poner un ejemplo, las faldas, los sacos, las mascadas y los calcetines que el jefazo Cardin vendía en su boutique de París. El resultado de tanta generosidad, o de tan desbocada ambición, era que el modisto ni se enteraba de lo que sus representantes hacían en otros países con sus diseños. Y aquí llegamos al caso que nos interesa, al de las prendas franquiciadas de Pierre Cardin en México, que hace unos 25 años poblaban los exhibidores de las tiendas departamentales y cuya chabacana reproducción está directamente relacionada con las franquicias que vende el abad del templo de Shaolin.

Resulta que un día compre un saco de marca Pierre Cardin pero fabricado, y evidentemente rediseñado, en un taller nacional. El saco era una prenda de cuadritos, en una escala tonal que iba del amarrillo al café oscuro, que me dotaba de un conveniente aire de profesor universitario. El saco tenía la marca de Pierre Cardin, estaba autorizado por el modisto, pero no parecia un saco de Pierre Cardin; era una prenda competente de exageradas solapotas, por detrás le colgaba un desconcertante faldón y, cuando se abotonaba, la tela subía en una especie de grumo a la altura de las clavículas. No parecia un saco de Cardin pero ostentaba su marca y, sobre todo, costaba la cuarta parte del precio de las prendas auténticas. Un día, por puro azar, fui a entrevistar al modisto al Palais Bulles, la casa que le diseñó el arquitecto Antti Lovag, en un picacho a las afueras de Cannes. Como era otoño y ya refrescaba por la tarde, lleve mi saco Cardin mexicano, porque me siguen gustando sus solapotas y sus disparatados grumos, y también para ver qué opinaba el modisto de esa prenda suya. “¿Está seguro que es una prenda mía?”, preguntó cuando planteé el asunto. “Mírelo usted con sus propios ojos”, le dije mostrándole la etiqueta con su nombre. “Debe ser de los años setenta, por las solapas”, dijo, y yo ya no dije que lo habia comprado, como prenda nueva y muy de moda, en 1990.

Pues esto es precisamente lo que está pasando con las franquicias que vende el abad Shi Yongxin en Perú, en España y en Bolivia, y probablemente aquí también; academias autorizadas por el templo de Shaolin que enseñan un kung-fu, y un budismo zen muy poco canónicos. Pero más allá del purismo, y ya entrados en el territorio abiertamente policiaco, se sabe que el abad Yongxin se queda con las enormes ganancias que le han dejado las franquicias, y que además invierte esas ganancias en posesiones y en placeres impropios de un monje zen. “Si China puede importar Disneylandia, por qué no podemos exportar el monasterio de Shaolin”, pregunta, contrariado, el abad. Con la fortuna que le ha dejado el negocio este monje, que tiene voto de pobreza y castidad, se ha procurado un grupo de amantes que ya ha producido dos criaturas. Una de sus barraganas vive en Australia y está dedicada, además de a la azarosa obligación de complacer sexualmente al gran tigre del kung-fu, a reinvertir parte de la fortuna en un lujoso resort de artes marciales y golf, cuyo desarrollo está calculado en 300 millones de dólares. Además del dinero y de la cosa venérea, al monje zen también le interesan los productos Apple, las prendas con ribetes y filones dorados y los automóviles deportivos, que forman una imponente flotilla en la antigua caballeriza del monasterio.

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