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Jueves , 21.06.2018 / 21:44 Hoy

El enchufe

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR

EL PEZ SOLUBLE

Jordi Soler


Desde que los aparatos son recargables, y no de pilas, se ha establecido un inquietante parangón entre nosotros y, digamos, nuestro teléfono celular: ambos, para seguir palpitando, necesitamos que se nos recargue, el teléfono de la energía que le proporciona un cable conectado al enchufe y nosotros de esa otra energía que obtenemos de los alimentos. El parangón puede parecer un poco extraño, pero lo que no puede negarse es que cuando todos los aparatos llevaban pilas la manera de recargarse no era la misma, una vez gastadas las Rayovac, las Duracell o las Eveready, había que sustituirlas por otras nuevas, en cambio con los aparatos recargables es el mismo cuerpo el que se recarga, una y otra vez, cada vez que se vacía, precisamente como nos pasa a nosotros.

Por otra parte lo recargable nos ha dado una hiperconciencia, una obsesión quizá, sobre la cantidad de energía que le queda a los aparatos, y consecuentemente sobre la que nos queda a nosotros. Cuando queda solo el veinte por ciento el dueño del teléfono, del iPod o de la tableta entra en un proceso agudo de angustia que lo orilla a cargar con una batería extra o con el mismo cable para enchufarlo en cuanto aparezca un contacto.

Los emigrantes sirios que últimamente huyen de la guerra de su país para buscarse la vida en Europa padecen, seguramente con más razón que nadie, la angustia del teléfono con poca energía, que sería el equivalente del cuerpo con hambre: un sistema que si no se alimenta deja de funcionar, se va a negros, se desmaya por más que en el aire flote una robusta corriente de 4G. Estos emigrantes que Europa rechaza y que han protagonizado las imágenes más dramáticas de los últimos tiempos, tratan de colarse al continente, de orientarse y de buscar una zona poco vigilada en la frontera y para eso echan mano de su teléfono, dependen de él, ahí llevan los mapas de Google para caminar con tino en el bosque, y las redes sociales donde les comunican que en tal o cual punto de la frontera hay un control policiaco o, al contrario, que por ahí pueden meterse al continente porque los guardias se han ido o están dormidos. Pues estos emigrantes, que dependen de la energía de sus teléfonos, se encuentran de pronto, en medio del bosque, un cable larguísimo con una tira de contactos donde pueden enchufar sus teléfonos y rellenarlos de energía. Ese cable larguísimo lo conectan en su casa europeos compasivos, que quieren ayudar a esa pobre gente que huye de la guerra, y lo ponen en medio del bosque por donde saben que pasarán los emigrantes necesitados de ese enchufe. Con las imágenes de los emigrantes rechazados por la policía en las fronteras europeas dan ganas de decir que Europa es una mierda, pero con los cables de estos europeos compasivos lo que apetece es gritar: “¡Viva Europa!”

En muy pocos años los cables, esas tripas negras que conectan un aparato al enchufe de la pared, han pasado de ser elementos ocultos detrás de una máquina, a piezas visibles, tangibles, prestigiosas e imprescindibles de nuestra cotidianidad. Hagamos la cuenta mental del cableado que usamos: al cable que recarga la batería de la computadora, se suma el del teléfono celular, el de la cámara de fotos, el del iPod, el de la Nintendo o PSP, y a estos hay que añadir los cables que no son para recargar la batería, sino para transmitir información de, por ejemplo, el celular o la cámara de fotos a la computadora, y esas tareas de las que poco a poco va ocupándose el Bluetooth.

Basta hacer un viaje para enfrentarse a la maraña de cables que requiere un espacio cada vez más amplio en la maleta, un sitio en el cual llevar todo tipo de conectores y, si se va a un país con enchufes distintos, hay que añadir los convertidores, y dar gracias que ya los aparatos funcionan con un voltaje de rango amplio y que ya no es necesario, como se hacía en el siglo XX, llevar transformadores de corriente.

Aunque la verdad es que cuando aquellos aparatos morían por agotamiento de las pilas, nos obligaban a cobrar conciencia de su finitud, en cambio el teléfono celular, o la computadora, pueden estar vivos indefinidamente, si se conectan antes de que se termine la carga, y esto nos da una perspectiva brumosa de su estado de salud. Yo, por poner un ejemplo estrictamente personal, hace dos años que no apago mi teléfono celular (ni cuando me subo a un avión y la azafata me ordena que lo apague, porque desobedecer me parece un acto digno, oxigenante e incluso placentero). Pero esta vida eterna de los aparatos recargables es, desde luego, una ficción; llegará el día en que al teléfono y a la computadora se les estropeé la pila donde se deposita la energía y derramen ese líquido tóxico que anunciará su muerte irremediable. Además esta ficción hace sincronía con nuestro propio sistema de recargar la energía, con proteínas, minerales, vitaminas, lípidos y líquidos, todo eso que hay que consumir en lugar de conectarnos, como hacen los aparatos inteligentes, a un enchufe en la pared.

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