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Jueves , 20.09.2018 / 10:34 Hoy

El diabólico café

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En 1694 se inauguró en Leipzig la primera cafetería de la ciudad. El café era entonces un brebaje misterioso del que sospechaba toda la sociedad biempensante de Alemania. Los efectos que producía, su sabor amargo y su aspecto oscuro, lo convirtieron, en esa época, en una bebida de riesgo, pecaminosa, como el alcohol. De hecho esa primera cafetería, la Schlaffs House, fue puesta en el salón que antes ocupaba un céntrico bar.

En realidad no queda claro si la primera cafetería de Leipzig fue la Schlaffs House o su rival, la Zum Kaffeebaum, que sigue existiendo hasta la fecha. El café en esa época no solo era una bebida sospechosa, también estaba asociada con el vicio, la vida disoluta y la prostitución. Las mujeres de la ciudad tenían prohibida la entrada a las cafeterías, había un letrero en la puerta, como ese que adorna algunas cantinas mexicanas, que prohibía de manera explícita su entrada. Aunque los letreros de esas cantinas mexicanas, es necesario reconocer, tienen un espectro mucho más amplio pues además de prohibir la entrada a las mujeres, la prohíben también a los uniformados y, en algunos casos, como el que voy a contar a continuación, a los perros. En la pulquería, que desde luego no es una cantina, Los paseos de Santa Anita, hay hasta la fecha un letrero prohibitivo de amplio espectro que, según pude comprobar en mi juventud, era puro atrezzo. Los paseos de Santa Anita es una pulquería marginal, es una superviviente de aquellos modestos, pero muy exitosos negocios que había en la ciudad, cuando la moda era más bien los bares de postín. Yo me metía ahí de joven porque me gustaba el efecto cósmico que produce el pulque: medio litro bebido en el momento idóneo, nos sitúa en la periferia de la Vía Láctea y, unos minutos más tarde, la bebida nos va haciendo resbalar, por los brazos babosos y blanquísimos de la galaxia, hasta el mismo centro del sistema, que es un peligroso agujero negro. El momento de abandonar la pulquería, y los delirantes discursos que ahí tienen lugar, llega precisamente cuando a lo lejos se divisa ese peligroso vacío estelar. Pero estábamos en el letrero que prohibía la entrada a mujeres, uniformados y perros, un letrero altamente ofensivo que combatí, en su tiempo, bebiendo ahí, con mi uniforme del servicio militar y una amiga que llevaba a su perro Labrador.

Un proverbio de la época de la Schlaffs House y de la Zum Kaffeebaum dice así: “Un buen café debe estar tan caliente como los besos de una muchacha el primer día, tan dulce como su amor el tercer día y tan negro como las maldiciones de su madre cuando se entere de todo”. La asociación de la muchacha con el café, en este viejo proverbio, es la evidencia de aquel ridículo prejuicio que, como suele pasar, terminó incidiendo sobre la realidad, al aupar a un grupo social que se denominaba Caffe-Menscher (mujerzuelas de café). Estas mujeres aprovechaban el contorno, siempre difuso, que tienen ese tipo de prohibiciones, y se metían a levantar clientes, que iban naturalmente sin sus esposas, en las mesas de estos establecimientos. Las chicas se sentaban en la barra y nunca faltaba un galán que les invitaba un café doble.

Pero de esta bebida no solo estaba satanizado el sitio en el que se servía, también sus efectos estaban rodeados de prejuicios, o de auténticas invenciones, pues se decía que el café, bebido en exceso, provocaba impotencia en los hombres (lo cual se contraponía con la circulación de prostitutas dentro de las cafeterías), abortos subrepticios en las mujeres y una disminución en la atracción sexual de ambos.

La notoriedad de las cafeterías, que entonces eran más perniciosas que los bares, quedó plasmada en una cantata que escribió Johann Sebastian Bach, “Cantata del café (BWV 211)”, en 1734.

La reacción de las mujeres de Leipzig, ante las Caffe-Menscher que hacían su agosto en esos establecimientos y, sobre todo, ante la ignominiosa prohibición, fue organizar unos “círculos cafeteros” en sus propias casas, lejos del prejuicio popular, en los que conversaban, o conspiraban, mientras se ponían hasta las cejas de cafeína. En 1707 Daniel Duncan escribió un tratado con el siguiente título: “Sobre el uso indebido de comida y bebidas calientes y muy fuertes”; en sus páginas Duncan moralizaba a placer la relación del comensal con sus alimentos.

La materia prima para los “círculos cafeteros” tenían que conseguirla las mujeres de manera clandestina, por medio de una triangulación que exigía el máximo secretismo y que se asemejaba a la maniobra que hoy tendría que hacer alguien que quiera comprar opio en la Ciudad de México. También había una alarmante cancioncita infantil, que hasta la fecha se canta, que rayaba en la xenofobia y que traducida al español dice más o menos así: “No bebas demasiado café, no es para niños el turco bebedizo, debilita los nervios, pálido te deja y enfermizo. ¡No seas un musulmán pues, que no puede dejarlo ni a la de tres!”.

JORDI SOLER

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