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Martes , 23.10.2018 / 16:27 Hoy

El destino de un portero

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 EL ÁNGEL EXTERMINADOR
 Oscar Jiménez Manríquez

Hay goles, que ni el “Chorejas”, el portero del equipo llanero de mi infancia, hubiera sido capaz de permitir. Debajo del travesaño de madera, en aquellos campos de tierra, mostraba valor y lances temerarios, incluso, se ganó el honor de portar el gafete de capitán.

Todavía recuerdo cómo volaba, sin estilo y cayendo de panzazo, y hasta parecía que sus grandes orejas le ayudaban a mantenerse suspendido unos segundos más en el aire. Y era valiente al tener que salir del área para barrerse a los pies de los delanteros sin importarle arriesgar el físico. En cada atajada apretaba contra su pecho cualquier balón que pretendía mancillar su honor de guardameta infranqueable.

Yo creo que el “Chorejas”, héroe en el llano durante su niñez, si aún vive, y desde luego con una caguama de cerveza en la mano, frente a la pantalla de televisión, no habrá podido creer que en una final de Champions, sucedan goles tan extraños e inusuales como los que vimos que le ocurrieron a Loris Karius, portero del Liverpool.

Pero quienes han ejercido de cancerberos en estadios profesionales o campos llaneros, saben que la posición es ingrata y tiene algo de masoquismo. No sólo deben evitar un gol como sea, atajando el esférico con el rostro o volando de un poste a otro sin importar el ramalazo contra el césped, también pueden pasar en segundos de héroes a villanos.

En la escuela primaria, el puesto de guardameta siempre estuvo destinado para aquellos chicos que sin demasiado talento para patear la pelota, se mostraban ansiosos de formar parte del equipo.

Recuerdo, por ejemplo, a un compañero, el más rechoncho y bajito de la clase, al que sólo le permitían jugar los otros chicos siempre y cuando se pusiera de portero. En pleno recreo, entre dos suéteres rojos tirados en el piso que fungían de postes imaginarios, recibía goles por racimos y era feliz como nunca.

Probablemente, así comenzaron muchos guardametas que ahora son profesionales. Ignoraban que en algún momento crucial de sus carreras, alguna torpeza con los pies, un “calcetinazo”, un súbito resbalón o acaso unas manos de plastilina los colocarían en la lista de los grandes villanos.

El guardameta apestado

Antes de fallecer a los 79 años, Moacir Barbosa, el portero brasileño que murió dos veces, con esa mirada cariñosa como la de aquellos abuelos que enseñan a sus nietos por primera ocasión a pedalear una bicicleta, lo advirtió: “La condena del Maracaná se paga hasta morir”.

Moacir, el guardameta de tez negra de la selección brasileña que perdió la final contra Uruguay en el Mundial de 1950, al que toda una nación culpó del segundo gol anotado por el equipo charrúa, el de Ghiggia, nunca encontró un empleo digno luego de retirarse del futbol, y había compatriotas que al reconocerlo en la calle se cambiaban de acera con tal de no pasar junto a él.

En youtube es posible escuchar una canción en portugués con ritmo de bossa nova que dice así: “La condena del Maracaná se paga hasta morir”. Barbosa, flaquito y elástico, de lances felinos, sonrisa fácil, siempre estuvo consciente que la vida le cambió después de aquel 16 de julio de 1950.

En tierras donde el balompié es casi como una religión, donde el majestuoso estadio Maracaná se construyó en tiempo récord gracias al trabajo de más de mil 500 albañiles que trabajaron a doble jornada, no le perdonaron a Moacir recibir un gol a nueve minutos de concluir el partido.

Aquel trágico día, un silencio sepulcral inundó el Maracaná y millones de brasileños se sintieron derrotados. “Sólo seré absuelto por la justicia divina, porque por los hombres siempre será un condenado”; llegó a decir Barbosa, con cierta resignación. Ahora mismo, en algún lugar donde se encuentre, ya sabrá si fue perdonado.

El portero libero

Nadie sabe hasta dónde podría haber llegado la selección de Colombia si René Higuita no pierde el balón ante Roger Milla en la prórroga frente a Camerún.

El portero René Higuita siempre fue un espectáculo por jugar al borde del peligro. Con frecuencia, con ese mismo semblante de quien sale por las tardes al pan para comprarse su merengue preferido, conducía la pelota más allá del manchón penal para eludir delanteros rivales.

Extravagante, atrevido, audaz, poco convencional, Higuita interpretó su trabajo como esos profesionales que caminan sobre la cuerda floja, cortando el aliento de los aficionados, hasta que un día resbaló.

En el Mundial de Italia 90, en la ciudad de Nápoles, cuando la selección colombiana buscaba su pase a los cuartos de final, Higuita quiso hacerle la faena a Roger Milla, viejo lobo de mar, pero el experimentado delantero jamás se tragó la finta, le robó el esférico y se dirigió a una portería que estaba ya sin vigilante. Un gol que quizás le cerró las puertas en el futbol europeo al portero sudamericano.

A Higuita, el de los espectaculares escorpiones a la sombra del travesaño, el integrante de una de las mejores generaciones del balompié colombiano, lo siguen recordando por esa calamidad que cometió en una Copa del Mundo. “Es un error que cualquiera le pudo haber sucedido”, ha dicho el portero que jugaba como un último defensa.

 Manos de mantequilla

En las redes sociales hicieron escarnio de su actuación en la final contra el Real Madrid, y lo colocaron por sus inolvidables errores como un refuerzo ideal para el Cruz Azul de la siguiente temporada.

Nunca se conocerá a ciencia cierta lo que pasó con Loris Karius, un portero alemán con la pinta de modelo de Armani y tatuajes en el pecho, que regaló dos goles al equipo merengue.

En el primer error quiso pasarle con la mano el balón a un compañero, entrega prácticamente de rutina, pero nunca imaginó que el francés Karim Benzema, que le hablaba casi al oído, con sólo estirar la pierna le arrebataría la pelota. Un gol inesperado que abrió la puerta de la victoria al Madrid.

Y en la segunda torpeza, quizá víctima de los pensamientos negativos que asaltaban su mente, a un largo disparo de Gareth Bale, que no llevaba ninguna carga de veneno e iba directamente al cuerpo, lo intentó atajar con sus grandes guantes de plastilina. Y el balón cruzó la línea de meta.

Loris Karius se inspiró en otro compatriota, Sven Ulreich, que unas semanas antes en la semifinal del Bayern Munich contra el Real Madrid, en el estadio Bernabéu, tuvo un resbalón cuando un compañero le regresó el balón, dudó al no poder agarrarlo con las manos. Ni lo pateó ni nada. La pelota entró dócil y en cámara lenta a la portería.

Curioso caso el de Karius y Ulreich, antítesis de los porteros alemanes, siempre fríos y poderosos, como lo fueron en su momento Sepp Maier, Harald Schumacher  y Oliver Kahn.

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