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Domingo , 19.08.2018 / 15:14 Hoy

El anti-jazz de Ornette Coleman

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Hugo Garcia Michel


Jazzista avant-garde por excelencia, abanderado del free jazz, el revolucionario saxofonista texano dejó un legado de la mejor música: aquella que resquebraja esquemas y crea nuevos lenguajes.


Hasta hace no mucho tiempo, digamos a fines del siglo pasado, cuando se hablaba de los grandes genios del jazz, los nombres que primero acudían a la mente de los expertos y de los aficionados al género eran básicamente los de John Coltrane, Louis Armstrong, Miles Davis, Charlie Parker, Count Bassie, Duke Ellington, Thelonius Monk y Ornette Coleman. Sin embargo, durante los últimos años, el gran impulsor del free jazz fue paulatinamente olvidado e incluso desaparecido de tan honrosa lista. Las causas son difíciles de dilucidar. Tal vez el tiempo ha hecho que los puristas y los tradicionalistas, quienes nunca aceptaron su revolucionaria propuesta y hasta la llamaron anti-jazz, se hayan salido con la suya y de algún modo lo borraran del panorama de lo que ellos consideran “el gran jazz”.

Ahora que se ha cumplido un año de la muerte de Coleman (falleció en junio de 2015, a los 85 años de edad), es quizá la oportunidad de reivindicar al enorme saxofonista que fue y devolverle su sitial entre los más grandes intérpretes y compositores de esta música, un sitial que jamás debió perder… si es que en realidad lo perdió.

Randolph Denard Ornette Coleman, nacido en Fort Worth, Texas, el 9 de marzo de 1930, fue siempre un inconforme, un rebelde, un músico contestatario que buscó salir de la ortodoxia y crear su propio estilo, libre, abierto, ajeno a cualquier esquema. Con su sax alto como arma implacable y poderosa, consiguió revolucionar al mundo del jazz de finales de los años cincuenta y principios de los sesenta, al alejarse no solo de los tradicionales standards del American Song Book, sino al prescindir de muchos sobreentendidos rutinarios del género —como partir de un tema previamente escrito para ir dando lugar a los solos instrumentales— y fundir en cambio al todo instrumental sin una base rítmica y armónica rígida, a fin de dar como resultado una libertad absoluta a los músicos, así esto significara la asonancia y la estridencia que para muchos resultó escandalosa e insoportable en sus finos oídos, acostumbrados a las melodías reconocibles y a los convencionalismos musicales. Era el free jazz: ruido para sus prejuiciosos tímpanos.

Coleman fue un hombre de su época, un músico que entendió a la perfección los cambios que empezaban a darse no solo en la música sino en el arte, la cultura y aun en la vida cotidiana de la gente. Comprendió o al menos percibió que los aires de ruptura y transformación eran inminentes y no solo se sumó a ellos, sino que los encabezó a su manera, por medio de sus ideas, sus propuestas y sus composiciones.

Filarmónico de vanguardia por excelencia, fue más radical incluso que los propios Coltrane y Miles, lo cual ya es mucho decir. Al lado del trompetista Don Cherry, quien por muchos años fue algo así como su fiel escudero, Ornette consiguió hacer que el jazz resquebrajara lo establecido e hiciera trizas todas las cuadraturas.

“Nunca entendí por qué si el piano tocaba en clave de do, el saxo debía estar en clave de la. Eso no cabía en mi cabeza cuando empecé en la música. De ahí surgió mi idea de que cada músico pudiera tocar en la tonalidad que se le antojara. En mis bandas no me importaba que los músicos tocaran en la clave que quisieran, lo que me importaba es que tocaran conmigo. No quería que me siguieran, quería que se siguieran a sí mismos”, decía Coleman en alguna entrevista.

Esta heterodoxia lo llevó a extremos tan arriesgados como delirantes, hasta crear un nuevo lenguaje dentro del jazz, un lenguaje antitético y provocador. Que lo llamaran anti-jazz no era algo que le molestara, todo lo contrario. Su vocación era la de un apóstata.

Muchos discos grabó a lo largo de su carrera, pero pocas dudas hay de que su álbum fundamental y el que encierra todo su espíritu herético y heterodoxo es el extraordinario The Shape of Jazz to Come de 1959, editado por Atlantic Records, y que ya desde su mismo título posee una arrogancia desafiante, como si el músico se encontrara seguro de estar estableciendo las bases de lo que sería el jazz en el futuro, un jazz libre de protocolos y ataduras. En ese trabajo se encuentra el Ornette Coleman en estado puro, a sus escasos y vigorosos 29 años, al lado de Don Cherry y de esa gran sección rítmica conformada por Charlie Haden en el bajo y Billy Higgins en la batería. Temas como “Lonely Woman”, “Peace”, “Focus on Sanity” o “Congeniality” muestran lo que habría de ser el free jazz que seguirían músicos como Eric Dolphy, Pharoah Sanders, David Murray y Sun Ra.

Ornette Coleman, el hombre que reescribió el jazz, el innovador, el revolucionario, el nihilista, falleció en Manhattan, ya octogenario, de un paro cardiaco. Su sax alto queda para la posteridad en varias decenas de álbumes y otro tipo de grabaciones. En cuanto a su legado, instrumentistas actuales como John Zorn y otros lo tienen más que absorbido. Afortunadamente.

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