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Viernes , 19.10.2018 / 08:32 Hoy

Duro de robar

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EN EL TONO DE TONA
Rafael Tonatiuh


"La cuestión no es matar o morir,
sino matar o ser irrelevante".
Bruce Willis

Yo estaba a todo dar con mi humilde teléfono Nokia de 200 pesos. Pensaban que lo tenía por tacaño, y aunque realmente soy un tacaño extremo, no lo tenía por eso, sino porque me servía para lo básico: hacer y recibir llamadas y mensajes. Lo demás son cosas de adolescentes o adolescentes tardíos: juegos con muñequitos, bajar música y tomarse selfies.

Muchas personas me decían: "Compra un teléfono de mejor calidad, para que tengas WhatsApp." "¿Para qué rayos me sirve un WahtsApp?" "Para que no te cobren los mensajes"; pero por encima de lo tacaño soy comodino extremo, comprar un teléfono para ahorrarme tres pesos de mensajes me parecía una exageración; no comparo precios ni soy capaz de desplazarme hasta la Comercial Mexicana porque allí el kilo de manzana está tres pesos más barato que en el súper de la esquina. Yo compro el kilo de manzana a lo que cueste en el primer puesto que me tope. No soy experto en finanzas ni en manzanas. No me gusta perder mi tiempo en cuestiones de economía doméstica, yo necesito mi tiempo para perderlo en cosas más frívolas y divertidas.

A principios de año constaté que la mayor parte de la gente se comunica por WahtsApp, pues mis amigos sabían cosas secretas y privadas que yo desconocía por carecer del medio de comunicación de moda. Animado por el aguinaldo, compré un smartphone en una tienda telefónica. El amable empleado que me atendió me vendió el modelo que seguramente nadie compra, pues comparándolo con el resto de los que he visto, me vendieron un ladrillo gigantesco que con dificultad cabe en los bolsillos. El gentil empleado me hizo una demostración de las funciones del teléfono y me dejó impresionado (normalmente, una pantalla de buena definición con colores ácidos suele dejarme boquiabierto) y lo compré (aunque es más complicado que mi viejo Nokia). Entendí por qué son tan caros. En realidad no compras un teléfono, sino una computadora, muy útil para escribir, mandar textos, buscar información en Wikipedia y conectarte a las redes sociales; lo único malo es que como es touch, al menor roce hace cosas por su cuenta: realiza llamadas que no quiero hacer, se prenden videos de Arjona y solita toma películas comprometedoras (yo, presumiéndole a la gente que ya dejé de chupar y de pronto salen videos mostrando caballitos de tequila sobre la mesa de una cantina).

Reconozco que el WhatsApp me ha sido de gran utilidad (incluso con la señora de la limpieza me resulta más fácil comunicarme con ella para cambiar citas o comprar más Pino y me facilita la economía doméstica. Gracias WhatsApp), pero el teléfono inteligente se ha vuelto en el objeto más cotizado por los ladrones, por encima de las bolsas y las carteras. Principalmente porque la gente lo usa para farolear, si no anda con él hablando en la calle, lo guarda en un lugar ostentoso o lo pone sobre la mesa de la terraza donde toma el brunch.

Yo procuro guardarlo en el bolsillo de adelante (aunque sobresalga un poco, lo tengo a la vista, no como algunas personas que lo guardan en el bolsillo de atrás, con el implícito letrero: "Róbame").

Saliendo de la estación Juárez del Metro, un chavo de camiseta roja pasó junto a mí y alcancé a ver que ya traía mi teléfono en la mano. Instintivamente lo agarré del cuello de la camiseta y le dije: "¡Quihúbule, éste es mi teléfono!", el chavo, con una mueca de encabronamiento trató de soltarse y, mientras continuábamos caminando, lo solté y dirigí ambas manos al teléfono, pero el chavo se aferraba a él, como si fuera suyo y guardara en él fotografías comprometedoras con Abarca, Donald Trump y Salinas. Se me zafó y volví a agarrarlo del cuello de la camiseta (lo cual habla de mi buen corazón, pues pude haberlo agarrado de los pelos, de una chichi, de los destos o aplicarle una llave de judo, deporte del que tengo un trofeo de tercer lugar de un campeonato panamericano).

Unos comensales de las taquerías que están en la esquina de Morelos y Balderas le cerraron el paso, taco de arroz con huevo y salsa roja en mano; así pude registrar al chavo, pero no hallé nada. Una señora se acercó y me devolvió el teléfono: "Lo aventó por ahí", aclaró. Mientras el ratero se alejaba, un señor que devoraba un taco de riñones con arroz le dio una patada en las nachas. Antes de irme, los comensales me aconsejaron que tomara otro camino, pero en realidad iba ahí enfrente.

Minutos después, ya en MILENIO, me di cuenta de que tenía hinchado y morado el dedo anular (no el de anular votos), fracturado quizás durante el forcejeo por mi smartphone, justo en la misma mano que alguna vez me fracturara cruzando la calle, medio persa, haciendo eses desde El Negresco. Aquella vez tuve que meter la mano en una cubeta con hielos para que se desinflamara y me dejara de doler. Dicen que la mano tiene un montón de huesos, yo estoy seguro de que tengo más de dos mil 346 fracturados.

En eso Bruce Willis y yo nos parecemos: los villanos le fracturan dos costillas, él se escapa, al despertar desayuna un trago de whisky y continúa su lucha contra los asaltantes; igual que yo. Solo que Bruce Willis no acude al doctor porque es un tipo duro, yo porque soy tacaño y comodino extremo, y no pienso pararme temprano para hacer una cita y perder mi tiempo en la sala de espera de un médico, cuando necesito mi tiempo para dormir y soñar que era un rey.

PD: El primero de julio toca mi cuate el Dr. Fanatik en el Foro del Tejedor, musicalizando Nosferatu. Caíganle, se va a poner bien chipocles. Besitos.

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