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Dios existe

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He repetido hasta el hartazgo que en Culiacán viven las mujeres más hermosas del mundo. Hasta una mesera y aun las mujeres policía podrían ser Señorita México sin complicaciones. Y conste que he conocido gringas, alemanas, holandesas, israelíes, colombianas, venezolanas, costarricenses; y no desdeño los atributos de las mazatlecas, las mochitecas y de las sonorenses. Pero Culiacán sigue siendo la Catedral de la Belleza Femenina. O eso pensaba hasta que descubrí la sucursal del paraíso: Ciudad Cuauhtémoc, Chihuahua.

Llamada originalmente San Antonio de Arenales, Ciudad Cuauhtémoc está a hora y media por carretera hacia el poniente de Chihuahua, la capital del estado. No se parece a ninguna de las ciudades chihuahuenses que conocía: es joven, moderna y, sobre todo, es un alucine por tantísimas mujeres bellas o, más que eso: parecen no existir de tan bonitas o uno —forastero al fin y al cabo— cree que delira, que algo se descompuso en el interior, en el corazón o en el cerebro o en ambos.

Fui a Cuauhtémoc (así le dicen los locales) a dar una charla literaria y a impartir un taller relámpago de crónica literaria. Me recibieron mis viejos amigos Raúl Manríquez y José Luis Domínguez, escritores oriundos que deberían conocerse en todas partes.

En la ciudad me desconcerté, pues esperaba toparme con una población rabona y polvorienta. ¡Qué va! Es linda, ordenada y moderna: hay de todo y para todos. Ya en el centro, y aún a bordo de la camioneta de Raúl, exclamé: “¡Dios existe!”. Mi amigo preguntó, intrigado, el porqué de mi exclamación, y respondí, apuntando con el índice hacia unas chicas que caminaban por la acera: “¿Qué no ves? Ellas son pruebas irrefutables de la existencia de Dios, solo Él pudo concebir tales maravillas”. Agregué: “Y allá están otras pruebas de su poder infinito, de su sabiduría, de su mano de artista. Y allá, y más allá”. Mis anfitriones estuvieron de acuerdo.

Por la noche, en la charla sobre literatura que tuve con más de cien asistentes, Manríquez, al presentarme, contó lo de mi aseveración respecto a que Dios existe y expuso mis razones: me gané el aplauso rotundo del público y luego, en el coctel, brindaban conmigo diciendo: “Sí, Dios existe”. Una señora me dijo, en corto: “Me has convencido, a mí, que soy atea: Dios existe”. Los días subsecuentes me dediqué a comprobar mi sentencia.

Hacia cualquier punto cardinal que miraba encontraba mujeres arrebatadamente lindas, parecen esculpidas, sus rostros invocan la divinidad y sus cuerpos provocan que los demonios se sacudan.

Más tarde fuimos a una lectura de poesía de los jóvenes que asisten a tres diferentes talleres literarios que hay en la ciudad. Al llegar, todo mundo me saludaba, diciendo: “Dios existe”. Hasta el presidente municipal, al saludarnos, sabía que era yo el autor de la sentencia que los cuauhtemenses adoptaron como suya. Como la lectura de versos se efectuó en una carpa instalada al aire libre, en la plácida Plaza central, ignoré los versos y me dediqué a contemplar a las chicas que pasaban (paseaban) por racimos, desmesuradamente hermosas. Una de las poetas, Ana, bella como tenía que ser, me colocó sin previo aviso una pulsera, en agradecimiento por saber reconocer verdades del tamaño del cielo, y prometió que ella sería mi ángel de la guarda en mis próximas visitas a su ciudad magnífica.

Debo admitir que mi viaje a Ciudad Cuauhtémoc se dio en condiciones poco favorables, pues tenía yo problemas para caminar por un dolor enorme de mi pierna derecha, al grado que mis amigos debían auxiliarme para caminar, para subir escaleras o a la camioneta. Desmejorado, pálido, insomne, pude no obstante darme cuenta del asombro de la belleza femenina cuauhtemense y de la calidez y buen trato de los habitantes. A causa del poco apetito que mi enfermedad provocó, me perdí de la comida sensacional de la región, sobre todo sus célebres cortes de carne. Pero ya volveré.

Mientras miraba a las hembras impresionantes, recordé que durante muchos años mis visitas mensuales a Culiacán, como coordinador de un taller literario, me salvaban de todos los infiernos: la abundancia de mujeres magistrales me convenció de la existencia de Dios. Con mis amigos, salíamos a las calles y al ver a las lindas culichis nos poníamos a aplaudir como dementes (una sentencia culiacanense reza: “Buena pierna, mucha nalga, poca chichi: culichi”). “Sí, hay que aplaudir tanta belleza”, dijo alguien en los primeros días. “No seas pendejo”, lo ilustramos, “aplaudimos al Creador por hacer tanta maravilla”. Y aplaudíamos frenéticos, rabiosos, sobre todo en la céntrica avenida Álvaro Obregón a la hora que las ninfetas salen de la escuela y las empleadas dejan sus tiendas y oficinas. Y me dije que ya no me importa que mis amigos culichis (Élmer Mendoza, Juan Esmerio Navarro, César Ibarra, etcétera) no me inviten a su ciudad, porque ya tengo una sucursal del cielo a donde ir: Ciudad Cuauhtémoc.

Sí, me cae que Dios existe.

Ignacio Trejo Fuentes

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