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Me lo dijo un hombre pajarito

Birdman
(Apache Pirata)

PEPE EL TORO ES INOCENTE
Jairo Calixto Albarrán


Un hombre se levanta, temprano en la mañana, se quita la camisa y alucina en la ventana. Es Michael Keaton que resucita su carrera cinematográfica en calidad de pájaro madrugador que vive a plenitud su decadencia. González Iñárritu quiso ser para él, antigua gloria de Hollywood, actor fetiche de Tim Burton (Beetlejuice, Batman), lo que Tarantino fue para John Travolta que ya estaba en las últimas haciendo películas del tipo Mira quién habla. La diferencia es que para resucitarlo, Quentin no puso a Travolta a bailar sino lo convirtió en Vincent Vega en Pulp Fiction, en cambio El Negro, como le dicen los igualados, puso a Keaton a confrontarse con su pasado como aclamado intérprete de súper héroes; sólo que en vez de colocar a Batman como alter ego y amigo secreto en Birdman, le puso de guardaespaldas emocional al hombre pajarraco que lo hiciera famoso y al mismo tiempo lo arrojara al vacío existencial que habita con una familia disfuncional, una carrera cuatrapeada y un destino incierto.  

Para una generación, a la que pertenece el director, no queda claro si Birdman es un guiño al viejo héroe de las caricaturas de la factoría Hanna-Barbera que trabajaba para una organización encabezada por un tuerto con el nombre clave de Halcón 7, que luego fuera recuperado por Cartoon Network/AdultSwim para su propio Late Night Show llamado Harvey Birdman, abogado.

Es interesante que esta emisión tratara sobre un ex súper héroe decadente, tristemente devenido en abogado que atiende los casos de otros personajes de caricatura con problemas demasiado mundanos como Shaggy y Scooby Doo atrapados en el consumo de drogas, temas sexuales y de infidelidad de Penélope Glamour con Pierre Nodoyuna y su perro Patán.

Algo que parece haber inspirado a González Iñárritu para llevar a Michael Keaton, ya prácticamente olvidado, a interpretar a un actor extraviado en Broadway como dueño de un oficio pero no de su alma. Ahí perdido en el laberinto de sus arrebatos histriónicos, del extravío de una familia como la suya que está más dañada que el Titanic; metido hasta las chanclas en una obra de Raymond Carver que no puede ser más desconsoladora, sórdida y punzante que el resto de las piezas rudas de su autoría donde la felicidad suele ser un elemento siempre sospechoso.

Con todo y todo, González Iñárritu se sirve de Carver para descubrir algo que no le es nada familiar: el humor ácido. Un adicto al tragedión bíblico como él, al fin permite que en una de sus películas circule el aire fresco de la ironía, mucho más de los malabares estilísticos que acostumbra. En Birdman es tal la pandilla de perdedores que a sabiendas se deslizan en la historia, que el director no podía sino reírse un poco de ellos más allá de la terapia y la empatía. Son seres derrotados, destruidos, mal paridos y hasta sórdidos, pero capaces de moldear finas ironías y hasta ejercicios de pastelazo involuntario.

Por eso tenemos a Keaton que, instalado incómodamente en su propio infierno y con el ego destruido, perseguido por su alter ego y la fantasía de monstruos y heroicas batallas,  se queda en calzones a las afueras del teatro y tiene que caminar a toda prisa por Times Square ante la mirada en principio aburrida de los paseantes que están acostumbrados a ver toda clase de freaks en la zona, misma que se va haciendo más animada conforme descubren que el encuerado es Birdman sin disfraz ni dignidad. Por supuesto, en pocos minutos los videos de aquel estropicio son trepados a las redes sociales, ese gran inquisidor.

Birdman, provista de la fotografía impecable del Chivo Lubezki cuyos ejercicios de estilo alcanzan ya los niveles de una cámara obsesa y metiche, generadora de delirios de persecución tiene un gran valor por su final que no es tipo Scooby Doo como acostumbra el director, sino un final tipo Birdy. Sí, aquel filme hoy olvidado de Alan Parker donde Mathew Modine, al ritmo de Peter Gabriel, se transforma en pajarillo pecho amarillo luego de su paso traumático por Vietmam. El gran momento es cuando tratando de escapar del psiquiátrico donde está recluido, parece que se avienta al vacío creyendo que en efecto tiene alas. Su amigo, Nicholas Cage, aterrado le grita “¡Biiiiirrrrrdyyyy!” Al asomarse, ve que Birdy está sano y salvo en una saliente, contestándole con toda tranquilidad “¿Qué?”

Lo de Birdie es más o menos lo mismo, pero no es igual porque incluye una imagen de Ema Stone mirando volar una parvada por los cielos.

Robert Crumb por Robert Crumb

¿Quién diantres es Robert Crumb?, ha sido la pregunta recurrente para la fanaticada que ha seguido con devoción el trabajo gráfico de este rebelde si pausa. Quizá Robert Crumb sea acaso el más acucioso médico forense que haya podido tener esa Gringolandia que no produce mitologías, sino reflejos condicionados de perro de Pavlov.

¿Y quién diantres es Robert Crumb? Es lo que él mismo responde en el inenarrable libro: R. Crumb, entrevistas y cómics (Gallo Nero, 2014).

Como poeta, pintor, músico, frenético, frenáptero, obseso sexual, proveniente de una familia disfuncional compuesta por verdadero maniaco depresivos, Robert Crumb es, quizá, el más representativo de los creadores del cómic más indigesto, provocador, hiperviolento, alucinante y crítico para las buenas conciencias.

Robert habla de su tragedia social, su total desconección de los valores convencionales y su incursión en un tipo de creación plástica ácida y punzocortante, que no se traduce a los idiomas de la desesperación y del hartazgo como pudiera pensarse. Al contrario; como sucediera con Bukowski, Robert Crumb hizo de su etiqueta —Born to lose—, una forma de vida poblada de excesos, dotada de una rabiosa lucidez e hiperrealismo descompuesto.

Por eso Crumb estaba en el centro del debate. Si Bukowski, ese Henry Miller del arrabal, conocía los paraísos artificiales a través del alcohol, Crumb se forjó su propia parafernalia promovido por sus experiencias con el LSD, la exploración espiritual y las tentaciones ideológicas open mind al que muchos se subieron en la década de los sesenta y los setenta. Así forjó su prestigio como promotor de la sexualidad perversa, hiperfálica y glotona, y como antihéroe amotinado del american dream. A través de las entrevistas, Crumb construye un retrato  biográfico de Robert Crumb  siempre injertado en el basilisco que siempre ha sido: lúcido, provocador, cachondo, disperso, agudo, absurdo, obtuso, desenfrenado y loco.

 La última de Crumb, refugiado en la Riviera francesa, fue solidarizarse con Charlie Hebdo con un cartón donde muestra, desde una falsa vergüenza de “monero cobarde”, las nalgas peludas del profeta.

Terry Bradshaw

No sé si Tom Brady supere en el Superbowl las marcas de Terry Bradshaw, el mítico mariscal de los Acereros de Pittsburgh. Espero que no. Si así fuera, no importa porque lo de Bradshaw fue venir desde atrás, puros riñones, gestas apoteósicas, sacrificios supremos, cultura del esfuerzo y tragedia superadas en el último lanzamiento, la corrida impensable, la desolación de la trinchera, la heroicidad suprema.

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