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Más sabe el diablo por viejo... Una noche con The Residents

La oscuridad y el misterio han sido sus mejores armas contra la sobreexposición de otras figuras mediáticas.
La oscuridad y el misterio han sido sus mejores armas contra la sobreexposición de otras figuras mediáticas. (Especial)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

Miriam Canales

@miricaiba


Para el Dr. G y sus álter ego


Han transcurrido más de 40 años de su debut y el misterio de la identidad de estos músicos bajo sus máscaras aún prevalece. El Teatro Hackney Empire de Londres los alojó para presentar su disco Shadowland, en la víspera del día de San Valentín.

“Esa música que escuchas es aburrida”, me dijo un niño de siete años al encontrarme sintonizando por Spotify su último disco, días previos al concierto. Cerré el programa y él prefirió mostrarme sus videos favoritos de un pequeño engendro novato llamado Matty B. Contrastes de la vida. Tres noches más tarde, formada en una fila de un teatro clásico de music hall londinense, donde alguna vez actuaron por igual Charlie Chaplin, Stan Laurel o WC Fields, con temperaturas heladas y el ambiente del 14 de febrero pululando por doquier, tendría la oportunidad de presenciar a The Residents en una fecha muy “romántica” pero a su estilo. Olvídense de las baladas de amor, esto sí es meloso.

Para el otrora cuarteto de San Francisco quedó atrás su imagen de fracs y bastón con sombrero de copa y cabezas en forma de ojo. Ahora emergen en escena disfrazados de ancianos, demonios y calaveras, rindiendo pleitesía a la muerte dentro de su trilogía conformada por los episodios musicales Talking Light, Wonder of Weird y Shadowland, en el marco de su cuadragésimo aniversario como banda.

Tres es un recurrido en el arte occidental, desde Dante y su Divina Comedia o “El jardín de las delicias” de El Bosco, y desde 1988, esta banda ha agregado su aportación al tema con su disco God in Three Persons, con su particular visión sobre la divinidad, la vida y la maldad. Y tres es el número que conforma su periplo, en el que abordan la muerte, el sexo y el nacimiento de manera invertida. Tres son los miembros que permanecen: Randy en las vocales, Bob en la guitarra y el tecladista, al que aún se refieren como Chuck, “aunque él ya está retirado”, aclara Randy a la audiencia. Ahora es sustituido por un nuevo integrante que se hace llamar Rico, según el libro biográfico Five Decades of The Residents, de Ian Shirley.

En esta nueva “tierra de sombras” la aventura nocturna comienza con “Rabbit Habit”, de un disco que no sirve para hacer feliz a quien lo escuche, acompañado de riffs de guitarra estridentes y la voz rasposa de Randy, que cuenta historias oscuras a través de sus canciones, enfundando con una careta de anciano, zapatos de payaso y una tanga de la que brotaba una cola de diablo imitando el arte vodevil. La experiencia y la vejez simultáneas son evidentes bajo la indumentaria, aunque sus movimientos son agiles para este cantante de nombre y edad desconocidos, pero que podría llegar a los setenta años. Diablo, clown o freak, Randy no tiene reparo en seguir explayando su circo a una generación millenial.

La oscuridad y el misterio han sido sus mejores armas contra la sobreexposición de otras figuras mediáticas. Los asistentes, mayores de 35 años, lo pueden constatar, desde hombres y mujeres por igual hasta un grupo despistado de jóvenes hipsters con acento español, cuyo vestuario trendy era más cuestionable que el de Randy mismo.

Presenciar un concierto actual de The Residents es sumergirse entre la dualidad del miedo que representa la muerte y la burla que también se incluye. La gracia y la risa, muy a su estilo, son parte del espectáculo, semejante a una atmósfera de Día de Muertos. Para saciar mi curiosidad sobre si conocían algo de esta celebración mexicana, envié esta pregunta a su cuenta de Twitter. No fue respondida a tiempo.

Con el paso de los años, su mayor secreto nunca será revelado y The Residents seguirán cantando canciones lóbregas como “Is He Really Bringing Roses?”, “Herman The Human Mole” y “Judas Saves”, bajo nuevas facetas. Su identidad quedará escondida como uno de los más grandes enigmas de la cultura pop, al igual que la de los luchadores. Entre calaveras y diablitos, el Hackney Empire, el mejor teatro de Londres según el diario The Guardian, había cumplido en acogerlos para permitirles desbordar su umbría, y darle paso los días posteriores a otro espectáculo para niños sobre Peppa Pig, según vi en uno de los carteles de la marquesina. De nuevo, el poder infantil se impuso.

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