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Lo desechable

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

 

EL PEZ SOLUBLE

Jordi Soler


Hace unos años eran muy deseables los productos desechables, que hoy todavía existen pero, por ser altamente antiecológicos, empiezan a ser políticamente incorrectos. En algún momento, hace medio siglo, existía la ropa desechable, que eran unas prendas coloridas que aguantaban una puesta, y también había, si no es que las sigue habiendo, las bragas comestibles que eran desechables por definición.

Entre los objetos desechables había cámaras de fotos y bolígrafos, como los Bic, que en cuanto se quedan sin tinta hay que echarlos a la basura, o despojarlos del cartucho y de las tapas y reciclarlo en una cerbatana que ya no es propiamente desechable.

Quizá los objetos desechables más escandalosos, desde el punto de vista ecológico, claro, sean las botellas de plástico en las que se vende el agua y los pañales desechables de bebé, que están fabricados con una mezcla de plástico, no solo no biodegradable sino indestructible, que seguirá intacta cuando nuestros nietos tengan nietos.

El plástico de las botellas es de la misma resistencia que el de los pañales, sobrevivirá a los nietos de nuestros nietos y, mientras marca esa asombrosa nota de supervivencia, le ha dado, a ese plástico, por formar una isla, del tamaño de un país, a mitad del océano, ahí donde se hace un nudo entre dos o tres corrientes marinas.

Este no es un artículo ecologista, ni pretende crear conciencia sobre el daño que le estamos haciendo al planeta, para eso ya tenemos a Al Gore y a Leonardo DiCaprio, lo que pretende es llegar a una interesante prohibición que va a poner en funcionamiento la alcaldía de  Hamburgo, la segunda ciudad de Alemania.

Dicho esto sigo con las botellas de plástico en las que nos venden el agua, que son una anomalía que se ha instalado en nuestras vidas como si se tratara de una cosa normal. Hace unos años parecía disparatado que un listo embotellara el agua, que cualquiera podía obtener abriendo la llave, y nos la vendiera. En 1970, digamos, esto sonaba tan disparatado como que alguien nos vendiera una bolsa llena de aire. Sin embargo hoy todos hemos caído en el juego de las botellitas, que no tiene que ver, por ejemplo, con que en el DF el agua de la llave no sea potable, porque en Barcelona, por poner otro ejemplo, el agua de la llave es potable y las botellitas tienen el mismo éxito.

Hace dos años corrió la información, o el bulo, de que el plástico de esas botellitas, recalentado por el sol, exudaba un elemento cancerígeno que contaminaba el agua. Otro listo comenzó a vender en Estados Unidos una línea de botellas fabricadas con un plástico que, por más que le diera el sol, no exudaba ese elemento. Resulta sintomático que el inventor de las botellas de plástico anticancerígeno, hizo su producto de otro plástico que también va a sobrevivir a los nietos de nuestros nietos. Sintomático ¿de qué? Pues de que ya hemos perdido el oremus y a nadie le parece raro que nos cobren un envase con ese mismo agua que bebíamos del grifo hace veinte años, o del manantial hace ciento cincuenta.

En los manantiales que hay en las montañas de los Pirineos, y en los Alpes, de donde viene el agua Evian, los ayuntamientos franceses exigen que a una parte de ese manantial que explota una marca tenga acceso la comarca que lo rodea, para que los vecinos que así lo deseen llenen botellas y cubetas de ese mismo agua que se vende en el supermercado.

El ayuntamiento de Hamburgo ha puesto el dedo en la llaga: ¿por qué un acto cristalino como es el beber agua tiene el pernicioso efecto secundario de esas toneladas de plástico indestructible? Como respuesta a esta pregunta la autoridad ha desterrado las botellitas de sus dependencias, ha puesto a circular agua potable y fría por las cañerías que desembocan en unas fuentes localizadas en varios puntos de la ciudad, para que los trabajadores del Ayuntamiento, y los ciudadanos que así lo deseen, puedan rellenar sus jarras. Esta medida que, de momento, es para las instalaciones municipales, pretende dar ejemplo para que en el futuro toda la ciudadanía, debidamente concienciada, rechace las botellitas de plástico.

Quizá sea menos costoso, pero también menos lucrativo, purificar el agua de la cañería que parcelarla en diversas marcas de botellitas. Además, de paso, cumplen con ese precepto, ¿o creencia?, de que es mejor beber el agua del sitio donde uno está.

Pero este Ayuntamiento ha tomado otra medida pionera, sobre otro producto del siglo XXI que nos han introducido de manera insensible, con la vaselina que nos pone George Clooney desde la pantalla de televisión: las cápsulas de café. El Ayuntamiento de Hamburgo ha prohibido en sus dependencias, junto con la venta de botellitas de agua, que ya nadie necesita porque el agua potable es gratis, las cápsulas de café. Desde principios de febrero en todas las oficinas de esta ciudad volverán a relucir esas máquinas plateadas de café express, y esas cafeteras eléctricas con su jarra de vidrio, artilugios del siglo pasado que en Hamburgo tendrán una nueva oportunidad.

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