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El demonio verde

El demonio verde
Música de cabaret, las chicas ligeras de ropa bailan, cantan, declaman. (Especial)

por Alina Reyes

Ya estuviste aquí, pero lo has olvidado. Parte del encanto o el triste destino de la ciudad. Ciertos lugares, personas, situaciones no volverán a repetirse, se pierden en la maraña de fragmentos multiplicados al infinito que, en fracción de segundos, se juntan y vuelven a dispersar. Queda un olor, una sensación, un sabor. La ambientación al estilo salón francés del siglo XIX te lo recuerda. Los sillones de felpa roja con flores, las paredes igualmente rojizas, las lámparas de cristal, la escenografía de película de misterio. El piano es nuevo, las cantantes, los personajes enmascarados. Qué es esto, dónde estamos, cuáles son las reglas. No importa, es cálido, la entrada da derecho a unas tacitas de té con elíxir verde, un poco de hielo y su sabor anisado agradable al paladar y la mente. En uno de los sillones Luis XV un colombiano que ha oído el chisporroteo en español informa que el licor verde es gratis hasta las nueve, por lo que apuran los tragos y se turnan para ir por dos vasos cada vez, sucesivamente, hasta acumular tres pares. Te sientes como en un cuadro de Degas, pero sin el sombrero ni las plumas.

Música de cabaret, las chicas ligeras de ropa bailan, cantan, declaman. Un tipo que se ha paseado con su sombrero de copa y su bastón recita también. Ahí están los cubos de hielo navegando en la taza, las mujeres enmascaradas, sus curvas a la vista y, sin embargo, el erotismo está ausente, nada incita a la acción. Quizás solo los invitados. Uno de ellos es calvo y declama con un swing cadencioso, atrayente, como de jazz. Se llama Timothy Donnelly. Urgas en tu cartera y buscas el billete. Envalentonada por el hálito de hadas verdes te decides a gastarlo en un momento con él. Pero es el trofeo especial y no te alcanza. Ir al cuarto de atrás con nuestro invitado especial sale más caro, dice el encargado.

La mujer rubia y delgada, la máscara negra cubriendo la mitad de su rostro sonríe tras enunciar su texto masticando lentamente palabras y emitirlas con voz de cuervo. El hombre calvo vuelve a limpiarse la nariz. Entonces con cualquiera, dices, somos tres. Si es así, el precio es el triple, vuelve a contraatacar el encargado. ¿Cómo? Que si son tres personas el valor es el triple, $30. Vencida, regresas al Luis XV con el billete de $10 arrugado en la mano. “No importa, mejor guardémoslo para comer algo a la salida”, te consuela la parte menos curiosa o más avara de Félix. La falsa chimenea brilla. El chispazo en los ojos es la primera señal. Los solos de trompeta se suceden sin que la concurrencia alcance a notar nada excesivo ni fuera de lugar, todo mesurado hasta que a tus amigos y a ti se les mete el demonio en el cuerpo.

El ajenjo se les ha subido a la cabeza. Dejar el Luis XV para ir a la parte trasera, pasando a través de la falsa biblioteca. Atrás, tules, velas y semipenumbra, unos sillones a los lados, y las mesas llenas de dulces que Félix se encarga de meter en sus bolsillos como si se tratara de un cumpleaños infantil. Al fondo, una gran cama en altura tras una cortina de tul, que no deja ver más que los pies de los afortunados. Contrario a lo que podría imaginarse, ni siquiera se han quitado el calzado, y se sientan en posición rígida, mientras la chica, que llamaremos Susy, vestida en ropa interior provocadora se dirige a sus clientes con sensualidad cero, repitiendo la misma declamación que habíamos escuchado antes y que volverá a repetir una y otra vez. Sin insinuación, sin tocarlos, sin acercárseles al oído, sin murmurar. Hasta que oye tu risa.

“No pueden estar acá”, dice una vez que despide a su cliente. “Por qué, si es que vamos a pagar. Queríamos ir con Timothy, pero no nos alcanzó, así que venimos contigo”. Te das cuenta que esto ya comienza a molestarle. “Pásame el billete”, dice. Se lo alcanzas y te diriges a la cama en altura con el chispazo en los ojos, esperando a tus amigos que, justo en ese momento, son detenidos por su voz: “Ellos no pueden venir, no alcanza para los tres”. “¿Por qué?”, le rebate Félix, “si el hecho es el mismo”. “Para nada es lo mismo”, dice Susy, “el esfuerzo es el triple”. No quieres discutir, solo llegar al final, concluir esta parsimonia que no está conduciendo a nada. Experimentar en carne propia cómo es esto, sentir algo novedoso e inquietante. Al menos saquémonos los zapatos, dirás a punto de encaramarte en el lecho, como para entrar en confianza. Pero la tipa no se relaja, más bien se tensa y, al acordarse de tus amigos, les dice que se deben ir. “No podemos”, volverá a atacar Félix, “a ella no la dejamos sola, mi amiga sufre de crisis de pánico, no la podemos dejar”. Se miran con ese brillo diabólico, mientras la chica comienza a verse fuera de control. “¿Pero esto acaso no es un prostíbulo?”, preguntas, “¿por qué tanta formalidad?”. “Mejor se van inmediato los tres de aquí”, nos dice. Tú te negarás, apoyando tu espalda en el lecho. “A mí no me echa nadie”, dirás, y que solo te vas si viene la policía. “De mejores lugar me han sacado”, agregará Félix para terminar de empeorar la situación. Susy se aleja taconeando furiosa y apenas ha encontrado al encargado cuando se los vuelve a topar en el otro salón. “Fue la mejor noche de poesía de mi vida”, te despides. “Ojalá se repita pronto y puedan invitarme otra vez”. Eres una más de ellos. Te diriges a la salida con la máscara dorada hallada en el cuarto de baño.

Prostíbulo poético http://www.thepoetrybrothel.com/


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