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Del café, Cohen y el placer

EL SEXÓDROMO

 

Verónica Maza Bustamante

 elsexodromo@hotmail.com

@draverotika

FB: La Doctora Verótika

 

Aún recuerdo el aroma que imperaba en El Café de Nadie desde que ocupaba un tapanco en el pasaje El Parián, allá por los noventa, pero más aún cuando se trasladó a esa casa que alguna vez habitara el poeta Xavier Villaurrutia en San Luis Potosí esquina Jalapa, en la colonia Roma de Ciudad de México. Ese olor que siempre acompañó a la figura de Ilya de Gortari, su propietario y entrañable amigo de mi juventud. Verlo, escucharlo, conversar con él era un placer de esos que pocas veces se repiten en la vida por ser integrales, completos, únicos.

Siempre detrás de la indispensable barra, al lado de la cafetera en donde preparaba americanos y capuchinos, expresos y cortados dobles, mientras reía con un estruendo contagioso que lo llevaba a cerrar sus ojitos, mover sus largos bigotes a la Zappa y llevar sus dedos, decorados con anillos de plata, hasta su boca, como queriendo amortiguar la explosión de alegría.

Con él y otros amigos y amores que siempre estaban presentes descubrí la profundidad de la noche al recorrer en bicicleta las calles de nuestro barrio, al desvelarnos en su departamento en el Edificio Francia, mientras jugábamos dominó y él escuchaba nuestras inquietudes de imberbes que, sin embargo, querían entender el mundo. Era paciente y pausado, pero sabía cuando darnos una lección, explicarnos algo, guardar silencio.

Hoy pienso en Ilya y su eterno perfume de café porque fue él quien me presentó a Leonard Cohen, quien me lo puso por primera vez en su viejo tornamesa, durante una velada de ficha comunal. Entonces yo me perdí; no sobró espacio en mi disco duro cerebral para registrar otra cosa que no fuera la profunda voz del canadiense, su cantar pausado, sus letras que eran como misterios que iría develando a lo largo de los años.

El café siempre me recuerda a Ilya, a Cohen y a José, amigo también desde aquellos años que hoy en día se ha convertido en el maestro en mi educación sentimental de la bebida. Con él camino por las calles de la ciudad durante horas, charlando, buscando un lugar donde beber un chemex o un sifón, un aeropress o un dripper, fotografiando la belleza que encontramos a nuestro paso y escuchando, incluso en silencio, alguna canción del buen Cohen.

Ya se fueron dos de ellos. Los lloro con y sin lágrimas. Pero me han dejado un gran legado: comprender que el placer no es únicamente lo que nos han dicho que es. El placer es, en todas sus presentaciones, algo erótico, algo que nos satisface, pero no por fuerza tiene que ser genital. El deseo de poseer una voz inasible, el anhelo por hacer tangible un olor profundo, la languidez al probar un sabor que contiene al universo llega a ser tan potente como una cadena de orgasmos provenientes de varios puntos en mi anatomía femenina. Y si, además, se logra integrar el gozo sexual a todo lo demás, ya no habrá vuelta de hoja: accederemos al verdadero mundo del placer, a ese espacio eterno que es lo que nos rescata de la realidad abrumadora de este planeta tan herido.

En su disco más reciente y más hermoso, You Want It Darker, Leonard Cohen, ese viejo correoso, sabio, aventurero, logró explicar, a su manera, ese espacio erótico. El eterno amante de las mujeres sabía que todo iba ligado: la lujuria y la indagación espiritual, el vino y el monasterio, la carne y la luz, la duda y la experimentación, Dios, el sexo, la política, el ser humano. El antojo de tantas cosas. La permanente búsqueda por entender por qué estamos aquí. Por qué está todo así, como ahora.

Lo escucho mientras me preparo un café antes de volver a entregarme al placer de escribir. Cohen. Ilya. ¿Por qué me han abandonado?

Y de pronto esa voz profunda me abraza mientras canta: “Nos encontramos cuando éramos casi jóvenes/ muy dentro del parque de lilas verdes/ tú te abrazaste a mí como si yo fuera un crucifijo/ cuando íbamos de rodillas cruzando la oscuridad”. El placer me inunda nuevamente.

So long, Leonard. So long, mi amor.

"Lover, lover, lover…"

Leo que, además de tener beneficios para la salud, como ayudar a que mejore nuestra memoria y reducir el riesgo de contraer cáncer, el café eleva el deseo sexual femenino.

Científicos de la Universidad Southwestern le dieron a 108 ratas hembras una dosis moderada de cafeína antes de una prueba de apareo para ver si tenía algún efecto en su conducta. Descubrieron que la cafeína disminuía el tiempo que tardaba la hembra en regresar al macho para otra sesión de apareamiento.

Concluyeron que esto puede afectar de manera similar a las mujeres. Probablemente funcione mejor si ellas no consumen café de manera regular, pero comienzan a hacer pruebas para especificarlo. Quizá descubran que sus poderes son aún más complejos: el historiador Pietro della Valle defendía con ardor la teoría de que el café no era otra cosa que el famoso “nepante”, la bebida a la que Homero hacía referencia en La Iliada y a la que adjudicaba la propiedad de disipar la tristeza. Lo creo. Lo siento mientras bebo mi café jordano con cardamomo.

La mitología árabe le atribuye un origen divino: Alá, compadecido por las tribulaciones del profeta Mahoma, le envió al arcángel Gabriel para que le ofreciera un consuelo “negro como la piedra negra de la Kaaka”, una bebida reconfortante a la que llamó “qahwa”, que quiere decir “excitante”, “energético”, “vigorizante”.

Pienso en Cohen en el monasterio budista, llevando con él toda su tradición judía. Dijo alguna vez sobre el monje Sasaki Roshi: “Él me proporcionó un lugar donde bailar con el Señor, un lugar que no he podido encontrar en otra parte. Pero Roshi también me enseñó a distinguir un Rémy Martin de un Courvoisier. Me dijo: ‘Cuanto más viejo te haces, más solitario te vuelves y más profundo es el amor que necesitas”.

Esta noche me voy a desnudar a la luz de la Luna, mientras espero al hombre que más amo escuchando el “String Reprise/Treaty”. El paso de los años tiene también ventajas: empiezas a tener cada vez más certezas. Y yo hoy sé que jamás olvidaré la voz de Cohen ni la risa de Ilya. Ni aquella noche en que, cobijados por la suave luz de las lámparas art decó que iluminaban la sala en el viejo departamento del Edificio Francia, bebíamos café y fumábamos hachís en una pipa de agua. Sonaba “Dance Me To The End of Love” y yo me sumía en su pacífico aletargamiento rodeada de suaves cojines color carmesí.

Y así, con mi piel como único escudo, le daré a aquel con el que comparto la cama y el anhelo un abrazo tan fuerte que contenga toda la historia de mi vida. La razón de mi fascinación por la música, el café, el placer, los amigos. Pensaré durante un segundo en los que se han ido y les cantaré: es tan solo un au revoir. No lleguen tarde, van a cerrar el bar. Allá los alcanzaré un día, viajando ligera. El placer que siempre me ha acompañado será mi único equipaje.

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