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La década del Metrobús: Mi vida por un asiento

Metrobus
(Nostragamus)

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Óscar Jiménez Manríquez


Este fin de semana, el Metrobús, ese sistema de transporte eficiente pero que aún no llega a donde debiera, cumplió 10 años en el Distrito Federal. Aquí, algunas estampas


Bien visto, lo primero que uno descubrirá al abordar el Metrobús poco después de la cinco de la tarde es que muchos de los usuarios creen que viajan en su cama. Así, inmóviles, sentados, varios duermen con la boca abierta. Se pierden, entre sueños, algo sobre la biografía de Leonardo da Vinci, que es posible leer en uno de los monitores empotrados en el techo.

También se pierden ese beso apasionado, junto a las puertas automáticas, entre un joven con el cráneo a rape y brocal en el oído, y una chica esbelta y de larga cabellera negra. Se besan a lo largo de tres estaciones de las 44 que conforman la Línea 1.

El sistema de transporte público en el que viajo ha alcanzado la preadolescencia. Llegó a esta etapa de su vida, los 10 años, presumiendo algo de agilidad: hizo de Indios Verdes a la Glorieta de Insurgentes 20 minutos exactitos. Lo que significó una breve pero placentera siesta para aquellos pasajeros que consiguieron asiento y llegan tallándose los ojos a las puertas de salida.

Román Hernández, de pie sobre el andén, con sus casi 1.90 de estatura y poco más de 100 kilos de peso, está feliz con el Metrobús que recorre la avenida de Los Insurgentes. "Para las personas como yo, nos cayó de perlas. ¡No cabía en el pesero! Tenía que hacerme chiquito. Súmale las carreras de los peseros por ganar el pasaje. Era como subirse al Ratón loco, pero con la música a todo volumen de la K-Buena".

"Las mujeres dan miedo"

La mujer policía trabaja en una de las estaciones más concurridas de la Línea 1 del Metrobús. Es morena, roza el 1.55 de estatura y posee unos grandes dientes blancos. Para sobrellevar las casi 12 horas que pasa de pie durante su jornada laboral, ella suele recargarse contra uno de los torniquetes por el que cruzan diariamente miles de pasajeros.

Es amable, y al parecer no se cansa de responder a las muchísimas preguntas que le hacen los usuarios en apenas un lapso de tres minutos: "¿Dónde puedo tomar un taxi que me lleve lo más pronto posible a la estación del Metro Chabacano? ¿Sabe cómo puedo llegar a la calle de Orizaba? ¿Dónde sale el autobús que va para el Caminero? ¿Puede devolverme el dinero que se tragó la máquina a la hora de recargar mi tarjeta del Metrobús?".

En medio de esa vorágine de pasajeros que caminan deprisa y salen de todos lados, le pido que me cuente algunas de las dificultades que con mayor frecuencia se ven en la estación a la que ha sido asignada. Sonríe con malicia la uniformada, se acomoda la placa con su nombre que trae suspendida sobre su pecho, y dice: "Las mujeres son muy problemáticas. Da miedo de lo que son capaces por un lugar...".

Y entonces relata un episodio que no deja de causarle asombro: "El otro día tuve que separar a una jovencita que cargaba con un brazo a su bebé, y con la mano desocupada tenía agarrada del cabello a una señora. La tenía tan bien agarrada del pelo, y con tanta fuerza, que la señora ya estaba inclinada en el piso del andén. ¡No la quería soltar! Y todavía la pateaba. Todo eso hacía mientras cargaba al niño".

La mujer policía, diminuta y delgada, rescató a la señora y segundos después le preguntó si deseaba proceder en el Ministerio Público. La agredida dijo que no y se alejó de la estación sobándose la cabeza. Dice entonces que las riñas entre mujeres por un asiento son el pan de todos los días. Los hombres, asegura, también pelean, pero en cuanto los elementos de seguridad les ordenan que se calmen, ellos paran. "En cambio, con las mujeres, da miedo. No se sueltan...".

Aquí, en una de las paradas con mayor afluencia, se acerca la hora pico y comienzan a formarse las infinitas colas de pasajeros. "¡No caben! A veces, en esta época de aguaceros, deben esperar para poder subir a los camiones hasta 60 minutos. ¡Por eso, los vamos aventando como podemos", confiesa algo divertida la uniformada.

"¿Dónde quedó mi celular?"

El empleado del Oxxo salió trabajar a las 7 de la noche. Caminó en dirección de la estación Parque Hundido, y le puso seis pesos de crédito a su tarjeta, con lo que pagó su pasaje de regreso a casa. Como siempre, guardó el celular en uno de los bolsillos del pantalón y se preparó para una misión de combate: abordar el Metrobús en hora pico.

Esteban se aplicó como jugador de futbol americano para subir al camión, pero aflojó antes de llegar a su destino: "Entre los empujones, no sentí cuando me sacaron el celular. Hay mucho conejo y en la Línea 1 trabajan horas extras", recuerda todavía con coraje.

El Metrobús, con sus más de 150 estaciones en sus cinco líneas, tiene un gran inventario de asaltos que no son denunciados. "El otro día llegó aquí una joven a decirme con las lágrimas en los ojos que le habían sacado su laptop de la mochila. A saber cómo le harían", cuenta un policía.

La solución es un Metrobús con doble piso

Es poco después del mediodía y en la estación La Bombilla, subo al vagón de mujeres, que de manera insólita se encuentra casi vacío. Decido viajar de pie, y solo cuatro o cinco paradas más adelante, el Metrobús vuelve a formar parte de las estadísticas del exceso.

Los espacios se reducen, los rostros se juntan, los músculos de los brazos se tensan y los arrebatos surgen. Una señora de cabello blanco se muestra asustada al ver que sigue subiendo más gente. Ella alza el codo para evitar que un par de adolescentes que se encuentran a su lado la aplasten contra la ventana del camión.

Otra mujer saca un libro y consigue colocarlo por encima de las cabezas de algunas pasajeras, un best seller que lleva por título en la portada: Por qué los hombres aman a las cabronas. Se concentra en su lectura sin importarle el sobrecupo ni las sacudidas del Metrobús. Entonces una señora que parece haber perdido el control pregunta en voz alta: "¿A todas horas va así?".

Junto a mí, una mujer con gafas de aumento, me comenta con toda seriedad: "Yo por eso quiero que el Metrobús sea con doble piso, como en Londres. Para no ir tan apretadas...".

Vuelven a escucharse las puertas automáticas, y un hombre de bigote y sombrero negro, por alguna extraña razón, entra al vagón en medio de otra poderosa oleada de mujeres. De inmediato se escuchan, furiosos, imperativos, algunos gritos femeninos: "¡Que se baje! ¡No puede ir aquí! Le está quitando el lugar a una mujer".

El hombre, cuya camisa adornada con palmeras hace pensar que forma parte de un trío norteño, se baja aterrorizado del vagón en la parada Félix Cuevas. Entonces, la señora que sugiere un Metrobús con doble piso se acerca y me dice al oído: "Sería bueno que te cambies de vagón. Yo, incluso, prefiero viajar en el de hombres, porque las mujeres son bien perras".

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