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De Roma con amor

EL SEXÓDROMO


Verónica Maza Bustamante

elsexodromo@hotmail.com

@draverotika

FB: La Doctora Verótika


El Imperio romano llegó a abarcar desde la actual Gran Bretaña y el desierto del Sahara hasta la Península Ibérica y el Éufrates. Aunque se piensa que vivían en el desenfreno total, lo cierto es que coexistían bajo diversas normas, algunas de las cuales aún son vigentes.

“La palabra sexus nos viene de los romanos. Su etimología ha sido un verdadero rompecabezas para los filósofos. Para algunos, proviene del vocablo griego hexis, “manera de ser”, pero los romanos entendían por sexus los caracteres que distinguen al hombre de la mujer”, narra Gabriel Christian en Historia de la sexualidad. Ellos creían que los hombres debían ser los personajes activos de toda diligencia sexual. Su virtud más preciada era el control, por lo que la pasividad masculina era mal vista. Y siempre y cuando ellos fueran los que penetraban, podían hacerlo con mujeres y hombres (esclavos, por lo regular). Ellas, por salud, debían dejar de ser vírgenes a temprana edad, pero lo ideal es que lo lograran para de inmediato convertirse en madres y así no sufrir el morbus virgineus, mal que afectaba a aquellas que no habían conocido el placer carnal, según Hipócrates. Es decir que apenas comenzaban a sentir cosquillitas cachondonas y ya tenían que estar pariendo.

La prostitución era de los peores males. Una “infamia”, palabra que se empleaba como herramienta para regular el buen comportamiento. Un actuar vergonzoso, como la prostitución o la pasividad, era un estigma social y legal.

El matrimonio se convirtió, con los romanos, en la unidad crucial de la sociedad. Aunque estas uniones acataban rígidas reglas legales, las actividades íntimas de los esposos no eran tan estrictas, y era común y aceptable que un marido buscara satisfacción sexual con otras además de su esposa. Las mujeres, sin embargo, como indicaban los tradicionales epitafios romanos, debían respetar las reglas de fides marita y ser fieles a sus maridos. Hay evidencia de que Augusto, poco después de asumir funciones como emperador, promulgó leyes que hacían del adulterio femenino un delito.

Foucault explica, en “La inquietud de sí”, tercer volumen de Historia de la sexualidad, que la valorización del lazo conyugal —y de la relación dual que lo constituye—, la moderación, la buena conducta, la abstinencia, modificaron radicalmente la moral sexual. “Por una parte, se requiere en ella una atención más activa a la práctica sexual, a sus efectos sobre el organismo, a su lugar en el matrimonio y al papel que ejerce en él”, pero al mismo tiempo, “aparece más fácilmente como peligrosa y como susceptible de comprometer la relación con uno mismo”, que tanto buscaban en esos días los romanos. “Parece cada vez más necesario desconfiar de ella, controlarla, localizarla, en la medida de lo posible, en las puras relaciones de matrimonio”, escribe.

De acuerdo con la Wikipedia, practicar una felación o un cunnilingus, ya fuera un hombre o una mujer el ejecutor, lo convertía en criminal. Según la jerarquía romana de la degradación sexual, un hombre sospechoso de haber estimulado oralmente a una mujer se rebajaba más que uno que fuera penetrado por otro hombre. Se le imponía el estatus legal de “infame”, igual que a prostitutas, gladiadores y actores, lo cual les impedía votar y representarse a sí mismos ante un tribunal.

A pesar de ello, había quienes pensaban diferente: Lucrecio afirmaba que el sexo sin apego apasionado “produce una forma superior de placer libre de incertidumbre, frenesí y perturbación mental”, rechazando la agresividad del modelo fálico imperante. Teodora fue famosa por entregarse a cuanto hombre le apetecía, ser encueratriz, locochona, cantante y practicante del sadomasoquismo.

El lado oscuro del asunto es que muchos romanos, a diferencia de los hippies (pero machines) griegos, llevaban a cabo numerosas prácticas que no tenían el consenso de los participantes. Césares como Augusto, Tiberio, Calígula, Claudio, Nerón, Vitelio, Tito y Domiciano tenían comportamientos realmente excesivos relacionados con los placeres. Eran criminales sexuales. No les importaba si los participantes estaban de acuerdo o no, si corrían riesgo o se la iban a pasar de lujo. Hacían lo que quierían por el simple hecho de que podían realizarlo. La esclavitud era común, así como la flagelación, la crueldad, las bacanales. En los juicios que se realizaron para castigar los excesos, las responsables siempre resultaban ser las mujeres. El pueblo rechazaba y temía estas situaciones. Algunos de los involucrados, que se habían dejado llevar por sus instintos en las fiestotototas, comenzaron a sentir culpa.

Los primeros adeptos de Jesucristo siguieron lo dicho por él: el matrimonio se volvió indisoluble; el divorcio no existía más para ellos. Las mujeres quedaron excluidas por completo de las funciones sacerdotales y debían obedecer ciegamente a sus maridos. La virginidad se relacionó con la pureza; se decía que solo las mujeres que la poseían podían ser “esposas de Cristo” (adiós a la cerveza de los sumerios). La fe comenzó a ganarle terreno a la razón. La represión y control de los cuerpos y la sexualidad humana se hacía más latente.

La caída del Imperio romano comenzó con el gobierno de Constantino I, quien institucionalizó la religión cristiana en el año 313 y refundó la ciudad de Bizancio con el nombre de “Nueva Roma”, también llamada Constantinopla (la actual Estambul, capital de Turquía). En ella, la Basílica de los apóstoles sustituyó al templo de Afrodita, se levantaron íconos de la religión cristiana que protegían la localidad pero también se convirtieron en ojos avizores que todo lo veían y lo juzgaban.

Al morir Constantino, el Imperio romano se fragmentó, aunque no fue hasta la muerte de Teodosio cuando se dividió en dos e inició el Imperio bizantino, en cuyos albores las controversias más intensas eran sobre si los ángeles tenían sexo o no y otros enigmas que nunca tenían respuesta (de ahí que hasta el día de hoy se le diga “discusiones bizantinas” a aquellas que son estériles). Las invasiones bárbaras terminaron por aniquilar al moribundo señorío de Roma, dando paso a la Edad Media, donde las cosas se pusieron color de hormiga para el erotismo.

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