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Martes , 23.10.2018 / 03:38 Hoy

De regreso al ‘Bongo rock’

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EN EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh


“Una calabaza se casó con un melón,
los padrinos fueron una piña y un piñón”:
Los Socios del Ritmo

De niño, en los años setenta, estudié en la primaria Silvestre Revueltas (una escuela pública, afuera de una ciudad perdida que estaba junto a los terrenos baldíos donde más tarde se construiría la delegación Benito Juárez, CdMx). Entonces escuchaba fielmente un programa de rock and roll en español por la radio de AM (tal vez Radio Variedades, pues mi onda era la música proto-grupera, tipo el Grupo Yndio, La Tropa Loca, Los Felinos, Los Terrícolas, Los Pasteles Verdes, etc.) Por escuchar ese programa se corrió el rumor de que me gustaba el rock y hasta una tía me regaló en mi cumpleaños un disco de un coro desconocido que había grabado covers de Jesucristo Superestrella, con un sello que decía en letras grandes: ÓPERA ROCK.

Para mí el rock era Angélica María, Los Teen Tops, Manolo Muñoz, Los Rebeldes del rock, Julissa, Los Locos del Ritmo y músicos similares; entonces no sospechaba que detrás de la palabra rock se agrupaban una bola de engendros tan diversos que podrían caber en un Festival Vive Latino.

Una vez, el Págüa (un amigo un poco más grande que nosotros) nos mostró un disco de Jethro Tull: Too Old to Rock’n’roll: Too Young to Die! Mi primo Wille exclamó asustado: “¿Qué esa no es música para mariguanos?”.

A mediados de los setenta, de vacaciones en mi natal Xalapa, Veracruz, entré a una de las Discotecas Velasco y le dije a la dependienta: “Por favor, véndame un disco de rock” (años después, durante la adolescencia, tras escuchar a Juan José Calatayud en vivo, solicitaría: “Un disco de jazz, por favor”, lo mismo de Duke Ellington que de Tania María). La empleada regresó con un disco sencillo, de 45 RPM, y me dijo: “Tenemos éste”: The Incredible Bongo Band, música de la película El Hombre de dos cabezas, que de un lado traía Bongolia y por el otro Bongo Rock.

Para mí el rock era otra cosa, pero el Bongo Rock me gustó mucho y lo ponía una y otra vez. No sabía que, años después, la Incredible Bongo Band sería sampleada por grandes del hip-hop, como Kool Herc, The Beatie Boys y Grandmaster Flash and the Furious Five.

También sé más cosas, como que que el primer bongo rock lo grabó Preston Epps, en 1958. Pero cuando adquirí aquel disco sencillo, me encantaba el misterio de su procedencia, como las películas de kun fú que uno disfrutaba en cines piojito o al rentarlas en los primeros videoclubs.

La Incredible Bongo Band la creó en 1972 Michel Viner, productor de Pride (subsello de la MGM Records) para la banda sonora de la susodicha película El hombre de dos cabezas. Gracias el éxito del sencillo, Viner grabó dos discos de larga duración: Bongo Rock (1973) y Return of Incredible Bongo Band (1974), que en realidad no era una banda, sino una agrupación de músicos de estudio que ni parecen en los créditos.

El sonido de artistas desconocidos siempre me ha gustado, tipo easy listening, lounge, chill out, soundtracks, temas de televisión, música de elevador, de supermercado, de artistas anónimos que posteriormente influenciaran a grupos experimentales como los geniales Residents.

Me encantan los subproductos de la cultura popular. A pesar de haber estudiado cinematografía en el CUEC, nunca dejé de ver películas chafas con títulos tan atractivos como Los nazis del surf deben morir o Santa Claus a la conquista de los marcianos.

A diferencia de mis amigos escritores y periodistas, yo no leo libros por el autor, ni por el contenido, sino por el título: Consejos de una faraona egipcia para ser una gran vendedora o Cómo dominar a su hombre con consejos de entrenadores para perros. Yo no he disfrutado tanto El llano en llamas ni El Quijote, como El Espíritu de Shaolín, auobiografía de David Carradine, donde el actor cuenta cómo barría un gimnasio de artes marciales a cambio de comida y hospedaje, hasta que lo corrieron por llegar borracho con una mujer. Lo mejor de los libros de bolsillo es que no hay trucos literarios ni pretensiones de encantarte con una palabra, una frase, una imagen memorable; es pura sinceridad, pésimamente expresada y seguramente peor traducida.

Por el camino del bongo rock siempre preferí las recopilaciones musicales, preferentemente extrañas (y de oferta). Me encantaban los cassetes piratas que vendían afuera de las estaciones de Metro, con lo Mejor de la música norteña volumen cuatro, y sonideros tíbiris tipo Sonido Fascinación desde la Central de Abastos, con salsa, cumbia y ritmos tropicales del ayer, que solo conocen en los mercados de Colombia, Puerto Rico, Panamá y Venezuela.

El camino del bongo rock es la búsqueda del artista desconocido, tal vez bueno, tal vez malo, pero que llama la atención de su producto con portadas estrafalarias y títulos exóticos. Es camino que les invito a recorrer.

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