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Viernes , 22.06.2018 / 18:19 Hoy

De la doctrina al cuadro sinóptico

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EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Alejandro Rosas

En 1960 llegaron los libros de texto a los hogares mexicanos. Apenas un año antes, con la creación de la Comisión Nacional del Libro de Texto Gratuito (Conaliteg), el gobierno había comenzado una gran cruzada para que todos los niños del país recibieran la misma educación a través de los libros, cuyas vistosas portadas fueron realizadas por artistas como Raúl Anguiano, David Alfaro Siqueiros y Roberto Montenegro, entre otros.

La portada que alcanzó fama inusitada, y con la que crecimos varias generaciones, fue la que llevaba a La Patria de Jorge González Camarena, mujer morena, de rasgos indígenas, envuelta en una túnica blanca y con la bandera nacional a sus espaldas. Quizá la mayor tragedia de los libros de texto es que lo que más recuerda la gente de ellos es esta imagen y no la interpretación de la historia que se supone nos enseñaron durante años.

Más allá de la discusión acerca de la necesidad y efectividad de los libros de texto gratuitos en el proyecto educativo nacional, el caso de la enseñanza de la historia se cuece aparte.

Entre 1959 y 1994, el libro de texto de Historia que imprimió el gobierno en millones no sirvió para enseñar la materia, sino para adoctrinarnos. Era un catecismo de historia patria con una sola versión del pasado que no se podía confrontar con nada; una visión de buenos contra malos con una serie de mitos que arraigaron en la conciencia de la sociedad; héroes perfectos, villanos terribles. Una serie de hechos sin ton ni son que solo servían para soñar con los días de asueto o que hacían pensar al alumno en que la historia era una sucesión de acontecimientos aislados, sin ninguna conexión entre sí.

La historia oficial creó una conciencia histórica que culpó de nuestros males, todos, al hecho de que nos hubieran conquistado los españoles y a la desmedida ambición y maldad de los gringos. Hoy se traducen en dos síndromes: el antihispánico y el de Juan Escutia.

El antihispánico es incapaz de hacer cuentas para poder reconocer que la conquista de Tenochtitlan hubiera sido imposible sin la gran alianza que hizo Cortés con los pueblos indígenas archienemigos de los aztecas, y que muchos de los problemas que padecemos hoy no provienen del siglo XVI, sino de nuestro presente. Por si fuera poco, que somos el resultado del mestizaje entre españoles e indígenas.

El síndrome de Juan Escutia es más común. A los mexicanos nos encanta envolvernos en la bandera y arrojarnos desde lo alto del castillo culpando a los demás de todo lo que nos pasa; todos han abusado de nosotros, nos han explotado, nos han humillado. Nada es responsabilidad nuestra.

Esta visión doctrinaria de la historia polarizó y envenenó la conciencia de los mexicanos a través de los libros de texto gratuito. Y como el país se rige bajo la ley del péndulo —no es posible alcanzar el justo medio—, a mediados de la década de 1990 transitamos al otro lado del espectro en la enseñanza de la historia.

Bajo el gobierno de Ernesto Zedillo, hubo un acto de contrición con respecto a los libros de texto. El gobierno reconoció que la interpretación plasmada era maniquea, ocultaba acontecimientos en los que el gobierno había sido responsable, como la represión de 1968, y pasaba por alto el proceso histórico.

El resultado mejoró el contenido, sin duda. Pero convirtió el proceso histórico en una serie de esquemas, cuadros sinópticos, datos estadísticos y líneas de tiempo que enseñan la historia "al vapor". Por si fuera poco, en la actualidad, la historia de México no está presente en todos los grados escolares de primaria, secundaria y preparatoria: a veces está incluida, a veces no. Y cuando lo está, las autoridades aseguran que se pueden explicar cuatro mil años de historia en 150 páginas y comprenderlos fácilmente en un año escolar.

Para muestra, un botón. En el primer año de secundaria los alumnos llevan una materia titulada Asignatura Estatal, que tiene cierta lógica a la luz de que el alumno conozca más acerca del estado donde vive, pero que queda trunca porque solo la estudian un año. En segundo de secundaria los alumnos llevan Historia Universal, apenas como aperitivo, y es hasta tercero de secundaria cuando regresa la historia mexicana.

Así ni cómo hacerle. A pesar de los cambios en los libros de texto, a pesar de que ahora participan en su desarrollo especialistas, a pesar de que ha mejorado el contenido, lo cierto es que con dos o tres años intermitentes de historia mexicana en cómodos cuadros sinópticos, es imposible que se construya una conciencia de la importancia del proceso histórico para la comprensión del presente y la construcción del futuro.

La enseñanza de la historia debería estar presente en todos los años y en todos los niveles educativos. Es en ella donde se encuentran los valores cívicos, las ideas, los principios, los cómos y los porqués de nuestra forma de ser, pero su asimilación y conocimiento requieren un largo proceso que no se resume en un cuadro sinóptico.

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