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La dama del LSD

EL ÁNGEL EXTERMINADOR

EL PEZ SOLUBLE

Jordi Soler


En los años sesenta la CIA desarrolló un programa, de manera clandestina, para estudiar los efectos del LSD, el famoso ácido lisérgico que sintetizó el químico suizo Albert Hoffman, y que popularizó Thimothy Leary, entre otros entusiastas de la potente droga. No perdamos el tiempo hurgando en los efectos del ácido y digamos que decuplica la percepción de quién lo toma y que al abrir la exclusa del gran colector cerebral aparece un mundo sumamente colorido en el que la semilla de un limón resulta ser un objeto fascinante, y se puede ver respirar una hoja de ese plástico de burbuja que sirve para envolver objetos delicados. Si el plástico de burbuja respira en cuanto tomas LSD y se convierte en materia inerte en cuanto se te pasa el efecto, ¿respira? Puede ser que se trate de una alucinación, pero también es posible que respire de una forma tan sutil que solo podamos percibirla con la hiperpercepción que nos brinda la droga. Más o menos por estos derroteros iba la investigación de la CIA, conocida como Project MKUltra y concentrada en documentar al detalle los efectos del ácido para ver si, con dósis bien medidas, lograba bajarle los humos a la población juvenil que en la década de los sesenta comenzaba a ponerse rijosa en todas las capitales de Occidente.

Dicen que el general Franco, el dictador de España en esa época, sin estudios que avalaran su iniciativa, alentó la circulación de heroína entre la juventud española, para procurarle una conveniente docilidad babeante. Se dice, y se ha escrito mucho al respecto y aunque nadie ha presentado una prueba contundente, hay una generación en España, de los que fueron jóvenes en esos años, con un número inverosímil de bajas por sobredosis de heroína.

Uno de los efectos perniciosos del LSD son los desconcertantes flashbacks que experimentan los antiguos consumidores, que se drogaron con entusiasmo en su juventud y hoy son licenciados, gerentes de banco o directores de escuela secundaria que, de pronto, a mitad de una reunión, de una conferencia o de un paseo con sus hijos, les sobreviene un flashback brutal que los regresa a, digamos, 1968, en pleno marzo de 2016. Yo tengo un amigo que sufre estos flashbacks y a mitad de la conversación se va por el túnel del tiempo y pide un güiscacho en lugar de un whisky, o una tortuga en lugar de una torta, o una cerbatana bien helodia y así sucesivamente. Después de un rato regresa y declara: perdón muchachos, me rebotó el ácido que me zampé en 1968.

Pero cuando la CIA montaba su siniestro experimento para apendejar a la juventud estadounidense, el LSD era una sustancia todavía no tipificada como ilegal, con la que experimentaban diversos equipos, uno de ellos estaba comandado por un pupilo de Thimothy Leary, el doctor Madison Presnell, que dentro de un salón, inmerso en un ambiente universitario, reclutó voluntarios para que experimentaran con la sustancia, a cambio de que se prestaran a una minuciosa observación, es decir, que mientras los voluntarios ejecutaban su colorido viaje interior, él y sus ayudantes valoraban la sintomatología exterior, la dilatación de las pupilas, la sudoración, la elongación del príapo, el desgobierno facial.

John Loengard, un fotógrafo de la revista Time, registró aquella sesión en una preciosa serie de imágenes cuya protagonista era un ama de casa de Cambridge, Massachussets, llamada Barbara Dunlap. De esta señora no hay rastro en Google, era probablemente la esposa de un profesor de Cambridge cercano al doctor Presnell, pues el experimento se realizó con sigilo dentro de un salón, seguramente de la universidad. Digo que la serie es preciosa porque en ella vemos a la señora Dunlap, que es muy guapa, concentrada en diversos momentos del experimento, con una actitud y un gesto que indican que por dentro lleva una catarata, como esa de la canción “She’s A Waterfall” que cantan los fabulosos Stone Roses. Pues eso, en las fotos vemos a Barbara Dunlap convertida en catarata, mirando el rostro de una estatuilla de Buda, muy cerca y casi nariz con nariz, escaneando con esa hiperpercepción que le ha dado el ácido, la vida y los milagros, la infancia y la vejez, las ideas y los preceptos de Sidarta Gautama, todos concentrados en un instante que la señora, a juzgar por su expresión, ha captado de golpe. También la vemos mirando con un asombro jubiloso el suelo en el que está sentada, ya sin zapatos, con unas medias negras de rejilla muy de la época. Luego la encontramos mirando al frente con una tremenda concentración, no a lo lejos ni al infinito, sino a la retícula que sostiene al universo y que ella ha visto por primera vez. Pero la mejor sin duda es en la que aparece con la cabeza sobre la mesa y un cigarrillo entre los dedos, observando los detalles luminosos, el aura psicodélica de las semillas de un limón.

El LSD fue prohibido en Estados Unidos en 1968, y este experimento universitario tuvo lugar el 16 de abril de 1963, hace cincuenta y tres años, y todo lo que queda de aquello son las hermosas fotografías de la señora Dunlap.

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