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La ‘cumbianización’ del rock

Hoy, una nueva generación de músicos parece estar guiada por la esquizofrenia: se dividen, tocan géneros que antes eran antípodas. A ellos debemos la cumbianización del rock. Si bien en la música los estancos estaban separados y delimitados, las fusiones comenzaron a romper con ello. No obstante, en la mezcla había un ingrediente que inclinaba la balanza y servía para ubicarlo. Luis Pérez, autor de El ombligo de la luna, señala que “si tratas de escuchar lo que define la música de la Ciudad de México, qué género es popular y todo mundo escucha, ese es la cumbia chilanga”. Probablemente bajo esa premisa, hace tres o cuatro años se comenzó a gestar una reivindicación de la cumbia.

Para Don Rule, dj de Changorámico Sonidero, a esta música “muchos la han agarrado como moda, es un morbo por lo naco y muy rentable para algunos”.

Según Ali Gua Gua, integrante de Las Ultrasónicas, pero también de Kumbia Queers (sexteto que hace versiones de Black Sabbath, The Cure, además de temas propios a ritmo de cumbia) se trata de un proceso de aceptación: “Por mucho tiempo nos avergonzó nuestra cultura y después del Salinato —donde aprendimos que es bonito el mall y el Milky Way— nos dimos cuenta que esa madre no éramos nosotros. Entonces toda esa reivindicación del mezcal, la cumbia y la lucha libre tiene que ver con que por fin nos estamos aceptando, nuestra cultura está chingona, no hay de qué avergonzarnos”.

Gabriel López es guitarrista de Twin Tones, una banda de spaghetti-western, de Espectroplasma, más inclinada al surf, y de Sonido Gallo Negro, grupo que acaba de estrenar su segundo álbum, Sendero místico, en donde practican cumbia psicodélica y chicha peruana. Él habla de cómo llegó a la cumbia: ”Empezamos a escucharla por un disco que nos pasaron, los instrumentos eran órganos Hammond, Farfisas, guitarras eléctricas, prácticamente toda la instrumentación que usamos en nuestras bandas solo que con un ritmo tropical. Fue allí donde me quité el prejuicio por la cumbia, de que hay mucha música tropical que es muy oscura, en el sonido y en el contexto; aprendí a escucharla de esa manera”.

Los caminos para llegar a la cumbia son diferentes, van desde el interés musical hasta la casualidad. Marco Olivera lidera a Marc Monster & The Olives, pero también a Agrupación Cariño, una troupé encaminada más a la música norteña, quien habla de la génesis de la última: “Nos juntábamos a tocar y al final de la borrachera florecía el mexicano que todos llevamos dentro, los Olives es la banda que siempre quise, el blues, el folk que siempre me gustó. Agrupación Cariño no fue una banda pensada, salió de la bohemia: se inventó sola”.

El asunto es complejo, no solo habla de una elección; inciden factores de clase, de capital cultural. “Desde hace cinco años más o menos los niños de la Condesa, los niños bien, empezaron a adoptar la cumbia y la onda sonidera como una forma de burla; pero nosotros somos parte de una generación que creció en las fiestas de barrio en donde la cumbia siempre ha estado presente”, dice Don Rule.

“La verdad —afirma Gabriel López— no me gustaba la cumbia, tiene nueve años que empecé a investigar al descubrir esta página del mundo tropical, fue decir: ‘¿Dónde estaba enterrado este tipo de música?’ Mis amigos me dijeron vendido, pero no gano dinero ni soy superfamoso, lo hago por satisfacer mi obra musical, la quería tocar y ya”.

Ali Gua Gua: “Yo nunca había escuchado cumbia hasta que llegué al DF (Ali es de Veracruz); para mí fue como un sentimiento muy cabrón, casi como cuando oí el rock por primera vez. Empecé a investigar y a fanatizarme de la chicha, de la cumbia más surfera, amazónica, como Los Destellos, Los Mirlos, y también la cumbia villera de Argentina que me empezó a hablar del barrio, más como gangsta cumbia”.

Marco Olivera acota: “Es una cosa de los tiempos, estaban vendiéndonos McDonald’s y Michael Jackson, creo que los tiempos ahora están más renacentistas (sic) y no todo es rock, el Sonido la Changa le pasó toda la onda al Changorama, Afrodita, Diego y los Muchachos, que se dedicaron a trabajar en la cumbia electrónica; al fin del día todos somos renacos solo por ser mexicanos, unos ricos y unos pobres, pero con unas copas todos cantan ‘Que no quede huella”.

Para unos la cumbianización del rock es una expresión auténtica, es un producto de sus entornos, forma parte de su dieta sonora de toda la vida; para otros, es más el resultado de la bohemia. Lo cierto es que es un carro que avanza y al cual muchos desean subirse sin preguntarse la razón y tampoco saben adónde los llevará ese vehículo flamante, de moda.

 David Cortés

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