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El cuerpo como chunga gacha

Luego de las películas del Santo, de Jodoroswky, las fumadas de Juan López Moctezuma, las chistosadas tipo Jesucristo cazador de vampiros y los tongos que hacen en las Cámaras de legisladores para hacer leyes anticorrupción que nunca se cumplirán, bien saben estas películas donde se transforma gandallamente al cuerpo humano.


En El ciempiés humano (Holanda, 2009), de Tom Six, regresamos a las películas de casas embrujadas con médico loco. En la primera, el galeno secuestra a tres turistas (dos ninfas y un oriental) y los une quirúrgicamente, desde la boca al ano de cada uno, para crear, ya lo anuncia el título, un ciempiés humano, casi como hizo el primer pozolero de la modernidad, Josef Mengele, pero en las dos películas hechas por el Six hay todo menos alusiones a los nazis. Medio se parecen a nuestros morenazis, esos bonitos arios insertados en indígenas. La intención, como sucede en todas estás películas que nunca tendrán el buen gusto de llegar al Oscar o a los Arieles, es divertirse a costa y con el espectador, pues ni hay pipí, popó o sangre estilo Familia Michoacana.

En la segunda versión, también hecha por el propio Tom Six, y estrenada en 2011, el asunto era ya un cómic franco: en blanco y negro, y en esta ocasión con 12 personas unidas boca-ano a base de diurex, grapas, lavativas y, ahora sí, mucha sangre y vísceras. Con humor ácido, Six logra un cómic no apto para las buenas conciencias, pero de una peculiar estética y con efectos estilo Blue Demon.

Recientemente se consigue en cualquier esquina Tusk (Canadá, 2014, de Kevin Smith), aquí traducida como Colmillos (demasiados sindicatos, es verdad), donde se transforma a las víctimas en morsas para lograr revivir un momento edípico que el médico loco (de nuevo) tuvo en una isla, donde sobrevivió gracias (lo adivinó) a una morsa que lo apapachó mientras, ahora sí, los nazis acababan con los aliados en altamar. Y hasta Johnny Depp sale de inspector caza asesino serial. Aquí, por el contrario, estamos ante una fotografía más cuidada y una trama más armada, pero con igual efecto tremendista donde al payaso podcastero que se siente un chango muy acá, le aplican un muy severo correctivo por querer irse a ligar canadienses a espaldas de la novia: acaba siendo amputado e injertado tan eficientemente que ni con haber sido rescatado por la policía, lo pueden regresar a su estado humano y mejor le hacen su reserva especial para animales maltratados. Como si el Partido Verde los hubiera apoyado, pues.

Acostumbrados a La  Isla del Doctor Moreau (1986, HG Wells) con todo y su peculiares operaciones en animales, estas películas “novedosas” no nos resultan tan impactantes como podría serlo para quienes no tuvieran su propio país del Doctor Murat, digo, Moreau. Si bien Wells intentaba transformar animales en humanos, El ciempiés y Tusk son al revés. Quizá en otras latitudes planetarias ver amputaciones y seres nunca pensados serán chocantes, pero para los mexicanos, ya acostumbrados a ver rodar cabezas, o cuerpos sin sangre amontonados en la calle o torsos con brazos y piernas clavadas en la cara desfigurada por el ácido o mil cosas peores, pos francamente apenas nos da risa esto de las mutaciones ficticias. No faltará el espectador sensible: en el Festival Macabro, donde se estrenó en México el primer Ciempiés, la señora de a lado lloró toda la película, mientras sus barbajanes amigos se carcajeaban a cada amputación y muerto. Además de la dificultad en conseguir por la vía legal estas películas, que se encuentran en tianguis y con demás vendedores autoempleados, estamos ante una forma más de ideas retro: el cuerpo y sus modificaciones. Quizá si el Santo y el Mil Máscaras hubieran tenido más producción y más ganas de escandalizar (como le hizo el Santo, con el vampiro chupapechugonas) habrían podido transformar al hombre lobo en hombre coyote (o tinterillo, es verdad), al vampiro en chupasangre-Sat y muchas similares, mediante navajazos en carnes dizque humanas y con conceptos menos perturbadores para nuestros respetables censores que el unir el ano y la boca; aunque dicen que muchos políticos ya los tienen pegados, pues suelen decir cosas que huelen mal.

Una tercia de películas para no ver en familia, sino con la banda guarrota, y para recordar nuestra niñez con los monstros que nos dieron patria.

EL TAL BORGUES

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