QrR

La cosa clónica

La historia tiene su filón bíblico porque recuerda al principio del Génesis, cuando a partir de una costilla de Adán Dios clonó a Eva.
La historia tiene su filón bíblico porque recuerda al principio del Génesis, cuando a partir de una costilla de Adán Dios clonó a Eva. (Mored)

EL PEZ SOLUBLE

Jordi Soler

 

Se veía venir que por la puerta que abrió la oveja Dolly entraría en el futuro una amplia variedad de criaturas clonadas. Como ustedes bien recordarán, un día de 1997 despertamos con la noticia de que un científico había logrado clonar una oveja, es decir, que había conseguido, de manera más o menos artificial, reproducir una criatura a partir de un pedazo de materia genética de su progenitor. La historia tiene su filón bíblico porque recuerda al principio del Génesis, cuando a partir de una costilla de Adán Dios clonó a Eva. Transcribamos ese momento fundacional de nuestra especie: “Entonces Dios el Señor hizo caer al hombre en un sueño profundo y, mientras dormía, le sacó una de las costillas y le cerró otra vez la carne. De esa costilla Dios el Señor hizo una mujer, y se la presentó al hombre, el cual, al verla, dijo: ¡Esta sí que es de mi propia carne y de mis propios huesos!” No seguiré por este derrotero porque al final vamos a llegar a la conclusión de que la pareja originaria no era de novios ni de hermanos, sino de donador genético y clon, o clonesa, en este caso. Pero sí merece la pena enfocar bien ese momento histórico en el que Adán, deslumbrado por la presencia de la mujer, distingue que esa criatura nunca antes vista ha salido de su propia materia genética. ¿Cómo sabemos que Adán estaba deslumbrado? Muy sencillo: porque al decir que Eva es carne de su carne lo hace gritando o, cuando menos, alzando la voz, como lo indican esos signos de admiración que están en la Biblia.

Quizá es por este aire bíblico que la clonación de la oveja Dolly pronto se vio moralmente arrinconada; lo primero que se dijo de aquel milagro científico fue que manipular a ese extremo la naturaleza no podía llevar a nada bueno. “Pronto las parejas querrán manipular genéticamente a sus hijos”, se dijo. Y además se fantaseó de lo lindo con las posibilidades de la clonación, se llegó incluso a especular sobre la posibilidad de vivir eternamente clonándonos de manera oportuna antes de que nos llegara la hora de abandonar este mundo, lo cual sería como una reencarnación controlada y además volviendo a renacer, para nuestra fortuna o infortunio, como hemos sido toda la vida. O todas las vidas si ya llevara uno muchas clonaciones. Se fantaseó de lo lindo, como digo, incluso alguien ensayó sobre la posibilidad de clonar a los Rolling Stones para reciclarlos oportunamente cuando los originales, la matriz digámoslo así, dejen de estar entre nosotros; los Stones clonados tendrían otra vez 18 años y pondrían su versión clonada de “Ruby Tuesday” a competir con Miley Cirus y con Rhiana. En fin, se fantaseó a más no poder hasta que la dichosa ovejita Dolly, que involuntariamente había abierto la caja de los truenos, murió y el tema, o cuando menos su presencia mediática, se fue deshilachando. O eso fue lo que pensamos porque, al parecer, hubo quién siguió trabajando con empeño en la cosa clónica, si tomamos como referente la abrupta aparición, hace unos años, del primer perro no solo clonado, sino encargado a medida (genética, claro) y vendido por un poco más de 150 mil dólares. Eso es lo que cuesta un perro clonado, 150 dólares, y quien dice perro está contemplando también a su mejor amigo: ¿si un chucho cuesta eso, en cuanto nos saldría clonar, pongamos, a nuestro primo? De momento no se sabe, o más bien no se quiere decir para no agitar el fantasma bíblico, pero lo que sí se sabe es que clonar un gato cuesta menos que un perro: 50 mil dólares. ¿Cómo puede costar eso si hay gatos grandes y gordos con más masa ósea y muscular que un perrito faldero? Estamos, sin duda, ante una tabla moral de precios, que considera al perro superior al gato, lo cual podría redundar en que, si la discriminación es efectivamente moral, el clon de nuestro primo podría ser una ganga.

Pero vamos a los datos duros: el primer perro clonado fue un Labrador, por el que una pareja de Boca de Ratón, Florida, pagó en el año 2008, 11 años después de la oveja Dolly, 155 mil dólares. El cachorro, que hoy ya es un perro adulto, se llama Lancelot y fue clonado por una empresa californiana situada en Corea del Sur. Lou Hawthorne, el responsable de la clonación, compró al equipo que creo a la oveja Dolly la licencia mundial para clonar perros y gatos. Pero antes de Hawthorne ya había aparecido el científico coreano Hwang Woo Suk, que en agosto del año 2005, presentó a la prensa un perro afgano clonado llamado Snuppy pero, como ustedes bien recordarán, una importante revista científica denunció que no se trataba de un perro clonado, sino de un perro perro; aunque años después se desdijeron y dieron por bueno al clon. El propio Hawthorne clonó a su perra Missy, que era una mezcla de Border Collie y Huskie, que murió en el 2002 pero dejó material genético suficiente, que su amo tuvo a bien congelar para clonar tres perritos, idénticos a su madre, que hoy juegan, ignorando su naturaleza clónica, en el jardín. 

< Anterior | Siguiente >