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Los colores del Centro Histérico

EL ÁNGEL EXTERMINADOR
Verónica Maza Bustamante


No parece el Centro Histórico. Tampoco México. La avenida 20 de Noviembre del Distrito Federal acoge llena de color a los paseantes, trabajadores, estudiantes, ociosos que caminan a las 11 de la mañana por sus banquetas. La visión se antoja imposible, como de un sueño: a lo largo de la calle hay numerosas mesitas con sillas de colores y sombrillas con el logotipo de la ciudad de un verde que se queda prendado de las pupilas curiosas, que se preguntan cuándo, cómo y por qué llegaron ahí. Pero hay respuestas que no importan, como en este caso. Lo realmente valioso es que ahí están para quien quiera acomodar sus nalguitas, descansar la espalda, sacar un libro de la mochila y ponerse a leer. O echarse una torta. O declararle el amor a quien le quita el aliento, confesar un secreto a la mejor amiga, darse un besito inesperado, viajar tras un churro, fumarse un cigarro. O simplemente ver pasar la vida. Sentir el transcurrir de los minutos en un sitio donde, por lo regular, parece que el tiempo va que vuela.

La estación de Ecobici, afuera del templo de San Bernardo, termina de dar el toque europeo que genera extrañeza pero, a la vez, saca una sonrisa. No pasan autos. No hay bullicio, no hay cacofonía. Eso es aún más sorprendente.

El sol anuncia el mediodía. Los policías comienzan a cerrar la calle. Se puede caminar como si fuera una peatonal con pocas personas. Justo antes de cruzar para entrar a la Plaza de la Constitución, el panorama da otra sorpresa: hay caminadoras con vista a la Catedral y caballitos de madera empotrados en el piso para que los niños jueguen. No hay nadie, aunque la imagen que aparece, obvia, en la mente, es la de un sábado en la tarde, cuando hay ebullición en el corazón de la capital. Imposible saber si habrá gente ejercitándose y niños haciendo fila para subirse a los juegos.

Una pareja de ancianos descansa en las bancas de color azul colocadas en torno a unas macetas enormes con flores. Un letrero asegura que es "zona de lectura". El hombre que reposa en otro asiento tiene una cámara de televisión sobre las piernas, la cual se vuelve pista para intuir el motivo por el que el Centro se volvió jardín zen por unos minutos.

De pronto, una voz entra directo por las trompas de Eustaquio del oído derecho y el izquierdo. "Vivos se los llevaron, vivos los queremos", dice una, dos, tres veces. La letanía es familiar. Duele, como siempre que se escucha. Un grupo de mujeres pasa por la orilla de la plancha del Zócalo con pancartas que dicen "Ayotzinapa". Son pocas para el número de policías que de pronto aparecen. Pero apenas van cruzando un lado cuando otro contingente mucho mayor se integra: son comerciantes que van al Palacio Nacional a reclamar una serie de peticiones. Las demandas se mezclan, el paisaje cambia. En cuanto los quejosos se instalan frente a la puerta quemada, surgen de un lugar indefinido una serie de vendedores ambulantes: llevan sombreros, helados, tostadas de cueritos, sueros de agua mineral, cigarros, pasquines. La gente se adhiere a la vendimia. Algunos no pierden la oportunidad de ligar, escuchar música desde el celular, platicar.

Es el mismo Centro, que como camaleón se transforma cada cien metros. Más adentro, cruzando Moneda, Correo Mayor, Academia, la vista es compleja y abigarrada, al igual que los olores, que los sonidos. En un rincón en obra hay un local donde venden ropa casual para muñecas Barbies y monos "Maxtil". Unos vestidos de quinceañera del tamaño de la palma de una mano decoran la entrada. De regreso, afuera de la Catedral, un grupo de modelos con las piernas al aire esperan el conteo para iniciar una escena. Los señores las rodean. Eligen a sus favoritas, mientras que las chicas dan su veredicto en cuanto al derrière, el busto y las piernas ajenas.

Es el Centro Histórico. El mismo. El diferente. Ahí donde te puedes encontrar una Barbie de carne y hueso o ropa fashion para pequeñas adolescentes de plástico y rubio pelo de nylon. Como diría el viejo eslogan, el Centro es mío. Y lo vivo como tal, fusionándome con el entorno.

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