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El cine y la reforma energética

Ya se ha dicho: la vida imita al arte. Nuestros legisladores y protestantes profesionales no lo saben, pero simplemente repiten los esquemas que en su infancia deben haber visto en alguna sala cinematográfica o en las bonitas funciones dominicales de “permanencia voluntaria” (nada que ver con los charrotes sindicales, sino con la repetición de películas en un canal de las ahora fuerzas fácticas, dicen los que no son de esas fuerzas, pero se afanan en serlo).

Imposible no empezar con la clásica Gigante (Giant; EU, 1956) con Rock Hudson, Elizabeth Taylor y James Dean en los papeles principales. La trama nos suena conocida: cuando encuentran petróleo en el rancho de los ricachones (Hudson y la Taylor) dejan de criar ganado para sacarle más jugo a los yacimientos (aunque viven en Texas, al parecer hay petróleo como de aguas profundas): son ricos que quieren ser más ricos: no lo dicen, pero traen el logotipo del sindicato petrolero que nomás no quiere soltar el tremendo hueso con el que, por fin, les hizo justicia la Revolución y les cayó del cielo a esta y a varias generaciones más (heredan las plazas con el beneplácito del sindicato). La trama gira sobre cómo la riqueza del petróleo cambia la vida de sus beneficiarios, o sea, solamente de unos cuantos: los dueños de las petroleras que babean cual Alien a punto de sacarle hasta la médula a la presa; los choferes de los jets donde se pasean los perros de la realeza petrolera; los concesionarios de Ferraris, etcétera. Y es que, además de los pleitos conyugales entre el jefe de familia (¡que pase el desgraciado Hudson, muerto de sida para horror de las suspirantes!) con la niña bien (bien buena para casarse: la Taylor ya mejor les ponía hologramas a sus maridos para poderlos identificar), la bronca central es cuando el empleado (Dean en plenitud) encuentra petróleo y se les pone al tú por tú a sus antiguos patrones. O sea, los nacos al poder, el peladaje al saqueo petrolero. ¿Les suena conocido? Y conste que en la película todo es muy privado, nada de pulmón financiero del Estado. Que quede claro, los ricos también roban (y más si los pobres no se enteran). También la trama contempla el racismo contra los mexicanos: ¿habrá quien crea que nuestra poderosa Pemex puede competir en igualdad de circunstancias contra las petroleras internacionales (Pemex les va a ganar de calle, ni modo) o que, como en la peli, les hará el fuchi gachamente? Por si tuvieran duda de cómo ese filme presagiaba lo sucedido, en 2005 se incluyó en el Registro de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, por ser «cultural, histórica o  estéticamente significativa»: prueba de que todo el asunto lo planearon allá;  peor aún, el rancho motivo de la privatización se llama “Reata”. Saque sus conclusiones.

Tampoco puede faltarThere Will Be Blood, en México traducida como Petróleo sangriento (EU, 2007), con Daniel Day-Lewis. El título presagia lo que sucederá: aquí va a haber sangre. La historia del minero superpobre (en México hay muchos millones de esos) que se vuelve magnate petrolero (como propietario, nada de sindicatos) y entonces, de nuevo, llueve sangre por la violencia, la corrupción y las mentiras. Dicen muchos, no solo el inge Cárdenas, que si de verdadero milagro lograran sanear de corruptos a Pemex, los costos del chapopote y derivados (ligas, videos, etc.) serían ¡de la mitad!: si sacáramos a los ratones, doblaríamos el ingreso, pero, es verdad, la reforma no da para tanto. ¿Pos dónde quedan los derechos adquiridos? Por algo se traduciría la peli en España como Pozos de ambición: ¿quiénes serán esos ambiciosos?

Ahora, como es reforma “energética”, suponemos que afectará algo más que el petróleo. Ahí está la planta nuclear de Laguna Verde, con sus filtraciones y enfermos, documentaba Proceso. En desastres nucleares, El planeta de los simios (EU, 1968) manda. No solo por los muchos hombres con taparrabo (inexplicablemente, las mujeres usaban biquini: en el caso de Linda Harrison, la acompañante que se apaña el inteligente de Charlton Heston, hubiéramos esperado igualdad de género: ¡solo taparrabos para todos!), sino por ver adónde podría llevarnos el uso inequitativo de las nuevas energías. Sobre todo la energía de sobrevivir a costa del presupuesto: una de las que más ha movido a México desde que el neólogo Carranza inventó un nuevo verbo, mismo que ha sido practicado con ímpetu digno de mejores causas, por generaciones de ganones mexicanos. Más aún: el legislador antirreformista en taparrabo era igualito a los lobotomizados hombres de la película, pero solo por el taparrabo y la mirada perdida, que él hizo una alocución muy chida en defensa de su opinión, pues la rajita de canela del chon recién usado en Caleta-Caletilla (tenía paeofitos en la tela: algas pardas, pues) sí era como los del filme en cuestión.

El cine precede a la vida, cómo negarlo.

El Tal Borges

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