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Jueves , 13.12.2018 / 22:40 Hoy

Cincuenta y tres

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EN EL TONO DEL TONA
Rafael Tonatiuh


“Cuando tengas una imagen de ti mismo,
ten en cuenta que tu percepción tiene algo
de hipocresía y un poco de ingenuidad”:
Idries Shah


El 29 de agosto cumpliré 53 años y no sé cómo llegué hasta a esta edad. Es como cuando estuve en una tocada de Fatboy Slim. Había comido un aceite y me puse eufórico. Bailaba y aullaba hasta que caí en cuenta de que estaba rodeado de chorrocientos mil cabrones. Me entró claustrofobia y pánico. Abriéndome paso a empujones, logré salir, preguntándome cómo rayos me había metido ahí dentro.

A esta edad debería ser un sabio, tener una respuesta infalible para cualquier problema, ser una especie de ejemplo para los niños, tener un sólido patrimonio, hijos, no andar por ahí como un adolescente, viendo películas japonesas de terror por las noches, para despertar oyendo a Miley Cyrus. Lo único que me salva son la Esperanza y la Fe, que no son ningunas sexoservidoras, sino quienes me empujan a sacar adelante mi ópera prima cinematográfica, la cual está en proceso de escritura.

Una frase atribuida a Javier Duarte, dice: “Vive como si fuera el último día de tu existencia”; vivir así sería horrible, sin poderme concentrar ni disfrutar de nada, contando los segundos que me quedan, cual kilómetros devorados por un taxímetro. Yo prefiero vivir distraído en algún entretenimiento divertido.

Hace algunos años le pregunté a un joven taquero: “¿Qué te vas a llevar cuando te mueras?”, y contestó, muy orondo: “El delicioso aroma de mis tacos”. El olor comprimido en un recuerdo. Toda nuestra vida es mental. Cualquier cosa que nos llevemos de este mundo no será material, sino un desfile de imágenes infinitas: rostros, paisajes, sabores, colores, sensaciones, experiencias que ocurrieron en un espacio que contuvo un ambiente.

He celebrado muchos cumpleaños y observo gente que viene y va; algunos amigos que se han vuelto mis enemigos y viceversa, gente que bloqueo y desbloqueo en las redes sociales; siempre presentes (aunque brillen por su ausencia). Nos peleamos y reconciliamos y nuestros amigos toman bando contra nuestros enemigos. Recuerdo cuando Román Revueltas escribió: “Fulano me dijo que se separó de Sutana y yo le respondí: hiciste muy bien, porque desde hace tiempo quería decirte que es una perra desgraciada, y todo para que a la semana regresen y yo quede en ridículo.”

Cuando dos amigos nuestros se separan, uno tiene que tomar bando o pasa por traidor. A mí no me gusta tomar bandos (salvo que exista una auténtica antipatía), me gusta tomar copas y bailar.

A los ojos de algunas personas debo parecer una especie de psicópata voluble, pues puedo abrazar a alguien de quien echaba pestes o aparecer en reuniones con los peores enemigos de mis mejores amigos. No me considero tan malo por ello (aunque no importa lo que yo me considere, pues todos nos consideramos a nosotros mismos como buenos, incluso el Guasón piensa que el malo es Batman). Simplemente me gusta ver a todos bailando con una copa en la mano, porque soy cursi.

Una de las personas que bloqueé y desbloqueé es mi querida América Pacheco (con quien viví algunas aventuras en París, Francia). Ella forma parte de las Fiestas Agostinas, lo mismo que su pareja, Víctor Vallejo (un tipo con el que compartí departamento y no se los recomiendo) y Enrique Quintero, Norma Lazo y Karina Vargas. En la celebración del cumpleaños de América, el 12 de agosto, tuve el gusto de conocer a su hermana Araceli Aldana Ramos, la mamá de Zacc, una chica que falleciera de una enfermedad terminal. Cuando la hospitalizaron, América me presentó a su sobrina por teléfono. Recordamos cuando le obsequié a Zacc las primeras películas de Woody Allen, las cómicas: El dormilón; Robó, huyó y lo pescaron; La última noche de Boris Groushenko; Bananas; Todo lo que siempre quiso saber sobre el sexo pero temía preguntar, etc. Por las noches las enfermeras pedían silencio por las estruendosas carcajadas.

Woody Allen ahora carga con la mala fama de abusador sexual, lo que no me consta, sino que hizo feliz a una joven en sus últimos días. ¿Será realmente un pecador tan malvado?

Jesús fue mal visto por acudir al festín de un acaudalado recaudador de impuestos (así como cuando Borges fue a cenar con Pinochet), y cuando le llamaron la atención, contestó: “No he venido a buscar a los justos, sino a los pecadores”. No lo dijo por demagogia, Jesús realmente propagó una exótica filosofía: no solo hay que amar a tu prójimo, sino sobre todo amar a tu enemigo. Yo, como una especie de neo-Cristiano, diría que brindar con tu enemigo es mejor que matarlo. Prefiero la copa que chocó Borges con Pinochet que la orden de bombardeo que dio Trump mientras se comía un helado de chocolate.

En el final de Broma Mortal, la historieta de Alan Moore y Brian Bollan (donde el Guasón le toma fotos desnuda a la hija del comisionado Gordon, antes de dejarla paralítica), Batman y el Guasón, bajo la lluvia, ríen juntos de un mal chiste contado por el villano.

Esos momentos donde penetra un rayo de simpatía entre dos seres antagónicos, deliciosamente se convertirán en atesorados recuerdos cuando abandone este antro.

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